Las Cortes de Valladolid

Cristóbal había vuelto a Valladolid, allí Pedro había convocado Cortes y comenzaba a organizar su reino. La aristocracia se movía nerviosa ante los ataques de ira del monarca y cuando las ciudades comenzaron a hacer peticiones la revuelta comenzó a tomar forma en la mente de los poderosos. El de Alburquerque se acomodaba cada noche en las cocinas del palacio que habitaba en la villa y, junto a su viejo amigo Cristóbal comentaba las resoluciones firmadas por Pedro.

-Pedro está actuando con inteligencia al apoyarse en los burgos- dijo Cristóbal- y en el pueblo. Los hombres lo han pasado mal y la peste ha llegado a muchos lugares del reino. En muchas villas no queda nadie para trabajar y las cosechas se están perdiendo, pero los señores siguen pidiendo el pago de alcabalas. Ahora, el rey, podrá obtener el apoyo de sus súbditos.
-No creáis. Ha bajado los impuestos pero ha organizado las horas de trabajo y se condenará a aquellos que no cumplan lo estipulado. El rey ha apoyado a las ciudades, pero no al pueblo.
-Explicaos, Juan.
-Apoya a las ciudades de realengo frente a las señoriales e impone cargas al pueblo. Los grandes nobles ya comienzan a hablar contra el rey ¡nunca han dejado de hacerlo! y la plebe murmura que el rey está loco.
-Sus últimos actos no ayudan a cambiar esa imagen de Pedro. Y nosotros conocemos de sobra la violencia del rey.
-Y, además, está el tema de los judíos. Pedro ha legislado a su favor y se olvida que señores y villanos les odian por igual.

Cristóbal comprendió lo que Juan de Alburquerque le explicaba. Las Cortes de Valladolid legislaron cada aspecto de la vida del reino y Pedro concedió privilegios a señores y ciudades casi por igual, aunque siempre beneficiando a las que le debían lealtad. Y finalmente no había contentado a nadie, menos a los judíos que se mostraban felices con el gobierno de Pedro. El monarca necesitaba de las riquezas de los hebreos y las Cortes habían apoyado las necesidades del monarca.

Durante aquellos días, Cristóbal deambuló por la ciudad, escuchando la voz del pueblo, y lo que oyó no le gustó. El rey comenzaba a ser considerado cruel y eran muchos los que unían nombre y apodo en la misma frase. Alburquerque también oía lo que se decía, pero entre los grandes señores, y muchos eran los que lamentaban que no hubiera sido el bastardo Trastámara quién accediese al trono.

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