Alburquerque

El joven príncipe Pedro corría por la ronda de guardia de las viejas murallas, la pequeña espada brillaba al sol cada vez que la levantaba y, con una voz infantil, gritaba a favor de su padre, el rey. Cristóbal lo observaba, el joven caballero había prometido a Alfonso mantener con vida a su hijo y, cuando este fue enviado con Juan Alfonso de Alburquerque marchó tras él. Ahora el joven príncipe creía ser el señor del castillo y esperaba que Alburquerque y sus hijos se mostraban sumisos. Cristóbal sonrió al ver como Pedro se abalanzaba sobre Martín Gil, el segundo hijo del de Alburquerque y casi seis años mayor que él. Le lanzó una punta, y el chico se defendió dando un paso atrás y golpeando con un palo al príncipe. Pedro se enfadó y mostró la ira que tantas veces le vieran sus amigos y enemigos. Se lanzó hacia adelante, contra las piernas de Martín, intentando tirarlo. Pero su rival era más fuerte y alto y resistió el envite riéndose del príncipe.

-No oses reírte- gritó Pedro con voz chillona- algún día seré tu rey.
-Pero hoy sólo eres el escudero de mi padre.
-¡Soy tu príncipe!

Martín le golpeó antes de lanzar una risotada y lazarse a correr hacía las murallas. Cristóbal los siguió con la mirada, hasta cruzarse con los ojos del conde de Alburquerque. Era canoso y alto, de aspecto regio, el portugués era un hombre inteligente y Cristóbal lo tenía en aprecio. Estaba educando al príncipe como si fuera su propio hijo y no el de su monarca, con mano firme pero con ternura. Era un niño, a veces se mostraba iracundo, irascible y violento, pero la mayor parte del tiempo era risueño y alegre. No echaba en falta a su padre y vivía ajeno a los movimientos de la amante del rey para colocar a sus hermanastros al frente del reino. Pero aún no había necesidad de que supiera que debería luchar por mantener la corona sobre sus hombros.

-Será un buen rey- el conde había llegado junto a Cristóbal- como su padre.
-Y como tu abuelo- dijo el joven recordando al monarca portugués Dionsio I.
-Sin embargo-continuó el de Alburquerque- su carácter me asusta pues en ocasiones parece poseído por el propio diablo.
-Es un niño, Juan;  y además es hijo del rey de Castilla: debe tener carácter.
-No es el carácter lo que me preocupa, sino la crueldad de sus actos.

El maullido, cargado de dolor, atrajo la atención de los hombres hasta Pedro. El niño reía con su voz chillona mientras Martín lo miraba atónito. La sangre había cubierto su espada, la levantaba con ambas manos con el rostro rojo por el esfuerzo, mostrando el gato ensartado en ella como un triunfo inhumano. Juan miró a Cristóbal, y este asintió con la cabeza al entender las últimas palabras del conde.

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