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Domingo de Carnaval

Las calles estaban repletas y el bullicio ensordecedor del carnaval ahogaba los sonidos cercanos. El colorido de los disfraces cubría la ciudad y la alegría acompañada del alcohol acallaba la tristeza por una noche. La gente, una masa tan animada como anónima, cantaba los estribillos más pegadizos del concurso del Falla y en algunas esquinas podía verse agrupaciones ilegales desafiando a los borrachos, venidos de toda España, que atestaban las calles. Cádiz bullía con la fiesta y nadie se fijaba en nadie. Menos aún en un ser contrahecho, achaparrado y con joroba que caminaba renqueante, oculto con una capa raída de terciopelo negro, murmurando palabras incomprensibles que se perdían en la sonoridad del sábado de carnaval.

El hombrecillo, casi flotando sobre la suciedad que inundaba las calles, se encaminó en dirección a Sagasta cruzando Ancha como si nadie más hubiera en su camino. Se detuvo un instante, justo antes de perderse en la larga calle, y se irguió tan alto era, quizá demasiado para su propia figura, aunque en Carnaval nada es lo que parece. Por un momento sus ojos, vivarachos y brillantes, se cruzaron con los de un joven borracho disfrazado de pirata; apartó la mirada en buscaba de los coros que cantaban en San Antonio y continuó su camino por calles encharcadas.

-Enano, cabrón- la voz del borracho llegó pastosa a los oídos del jorobado.
-¿Me hablas a mí?- la voz sonó clara y fuerte sobre el bullicio y el joven borracho se detuvo un instante antes de continuar acercándose- Porque yo no me he dirigido a ti.
-Me has mirado, Igor, y me das asco.
-Podría darte otra cosa, si es que realmente lo deseas.
-Además de enano y jorobado, maricón- soltó un carcajada esperando que sus amigos la corearan, pero sólo le siguió el silencio.
-Estás borracho, perdonaré tus palabras- concluyó el hombre de la capa antes de continuar su camino entre el gentío, que había mirado la escena sin intervenir.

El joven pirata buscó a sus amigos dudando si seguir al jorobado, que se paró en el centro de la calle y se volvió retador a su perseguidor, esperándole. Después, lentamente, comenzó a subir hacía Sacramento. El pirata le gritó algo, pero su gritó se detuvo entre coplas carnavalescas. Llamó a sus amigos  que no respondiero y finalmente siguió  en solitario al jorobado, en busca de aquella fácil presa de la que mofarse.


El grito se apagó en el mismo instante de su nacimiento. La sangre goteó por el cuello hasta mezclarse con el charco de orín que había surgido a los pies del joven. El gorro pirata cayó junto al cuerpo inerte mientras el renqueante hombrecillo contrahecho continuaba su camino.

* * *

-Navarro, tenemos trabajo- eran las 8 de la mañana y el inspector acababa de llegar a la comisaria- vamos a tener un domingo movido.
-¿Que ha pasado, Marcos?- preguntó a su compañero -¿Una pelea entre borrachos?
-Me temo que esto es más serio, han encontrado el cuerpo de un joven apuñalado en un portal de Sacramento. Una vecina ha salido esta mañana a sacar al perro y se lo ha encontrado tendido dentro. No se ha dado cuenta de que estaba muerto hasta que metió los pies en el charco de sangre. Echevarri ya ha salido para allá.

Durante todo el trayecto, estudiando la información del caso, unicamente pudo pensar en el preciso y terrible instante en que tuviera que enfrentarse a los familiares del asesinado. ¿Cómo explicarles que su hijo, su hermano, su novio, había llegado a la ciudad a divertirse y había encontrado la muerte en una pelea de borrachos? aunque algo le decía que no había sido una simple pelea, y la escena del crimen confirmó sus peores temores.

El joven estaba tendido junto a la escalera con la cabeza, apoyada en el último escalón, cubierta por un sombrero de pirata. Una serpentina recorría su cuerpo sinuosamente, como una serpiente que escalase por su espalda. El cuello, en extraña postura, había sido rebanado dejando escapar la sangre hasta anegar la vida del chico. Además, el cadáver había sido movido desde el portal hasta allí: un reguero de sangre lo confirmaba. Había sido depositado en aquel lugar y aquel día por alguna razón, Navarro estaba seguro de aquello y la cara de Echevarri, el viejo forense vasco con el que tantas veces había trabajado, le confirmó que pensaba lo mismo.

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