Llegando la hora

Dicen que la vida es una puta cruel, y debe serlo. Desde que recuerdo mi existencia ha estado vacía de todo. Nunca tuve amigos, de niño era un chico delgaducho y enclenque al que nunca elegían para jugar y pasaba mis horas sentado en un rincón del patio mirando como otros corrían, saltaban y reían. Pero yo era una sombra, desconocido para todos, ignorado por todos. Y cada año pasado agravaba la situación hasta hacer  de mi un nadie. Uno de esos de los que nadie se acuerda, ni saben su nombre, ni dónde apareció o cuándo se fue.

De hecho no creo que nadie recuerde cuando abandoné el instituto, ni que se acuerden de mi estancia en la universidad. Nadie, jamás, se acercó a mi. Era el raro, el extraño callado y tímido que se sentaba en primera fila para intentar hacerse notar, pero que jamás respondió una sola pregunta, nunca salió a exponer una idea. Simplemente estaba, como a lo largo de toda mi vida, esperando que llegará el final.

Pero ahora, cuando ya ha llegado el momento de hacer la maleta y partir para siempre, no deseo irme. Muchas veces pensé que la vía del tren o la ventana serían la solución perfecta para mi no existencia, que tal vez existiese otra vida en la que pudiese ser alguien. Nunca tuve valor para convertir en real mi pensamiento  y ahora, cuando la muerte me avisa de su llegada, siento pánico. Auténtico terror a perderme en un infinito inmenso sin que nadie llore mi muerte. Y nadie la llorará, porque nada he hecho para tener quién la llore. Durante años me he encerrado en mí mismo, he aceptado mi vacío como inevitable. He guardo la sonrisa para dar rienda suelta a la tristeza. He guardado la palabra para mantener el silencio. Y así me voy, en silencio, sin un adiós, sin una lágrima, sin esperanza.

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