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El Enviado

-El mundo está cambiando. Ya nada es como creíais. Grandes señores se levantan en cada rincón de estas tierras, mientras otros caen bajo el peso de afiladas hachas. Vuestros enemigos resurgen de sus cenizas y vosotros rezáis a dioses falsos buscando una salvación que nunca llegará.

Las palabras del sacerdote retumbaban en la pequeña calle, mientras un pequeño grupo de personas se acercaba a escuchar la charlatanería del clérigo. Las sonrisas se mezclaban con las carcajadas de aquellos que veían mentiras en cada palabra de Jazzal.

-No Reírse... ¡reírse!.... la muerte os acecha en cada esquina. Sólo los puros de corazón lograrán alcanzar la salvación. Yo vengo a hablaros de un Dios verdadero. Un Dios que devolverá la gloria a esta tierra. Que la hará grande y obligará a los que se refugian en la ciudad innombrable a volver sus ojos sobre nosotros. ¿Y qué pide Ges a cambio? ¡Nada! Alimento para su siervo, vestido y techo para aquél que os muestra sus palabras. ¿Qué es eso a cambio de lo que os ofrezco? ¡Riquezas y glorias para aquellos que deseen seguir a Ges! Él os llevará a recuperar lo que nunca debieron perder vuestros padres

Jazzal observaba a quienes le rodeaban, buscando en sus rostros ojos de codicia y fervor. Ecos de escasa inteligencia. Individuos manipulables. Hasta áquel lugar no habían llegado rumores de su existencia. Por ahora no debía temer por ser encontrado por algún padre o marido despechado. Allí, pensó, no tendría que huir a las primeras de cambio. No si era capaz de controlar sus instintos más bajo, si era capaz de mantenerse apartado de bellas y bellos infantes.... Tal vez allí lograse hacerse un hueco: un recóndito lugar vacío de poder necesitaba un líder. Y él podría ser ese líder. O, al menos, vivir como si lo fuese. Al menos, mientras la guerra no llegará al lugar.

Pues las palabras del monje escondían parte de verdad. El mundo había estallado en guerra y los soldados campaban tintados en sangre por campos quemados, entre cuerpos despedazados comidos por las bestias. La sed de poder de los poderosos hundía en la miseria a los miserables y arrastraba a los hombres a la perdición. La guerra se extendía lentamente y pocos habían logrado escapar de ella. Él lo había logrado, corriendo entre los muertos y escondiéndose de los vivos. Escuchando las palabras de los vencedores y los aterrados gritos de los vencidos. Había oído rezar a dioses de los que nunca antes oyó hablar. Escuchó alabar a reyes que se levantaban entre turbas enfervorecidas.

Pero ahora, en aquellas tierras, entre las risas de los hombres que le rodeaban, comprendió que aquel lugar no conocía las nuevas que traía. Que los tambores de guerra no habían sonado en aquellos campos. Que aquellas personas solo conocían la paz. Y él la añoraba, casi tanto como un cuerpo desnudo a su lado en una fría noche de invierno. Casi tanto como una fría jarra de cerveza. Casi tanto como cualquier otro placer de los que hacía tantos años ya que no probaba.

-¡Oídme bien!- repitió- ¡la guerra se acerca! Los campos se teñirán de sangre pero yo puedo salvaros.

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