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Encrucijada

Hay caminos que es mejor no recorrer. Puertas que una vez cruzadas se cierran. Y este es uno de esos caminos. No sé cómo llegué aquí, pero me encuentro en una encrucijada y ninguna elección será válida. Sé que cualquiera de los senderos que se abren ante mí me llevara a la muerte, pero no puedo volver atrás: huyo del mismo destino al que me acerco. Crucé la puerta equivocada y lo supe al instante. Ahora mi propia vida se escapa por las negras manchas de mi alma. Estoy muerto, como tú  aunque aún no lo sabes. Vives, como yo, una ilusión tan falsa como tu propia existencia. Hablas, como yo, de vivir la vida al límite. Pero ya estás al límite, tanto que ni siquiera distingues la vida de la muerte, ni a las puertas que se abren frente a ti. Elige el camino que creas conveniente, aún sabiendo que cada uno de ellos te llevará a mi misma situación: no sabrás como has llegado hasta allí, pero ninguna elección será válida, todos los senderos te llevarán a la tumba.

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Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Corona o Reino de Aragón

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La casa de los Espejos

En la Alameda, justo frente al monumento al Marqués de Comilla, hay una casa hoy restaurada y convertida en viviendas de lujo. Una casa señorial, con su torre mirador mirando al mar. Buscando en silenciosa soledad el regreso del antiguo dueño. Un capitán abnegado, obligado a partir continuamente para buscar el bien de su familia. De su mujer y su hija. Al pasear por la Alameda no puedo más que mirar a sus ventanas, hoy nuevas, buscando aquel visillo que hace años se movía con el viento que atravesaba el viejo caserón, mostrando el reflejo del sol sobre los viejos cristales que cubrían su pared. Alguna vez miré a la torre, esperando ver allí a la joven hija, oteando el horizonte, deseando que su padre regrese y, tal vez, le traiga un nuevo espejo.

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