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Enrique IV, el impotente

Si la Historia realmente pudiera dividirse en compartimentos estancos, el reinado Enrique IV (Valladolid, 25 de enero de 1425 – Madrid, 11 de diciembre de 1474) supondría el fin de la Edad Media tal y como la conocíamos para dar paso a un nuevo siglo, a un nuevo mundo y a una nueva sociedad. Pero la sociedad no se puede compartimentar, y su reinado simplemente será el principio del cambio que llegará con el reinado de su hermana Isabel. No vamos a entrar aquí en el devenir amoroso del rey, que asciende al trono en 1454. Con 15 años, en 1440 contrae matrimonio con la infanta Blanca de Navarra, pero el joven principie deseaba a su prima Juana de Portugal y luchó por conseguir la nulidad de su matrimonio, que le fue concedido por Nicolás V en 1453 después de comprobar que doña Blanca se mantenía limpia de mancha y alegando la impotencia perpetua de Enrique. Y con ello terminaba con cualquier posibilidad de legitimidad de su descendencia y no importó que Enrique y Juana perdieran un hijo varón a los seis meses de embarazo, ni que en 1462 naciera la princesa Juana, ni que esta fuera reconocida como heredera legítima en las Cortes de 1469.
La excusa dada por el rey (que debido a un encantamiento no podía tener relaciones con su primera esposa) no le valió a sus detractores y todo el reinado del rey estuvo marcado por la impotencia del monarca. Si bien no fue un mal gobernante, tampoco lo fue bueno: la frontera con Granada se mantenía estable, pero los nobles estaban inquietos y comenzaron a agruparse en torno a su hermano Alfonso, unos, y de Beltrán de la Cueva los aliados del rey. Los enemigos comenzaron a extender el rumor de que Juana era hija de don Beltrán (de ahí ese “Juana la Beltraneja”) lo que obligará a Enrique a firmar un acuerdo con Alfonso para nombrarlo heredero.

Además de sus problemas sexuales, el rey tuvo que soportar multitud de revueltas nobiliarias. Intento restablecer la paz entre la monarquía y los nobles, cuyas divergencias venían del reinado de padre. Perdonó a los nobles, les pidió su regreso, les entregó las tierras y todos los bienes que habían sido confiscados pero no logró su objetivo. El peor momento del monarca, se vivirá en 1465, cuando los nobles, aprovechando la ausencia de Beltrán de la Cueva, intentan obligar al rey a firmar la Sentencia arbitral de Medina del Campo, que incluía una serie de medidas como la organización de las cortes, la justicia a aplicar a los nobles, el control de las ferias, los nombramientos de cargos eclesiásticos, medidas contra musulmanes y judíos. Enrique no acepta las medidas y el 27 de abril en la Farsa de Ávila coronan rey a Alfonso, con tan solo 11 años. Enrique intenta evitar la confrontación bélica y hace concesiones a sus enemigos para ganárselos. Pero será la situación de enfrentamiento entre la nobleza lo que permita al rey mantener su poder. Es cierto que entre 1465 y el 68 la guerra civil estará abierta, pero Enrique IV, a priori más débil, lograra imponer su poder, sobre todo tras la II Batalla de Olmedo y pese a haber perdido Segovia (sede del tesoro real) y tener que entregar a su esposa como rehén. Pero, una vez más, la suerte se alió con el monarca y en 1468 y a la edad de 14 años, fallecía Alfonso.

Fue entonces cuando la historia cambió para siempre, pues los enemigos del rey se agruparon en torno a la tercera hermana: la infanta Isabel. Ese mismo año, Enrique e Isabel firman el Tratado de los Toros de Guisando, por el que Enrique vuelve a ser rey pero acepta como heredera a Isabel, reservándose el derecho de acordar su matrimonio y rechazando a los derechos de su hija Juana, a la que sigue considerando hija legitima, siendo más un ataque a su esposa que había quedado embarazada durante su cautiverio. Pero Juana no renuncia al trono y a la muerte de su padre, y arguyendo que su tía había roto el acuerdo al casarse en secreto con Fernando de Aragón, pedirá la corona y desde diciembre de 1474 comenzará una guerra sucesoria con un resultado de sobra conocido por todos.

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