La muerte del rey

El tiempo pasaba y el joven príncipe crecía bajo la sombra de su tutor y de la atenta mirada de Cristóbal. El guerrero había mostrado ante el rey sus miedos por los ataques de ira del joven Pedro, pero en los últimos años parecían mitigarse entre combates y faldas. Quince años habían pasado desde que naciese el heredero y la sombra de Leonor de Guzmán, amante del rey, parecía haberse difuminado. En ese tiempo, Alfonso parecía haber olvidado que tenía un heredero y el príncipe, junto a su madre, había abandonado Castilla para viajar hasta Sevilla. Y desde entonces habitaban el alcázar moro. Cristóbal recordó aquella reunión de gentiles hombres en la que tuvo conocimiento de la conjura para matar a Pedro. Pero nada había pasado desde entonces. Al menos contra el príncipe, pues sus hermanastros habían ido tomando posición en el reino y Enrique había comenzado a mostrar una inquietante inteligencia.

-Cristóbal- Martín Gil, el hijo del de Alburquerque corría por el pasillo- Llegan noticias de Gibraltar.
-¿Qué ha ocurrido?- El miedo cruzó el rostro del guerrero mientras abría una pequeña puerta que daba acceso a las estancias del conde de Alburquerque, que esperaba sentado.
-El rey –dijo el joven dirigiéndose al conde- padre, el rey ha muerto.
-¿Cómo? –preguntó el conde -¿Ha sido asesinado?
-No, padre. La enfermedad le alcanzó. La muerte negra llega por igual a reyes y siervos y la peste ha terminado con su majestad.
-Ha pagado sus pecados- fue la respuesta del conde- por abandonar al príncipe y a la reina María. Por abandonar al reino por el capricho de una mujer.
-Deberíamos avisar a Pedro- Cristóbal estaba cabizbajo- Debe sentarse en el trono cuanto antes.
-Os noto apesadumbrado. Desde que os conozco os he visto cuidar de Pedro que si fuera vuestro hijo: ahora será el rey sustituyendo a su padre. ¡Deberíais alegraros!
-No puedo, Juan, sé que la guerra se avecina.

Y no se equivocaba. La notica de la muerte del rey Alfonso XI en el sitio de Gibraltar se extendía por el reino de taberna en taberna y de castillo en castillo. Su hijo Enrique y su amante Leonor tomaban posiciones en el norte. Al oeste, los infantes portugueses se preparaban para defender a la reina madre, María. Y al este los infantes aragoneses hablaban abiertamente de ir a la lucha. Pedro, el joven impetuoso y enamoradizo rey, tendría que defender su trono y tanto el conde de Alburquerque, como sus hijos y Cristóbal sabían que Castilla se teñiría de roja sangre.

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