Violencia en el fútbol

Se han perdido los papeles, y no ha sido ahora. La rivalidad bien entendida no es mala, puede llegar hasta a ser positiva, pero cuando salta a la violencia, la cosa cambia. Eso ha pasado en el fútbol y este fin de semana le ha tocado sufrirlo a la hinchada amarilla. Y puedo llegar a entender, no compartir, la violencia ejercida por los vándalos en Sevilla contra los Brigadas Amarillas, porque escondido tras los colores de equipos de fútbol en no pocos ocasiones se encuentran ideologías radicales y, por ende –todo radicalismo lo es- violentas. Y las Brigadas Amarillas, que en estos pasados años han mostrado cierta tolerancia en sus filas, no dejan de pagar un pasado cargado de violencia adscrita a la izquierda más rancia (aún hoy sonrojan algunos canticos contra España, hablando de fachas, o ese himno andaluz mutilado, que destilan un odio incomprensible a quienes no piensan como ellos).

Pero eso no es excusa para que radicales sevillanos (ni sevillistas ni béticos) ataquen a los hinchas de un equipo de Segunda B, que acuden a Sevilla a pasar un día de fiesta y fútbol sin meterse con nadie –pues esta vez no hubo provocación alguna-. Igual se puede decir de los energúmenos del “Frente Fatiguilla” que acompañaron a su equipo –cuyo nombre soy incapaz de recordar- al Rosal para jugar contra el Cádiz B en el grupo X de la Tercera división, y que, por primera vez en tiempo, necesitó de la intervención de las fuerza de seguridad para controlar a los incontrolados.

Y es que esta misma situación se repite todos los fines de semana: de los inocuos “fulanito muerete” se pasa a pegarle a un árbitro, a enfrentamientos en campos amateur, a peleas entre padres de niños que juegan ligas locales infantiles.

Por ahora, en nuestro país no han pasado casos graves (sin olvidar esas dos muertes que arrastrará siempre nuestra Primera División), pero en otros países la violencia se ha extendido a todos los graderíos convirtiendo los estadios en campos de batallas. Aún estamos a tiempo de pararlo y debemos hacerlo. Mientras, un cadista sigue ingresado en Sevilla a la espera de volver a Carranza.

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