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Don Juan

-No debes ir- gritó el ama –Yo soy la jefa de la casa, si el rey requiere que se limpien sus estancias seré yo vaya.
-No ha solicitado limpieza alguna- repuso Miguel, que miraba orgulloso a su hermana- ¡Quiere que vaya María!

La joven se estaba recogiendo el cabello, trenzándose el pelo a la moda de las damas que había podido observar en las audiencias reales. Se había vestido con un viejo vestido de satén negro, con un gran escote que dejaba entrever sus hombros al desnudo y dejaba entrever sus pequeños senos. Un lazo blanco remarcaba las leves curvas de su cuerpo. El ama la observó con odio: la tez blanca de la chica contrastaba con su negro pelo y con el oscuro le daba un aurea casi mágico creando una belleza inocente, sensual y prohibida a su vez. Una belleza que hacía mucho que ella había perdido, si que algún día la había tenido y que ahora, en manos de María podía convertirse en una poderosa herramienta para salir de la pobreza.

María se miró en el viejo espejo que adornaba la entrada a las cocinas y suspiró sorprendida de su propio reflejo. Las jóvenes sirvientas comentaban su hermosura y Ana, su amiga, corrió a adornarle el pelo con unas pequeñas flores azules. María, se recreó en su propia imagen, tocó la mano de su amiga, y se dirigió a los aposentos del rey. Don Felipe le esperaba sentado en una pequeña silla de la sala intermedia, miraba por la ventaba, hacia las lomas de San Lorenzo. María se detuvo en el centro de la sala, con la cabeza gacha y en silencio espero a que el rey se dirigiera a ella.

-Habéis venido.
-Vos lo mandasteis, majestad.
-Aún así, habéis venido, lo que demuestra gran valor por vuestra parte- repuso el rey mirándola por primera vez- o muy poca inteligencia.
-Ni uno ni otro, mi señor. ¿Qué valor muestro acudiendo a la llamada del dueño del mundo?¿Que inteligencia mostraría negándome a complacer vuestros deseos? Arrojo demostraría –continuó María- si me atreviese a dirigir a su majestad aquellos miedos que me acongojan.
-¿Y cuáles son esos miedos?–rey señaló una silla, indicando con su gesto que la joven tenía permiso para sentarse.
-Vuestro hermano es mi mayor sufrimiento. Su alteza don Juan siempre se preocupó por nosotros. Desde que nos recogiese a la salida de la villa, nuestra vida cambió. El infante empujó a mi hermano a estudiar, le forzó en las letras y en los números, y le favoreció con la entrada en el seminario menor. Y también se preocupó de mi formación. Cada día que pasaba en palacio acudía a mi lado y me hablaba de la Biblia, de Dios, de las Españas, del Imperio de su majestad, de las estrellas. Pero desde que desapareció- las lágrimas se derramaron por sus mejillas- todo cambió. Mi señor, no me importa limpiar los suelos hasta perder la piel de las rodillas –se ruborizó al decirlas palabras y ver la sonrisa del rey-. Majestad, yo tan solo deseo que su hermano esté bien, que las nuevas sobre él lleguen cuanto antes.

El rey se levantó y se acercó hasta ella. Acarició suavemente el rostro de María, secándole las lágrimas antes de volver a dirigir su mirada a la sierra. La joven se quedó sentada, sollozando hasta que el rey abandonó la estancia.

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