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Don Juan

Siguió limpiando el suelo de la antesala, avanzando lentamente hasta la pequeña puerta que daba acceso a las habitaciones privadas del rey. Se detuvo pues no estaba segura de lo que iba a hacer. Se quedó quieta ante la entrada, las manos le temblaban y el frío le recorrió la espalda. El hombre que se encontraba tras la puerta era mucho más que un hombre. Él dirigía el mundo, él era el dueño del mundo. Pero debía enfrentarse a él. Empujó la puerta y se adentró en la habitación cautelosa. El rey se encontraba sentando en una pequeña mesa, junto a la capilla, con la mirada fija en los libros que tenía sobre el escritorio. El tic-tac del reloj rompía el silencio y los pasos de María resonaron en la habitación como los cañones en el campo de batalla.

-¿Cómo osáis molestarme en mi descanso?-la voz del rey sobresaltó a la joven.
-Mi señor, la ama me ha ordenado limpiar la estancia- mintió- no sabía que su majestad….
-¡Iros!
-Mi señor, permítame preguntarle por…
-¿Preguntarme, decís?- el rey se levantó y caminó hasta la joven, que apretaba el traje entre sus manos sin apartar la mirada del suelo –Preguntad.
-Mi señor, su hermano… hay nuevas sobre el infante D. Juan
-No las hay y ahora seré yo quien pregunte ¿Por qué deseáis conocer nuevas sobre Juan?
-Don Juan siempre fue bueno conmigo, mi señor. Desde que me recogiese a las puertas de la Corte, muriendo en el camino junto a mi hermano Miguel, Don Juan siempre ha tenido a bien protegerme.
-¿Así que sois vos?- el rey levantó la cara de la joven, observando su rostro- He oído hablar de la amante niña de mi hermano, pero no pensé que fuera una simple criada. Y además extremadamente fea. Aún así, mi hermano se encaprichó de vos ¿Qué le disteis?
-Mi señor, yo no- las palabras se entrecortaban en sus labios y el color ruborizó sus mejillas- Yo jamás. Mi señor, no, no yo jamás.
-Todas dicen que no y al final todas son iguales. Putas creadas por el diablo para hacer caer a los hombres en el pecado. O brujas que aspiran a fornicar con diablos.

María se echó a llorar ante las duras palabras del rey, apretó con más fuerza el traje y dio un paso atrás, deseando echar a correr y escapar de aquel lugar.

-Vos sois puta o bruja, sacadme de mi duda ¿qué sois?
María levantó la mirada una sola vez, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Miró directamente al rey, sonrió nerviosa y, sin saber cómo, exclamó:

-Tendréis que descubrirlo vos mismo.

El rey avanzó hasta ella, la tomó por los hombros y le miró a los ojos. Buscó en ellos la razón por la que su hermano la había protegido y creyó encontrarla.

-Lo descubriré. Ahora iros, y volved mañana.

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