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El Envíado


Nadie creía las palabras del monje. Ninguno de los presente podía imaginar el peligro que acechaba a la pequeña villa, escondida en el inmenso bosque de Nortaun, entre los Grandes Montes que cerraban el pequeño valle en el que se elevaba la ciudad sin nombre. Jazzal continuaba elevando la voz, buscando captar la atención de un público cada vez más escaso.

-¡Me rindo!- gritó al fin, convirtiendo el alarido en un sollozo- ¡la guerra llegará y nadie sobrevivirá!
-Nadie conoce este lugar- repuso un hombre alto, de rostro aguileño y mirada inteligente, tanto que Jazzal comprendió que aquel que hablaba sería su peor enemigo o su mejor aliado -¿cómo llegará esa guerra de la que hablas hasta nosotros? Ja ¡es imposible!.
-Yo he llegado- el monje se dejó caer sobre la pared -¿por qué no iban a llegar los hombres armados?

Los murmullos se extendieron por la plaza y Jazzal comprendió que había vencido de la forma más sencilla posible: haciendo ver lo obvio. Pero en ese preciso instante se dio cuenta de la cruel verdad que había destapado. A lo largo de su vida había aprendido a huir, y lo había hecho desde el mismo instante en que fue descubierto en posición vergonzante en la celda de un joven novicio. Después huyó otras muchas veces: de padres y maridos despechados, de jóvenes con el corazón roto, de taberneros, mercaderes, buhoneros y putas. No pocas de la justicia civil, y muchas más de la eclesial. Y, por último, había huido de la guerra y su devastación. Pero en todos los años de huida aprendido que los poderosos jamás lo hacían.

-Y he venido para asegurar la paz. ¿No creéis que haya guerra? ¡Enviad informadores! ¡Esperad que lleguen los buhoneros!
-Soy Nathael- dijo el hombre dando un paso adelante- presido el consejo de sabios. ¿Querrías acompañarnos y contarnos lo que sabes?

Jazzal ocultó la sonrisa de satisfacción y siguió a Nathael por una ancha calle, bordeada de casas bajas de madera y paja, hasta una edificación algo mayor que recordaba a un gran establo. Allí el monje contó lo que sabía. El rey había muerto, nunca supo su nombre pues no le interesaban los asuntos de estado, y sus hijos se disputaban la corona. Los grandes señores se habían divido entre los tres infantes y la guerra se había extendido por el reino. Pronto intervinieron los vecinos, otros reyes con nombres que no conocía que deseaban tomar las riquezas del rey muerto, y explotar a sus súbditos. Nadie dio nada a cambio de nada. Y los campos fueron pasto de llamas incontroladas. Los ejércitos patearon el suelo ceniciento y la sangre tiñó de rojo los ríos. El humo quemaba en los ojos y el fuego se extendía por el reino arrasando bosques y ciudades. Pocos lograban huir de la devastación y pronto la guerra se extendió a los vecinos reinos que creyeron encontrar un tesoro que robar. Ahora, todo el mundo era pasto de la guerra y la devastación. Los propios dioses –dijo sin mucha convicción, pues tiempo hacia que no creía en ellos- habían entrado en la lucha y los demonios compartían cargas con pesadas caballerías. Nadie estaba a salvo, y menos que nadie aquella ciudad  sin nombre que jamás conoció la lucha: sus casas de madera arderían pasto de las llamas, las inexistentes murallas no podrían detener avance alguno.

-Pero aún hay tiempo- concluyó- armemos la ciudad.
-¡Hagámoslo!- grito Nathael y Jazzal encontró su aliado.

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