Hoy me he despertado a media noche sin saber muy bien donde me encontraba. He mirado la hora y el reloj parpadeaba detenido. Me he levantado y caminado a oscuras hasta el baño. Mi reflejo se intuía en las penumbras del espejo. No me he reconocido al lavarme las manos. Sé que soy yo. No hay nadie más en la casa. Parezco cansado, muerto de sueño. He mirado el reloj sobre la repisa del baño: 3 a.m. He vuelto a la cama. He intentado recordar que soñaba antes de despertarme. Nada. Lo recuerdo claramente. No soñaba con nada. En una enorme y densa masa blanca que iluminaba mi sueño. Sólo eso. No he vuelto a dormir. He dado vueltas en la cama, esperando que el cansancio termine con mi insomnio. Pero ha vencido mi mal. Cuando los rayos del sol han entrado y bañado mi rostro, he decidido abandonar el lecho. Me miró al espejo y el cansancio marca mi rostro ensombreciendo mis ojos. He llorado. Deseando volver a dormir. Dejar de soñar con esa nada que cada noche desvela mis sueños y que durante el día duerme mi yo.
domingo 31 de enero de 2010
viernes 29 de enero de 2010
La maldición de las musas
Hoy no tengo ganas de escribir de esto o lo otro. Hoy quiero escribir de algo en concreto. Mi mente vaga creando una historia que no sé si debo lanzarme a escribir. Una historia policiaca que con Navarro y Echevarri –dos personajes secundarios de “Cuentos de amor de un profesor de historia”- como principales actores comienza a cobrar forma. Dos hombres, inspector de la Policía Nacional uno, forense adscrito a la audiencia el otro, resolviendo el asesinato de un anciano en un pueblo de la Sierra. Lo que parece un simple robo rápidamente se complica con la presencia de... no contaré nada más. Si, finalmente, las ganas me pueden y comienzo con ellos, iréis viéndolos aquí. A un Echevarri entrado en años ya lo conocéis los que seguís La Búsqueda, a Navarro solo aquellos que han podido leer “Cuentos”, los otros tendréis que esperar a que vea la luz en papel (cosa que parece ocurrirá).
Pero me preocupa que las historias vengan a mi mente una tras otra. Me he dado cuenta que caminando por la calle busco personas que me sirvan de inspiración en mis escritos. Actos cotidianos que se convierten en relatos en mi cabeza. Y es que, me temo, sufro la maldición de las musas.
Pero me preocupa que las historias vengan a mi mente una tras otra. Me he dado cuenta que caminando por la calle busco personas que me sirvan de inspiración en mis escritos. Actos cotidianos que se convierten en relatos en mi cabeza. Y es que, me temo, sufro la maldición de las musas.
jueves 28 de enero de 2010
Beautiful people
Dicen las amigas de mis amigas que su grupo de amigos que somos nosotros somos gente guapa. Beautiful people, vamos. Y es cierto, lo somos. Al menos ahora. Somos resultones. No llegamos al nivel de Benjamin Button en la motito de marras, pero no desentonamos. Somos lo que se dice gente interesante. Un grupo, más o menos, agradable de ver. El problema es que, como en todo grupo como el nuestro, entre la beautiful people hay un “fatman” y un “loser.” No me voy a comer la cabeza pensando quién es el “Loser”, tampoco es plan de comerse mucho el coco con estas cosas que no llevan a nada más que pasar las tardes tristes. Yo no lo soy, mi éxito entre los hombres europeos quedó más que demostrado este verano. En caso de agobiarme por mi no éxito entre las féminas, siempre puedo mirar al otro lado de la calle, o probar si estoy en un armario -que no debo estarlo pues veo la luz del sol cada mañana-.Pero me temo que soy el “fatman”. Algo que tampoco me preocupa en demasía. Soy historiador. Sé que en otras culturas alguien como yo sería visto como un seguro de vida. Hombre pudiente y acomodado que no pasa hambre. Y, además, siempre me queda saber que, con mi bello y hermoso rostro, puedo ser un belleza “boteriana” entre tanta beautiful people.
miércoles 27 de enero de 2010
Kid Betún
Hoy me he cruzado con una de esas personas que se ha compartido en mito dentro de la ciudad. Uno de esos hombres que, por culpa de la mísera vida, se ha visto abocado a una vejez casi en la calle. Kid Betún fue boxeador en su juventud y hoy vive en la ciudad trabajando de limpia botas, el mismo trabajo que le dio su nombre de guerra en el boxeo. «El que da recibe y el que recibe, da», repite el ex-boxeador una y otra vez. Y esa filosofía de vida la ha llevado a su nuevo estado. Hoy lo he encontrado pidiendo en un bar, algo que nunca antes le había visto y no he podido más que darle algo. Este hombre, que siempre ha luchado en su vida, parece haber perdido una batalla más. “No se puede trabajar con este tiempo”, me ha dicho antes de darme las gracias.La vida de Kid ha dado demasiadas vueltas y se ha movido entre el drama, el cine épico y el cómico. Con 12 años se puso a abrillantar los zapatos de las clases pudientes del Cádiz de los 50. Con 14 años comienza a boxear como vía de escape a una situación familiar espinosa. Con este objetivo entró en el gimnasio de la Plaza de las Viudas a las órdenes de Soriano. En 1971 luchó con 39 grados de fiebre por el título de campeón de Andalucía, pero en el tercer asalto, Soriano tuvo que tirar la toalla. Las fiebres lo dejaron en cama durante meses. Pero peor que las fiebres fue su alocada vida que le llevó a perder su pequeña fortuna en fiestas.
La huida hacia adelante lo impulsó a viajar por todo el mundo y acabó alistándose como voluntario en la Legión Extranjera. En Las Palmas de Gran Canaria, e casó y tuvo tres hijos. A la muerte de su padre, el púgil volvió a su Cádiz y se quedó, hasta el día de hoy, siendo parte indispensable del paisaje local.
Y hoy lo he visto irse, sabiendo que es un hombre que ha trabajado toda su vida, peleando o luchando, y que ahora se queda en la nada. Él es la punta del iceberg de una sociedad marcada por la desgracia, que encuentra en la calle y en la caridad de los demás su único medio de vida. Como Kid otros muchos deambulan por nuestras calles buscando una ayuda que muchas veces le negamos.
martes 26 de enero de 2010
La busqueda (XIII)
-Hijo de puta.... mamón... eso duele -Echevarri estaba tirado en el suelo apretándose el brazo izquierdo con la mano derecha- ¿no se te ha ocurrido preguntar antes de disparar?
-Lo he hecho y no me has contestado- Jarque acudió a socorrer a su amigo- he oído disparos y pensé que habías caído.
-Aún no se ha hecho bala que me haga daño.... auuu... no presiones en la herida.
-¿Quién ha disparado?- siguió con a mirada el gesto de Echevarri -Ya veo.
Se acercó hasta el hombre tumbado en el suelo. El disparo del vasco le había perforado el pecho y el charco de sangre comenzaba a extenderse hasta la puerta del ascensor. Pasó sobre él mientras Echevarri le seguía refunfuñando por el tiro recibido. Observaron la casa, intentando descubrir algo que pudiera ponerle sobre la pista del Errante. Sin duda aquel era su nuevo consultorio. La decoración recordaba aquellos puesto del Día de los Muertos que Echevarri había visitado en México. El vasco lo miró todo con creciente asombro. Aquello contrastaba con su visión de Errante. Había llegado a la conclusión de que era un charlatán escondido tras la fachada de sanador, que le servía de coartada para moverse libremente contra su padre. Pero ahora este piso le hacía albergar dudas. Nadie en su sano juicio colgaría el esqueleto de un niño de cinco años de la lámpara del salón. Y Errante lo había hecho.
Siguió el sonido provocado por Jarque al vomitar sobre la alfombra del cuarto principal. Le señaló con la mano el armario mientras se limpiaba con la camisa. Echevarri abrió la puerta y se quedó allí, plantado. Con la mano derecha presionando la herida del antebrazo izquierdo. Observó el cuerpo con detenimiento. Sus talentos como forense se pusieron en funcionamiento.
-Varón, entre 30 y 35 años. Moreno. Diría que latino por los pocos rasgos a la vista. Le han seccionado el cuello con un objeto de sierra. Y el trabajo ha sido bastante malo, por cierto. Le han arrancado el cuero cabelludo pero sin ningún tipo de objetivo ritual. O si lo tenía no les dio tiempo a llevarlo a la práctica, porque está aquí mismo en el armario. Le han cortado dos dedos de la mano derecha -siguió enumerando Echevarri mientras Jarque se sentaba asqueado en la cama- Y los dos pies.... Tiene quemaduras en las piernas y en el torax, así como en los órganos reproductores. Algo le sale de... ¡le han partido el culo!
Miró a Jarque que se agarraba la cabeza con las manos mientras intentaba recordar donde había dejado sus pastillas. Desde que había entrado en el caso no había vuelto a ponerse, en cambio se había enganchado a unas pastillas de nuez molida con alguna especia tropical que le había conseguido Vargas.
-¡Que explicitó eres, picha!- casi gritó.
En ese momento se escucharon voces en el pasillo. Alguien había encontrado el cuerpo muerto en descansillo de la escalera. Los dos hombres se miraron. Sería complicado explicar que hacían allí y, además, Vargas no debía sospechar de la implicación de la Interpol en el caso. Sacaron las armas y se dirigieron a la puerta, las voces se hicieron más fuertes. Hablaban en checo. No había duda de que no eran hombres de Errante. Echevarri se asomó a la esquina y observó como una mujer mayor sacaba un teléfono.
-Vamos, antes de que llegue la policía.
Ambos hombres echaron a correr escaleras abajo.
-Lo he hecho y no me has contestado- Jarque acudió a socorrer a su amigo- he oído disparos y pensé que habías caído.
-Aún no se ha hecho bala que me haga daño.... auuu... no presiones en la herida.
-¿Quién ha disparado?- siguió con a mirada el gesto de Echevarri -Ya veo.
Se acercó hasta el hombre tumbado en el suelo. El disparo del vasco le había perforado el pecho y el charco de sangre comenzaba a extenderse hasta la puerta del ascensor. Pasó sobre él mientras Echevarri le seguía refunfuñando por el tiro recibido. Observaron la casa, intentando descubrir algo que pudiera ponerle sobre la pista del Errante. Sin duda aquel era su nuevo consultorio. La decoración recordaba aquellos puesto del Día de los Muertos que Echevarri había visitado en México. El vasco lo miró todo con creciente asombro. Aquello contrastaba con su visión de Errante. Había llegado a la conclusión de que era un charlatán escondido tras la fachada de sanador, que le servía de coartada para moverse libremente contra su padre. Pero ahora este piso le hacía albergar dudas. Nadie en su sano juicio colgaría el esqueleto de un niño de cinco años de la lámpara del salón. Y Errante lo había hecho.
Siguió el sonido provocado por Jarque al vomitar sobre la alfombra del cuarto principal. Le señaló con la mano el armario mientras se limpiaba con la camisa. Echevarri abrió la puerta y se quedó allí, plantado. Con la mano derecha presionando la herida del antebrazo izquierdo. Observó el cuerpo con detenimiento. Sus talentos como forense se pusieron en funcionamiento.
-Varón, entre 30 y 35 años. Moreno. Diría que latino por los pocos rasgos a la vista. Le han seccionado el cuello con un objeto de sierra. Y el trabajo ha sido bastante malo, por cierto. Le han arrancado el cuero cabelludo pero sin ningún tipo de objetivo ritual. O si lo tenía no les dio tiempo a llevarlo a la práctica, porque está aquí mismo en el armario. Le han cortado dos dedos de la mano derecha -siguió enumerando Echevarri mientras Jarque se sentaba asqueado en la cama- Y los dos pies.... Tiene quemaduras en las piernas y en el torax, así como en los órganos reproductores. Algo le sale de... ¡le han partido el culo!
Miró a Jarque que se agarraba la cabeza con las manos mientras intentaba recordar donde había dejado sus pastillas. Desde que había entrado en el caso no había vuelto a ponerse, en cambio se había enganchado a unas pastillas de nuez molida con alguna especia tropical que le había conseguido Vargas.
-¡Que explicitó eres, picha!- casi gritó.
En ese momento se escucharon voces en el pasillo. Alguien había encontrado el cuerpo muerto en descansillo de la escalera. Los dos hombres se miraron. Sería complicado explicar que hacían allí y, además, Vargas no debía sospechar de la implicación de la Interpol en el caso. Sacaron las armas y se dirigieron a la puerta, las voces se hicieron más fuertes. Hablaban en checo. No había duda de que no eran hombres de Errante. Echevarri se asomó a la esquina y observó como una mujer mayor sacaba un teléfono.
-Vamos, antes de que llegue la policía.
Ambos hombres echaron a correr escaleras abajo.
lunes 25 de enero de 2010
domingo 24 de enero de 2010
sábado 23 de enero de 2010
Uphir (X)
Ariel estaba en la puerta del colegio. Miguel la miraba desde lejos, sin acercarse más de lo debido. Debía actuar como un escolta y no mostrarse impaciente por abrazarla. Observaba el entorno del edificio. El jardín que daba entrada al colegio tenía unos altos árboles en los muros que lo protegían. Las alumnas vestían todas uniformes y Miguel estaba deseoso de quitarle la falda a Ariel. Se movió nervioso en el asiento del coche mientras ella jugueteaba con el pelo. Arrancó el motor cuando vio que la chica se despedía de sus amigos y condujo despacio hacia ella.
La moto entró en la calle a gran velocidad. Miguel aceleró el vehículo por instinto pero no fue suficientemente rápido. El motorista se lanzó sobre Ariel mientras Miguel sacaba el arma por la ventana. Disparó a las ruedas, pero la moto continuó su veloz carrera hasta Ariel, que se lanzó al suelo, ocultándose tras el muro. Miguel salió del coche, disparando mientras corría hasta la chica. El motorista giró en redondo y volvió contra ellos. Miguel volvió a disparar mientras se lanzaba sobre Ariel. Notó como el metal entraba en su pierna y gritó sin querer. Disparó nuevamente mientras un par de gorilas de Magnus aparecieron desde la parte trasera del colegio. Miguel se arrastró tras el muro, apoyado en Ariel que no dejaba de llorar.
-Maldita sea, mi niña, creo que esta noche no podremos disfrutar –intento reír, y al hacerlo notó que el pecho le dolía.
Se apretó la herida con la mano izquierda, mientras que la derecha la hundió en el sedoso cabello de la chica. Mientras las balas pasaban junto a él. Los gritos de los estudiantes cubrió el estruendo de la moto al chocar contra su coche. Notó como la cabeza le palpitaba, bombeando la sangre que debía llegar a su cerebro. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Ariel y dejó que su olor le impregnara. Se sintió morir mientras el cielo se oscurecía. El corazón de Ariel se aceleró mientras sus manos recorrían el cuerpo de Miguel. La escuchaba gritar, pidiendo ayuda. Pero sus gritos fueron silenciándose lentamente. Dejó de sentirla bajo él. Como si alguien la hubiera arrancado de sus brazos. La buscó a tientas. No le respondieron los brazos. Su cuerpo se negaba a seguirle.
La llamó, pero la voz se negó a volar hasta ella. Abrió los ojos, con esfuerzo. Sintiendo todo el daño provocado por el balazo en el pecho. Vio como Ariel era arrastrada por uno de los hombres de Magnus hasta el edificio. Estiraba los brazos. Pataleaba y lloraba intentando volver hasta él. Miguel se levantó lentamente, apoyándose en el muro. Ella pareció tranquilizarse y se dejó llevar al interior. Él la siguió con la mirada hasta que se perdió en el interior del colegió. Suspiró dos veces antes de arrastrarse hasta la calle. Las fuerzas parecían volver lentamente a él, mientras la ira se acumulaba en su pecho para expulsar el dolor. Dio dos pasos antes de caer derrotado sobre el suelo. Notó el calido reguero de la sangre que se escapaba por su pecho y sonrió para si mismo. Creía haber vuelto de la muerte, pero la Señora acababa de alcanzarlo.
La moto entró en la calle a gran velocidad. Miguel aceleró el vehículo por instinto pero no fue suficientemente rápido. El motorista se lanzó sobre Ariel mientras Miguel sacaba el arma por la ventana. Disparó a las ruedas, pero la moto continuó su veloz carrera hasta Ariel, que se lanzó al suelo, ocultándose tras el muro. Miguel salió del coche, disparando mientras corría hasta la chica. El motorista giró en redondo y volvió contra ellos. Miguel volvió a disparar mientras se lanzaba sobre Ariel. Notó como el metal entraba en su pierna y gritó sin querer. Disparó nuevamente mientras un par de gorilas de Magnus aparecieron desde la parte trasera del colegio. Miguel se arrastró tras el muro, apoyado en Ariel que no dejaba de llorar.
-Maldita sea, mi niña, creo que esta noche no podremos disfrutar –intento reír, y al hacerlo notó que el pecho le dolía.
Se apretó la herida con la mano izquierda, mientras que la derecha la hundió en el sedoso cabello de la chica. Mientras las balas pasaban junto a él. Los gritos de los estudiantes cubrió el estruendo de la moto al chocar contra su coche. Notó como la cabeza le palpitaba, bombeando la sangre que debía llegar a su cerebro. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Ariel y dejó que su olor le impregnara. Se sintió morir mientras el cielo se oscurecía. El corazón de Ariel se aceleró mientras sus manos recorrían el cuerpo de Miguel. La escuchaba gritar, pidiendo ayuda. Pero sus gritos fueron silenciándose lentamente. Dejó de sentirla bajo él. Como si alguien la hubiera arrancado de sus brazos. La buscó a tientas. No le respondieron los brazos. Su cuerpo se negaba a seguirle.
La llamó, pero la voz se negó a volar hasta ella. Abrió los ojos, con esfuerzo. Sintiendo todo el daño provocado por el balazo en el pecho. Vio como Ariel era arrastrada por uno de los hombres de Magnus hasta el edificio. Estiraba los brazos. Pataleaba y lloraba intentando volver hasta él. Miguel se levantó lentamente, apoyándose en el muro. Ella pareció tranquilizarse y se dejó llevar al interior. Él la siguió con la mirada hasta que se perdió en el interior del colegió. Suspiró dos veces antes de arrastrarse hasta la calle. Las fuerzas parecían volver lentamente a él, mientras la ira se acumulaba en su pecho para expulsar el dolor. Dio dos pasos antes de caer derrotado sobre el suelo. Notó el calido reguero de la sangre que se escapaba por su pecho y sonrió para si mismo. Creía haber vuelto de la muerte, pero la Señora acababa de alcanzarlo.
jueves 21 de enero de 2010
Adios
Se fue casi en silencio. Apagandose poco a poco hasta que dijo basta. Tal vez sabiendo que de pasar más tiempo entre nosotros dejaría de ser ella por culpa de una maldita enfermedad. Cuantas veces no le diría mi padre, entre bromas, "Josefina, tanto estudiar te ha cansado las neuronas" y se iban cansando poquito a poco. Despacito tal vez, demasiado rápido para nosotros que queríamos verla como siempre fue. Estos días he escuchado y leído mucho sobre ella. Los dos periódicos locales han sacado hermosos textos (Diario de Cádiz La Voz de Cádiz J.A. Hernández), y no puedo más que darle las gracias a Leopoldo (que ha demostrado ser un amgio siempre y hasta el final) y a José Antonio Hernández por sus palabras.
Pero esos textos se quedan en la Dra. Fornell. En la eminencia pionera en el campo de la psiquiatria infantil, pero ni se acercan a Josefina (la tíafilla para mí y mis hermanos). La mujer que se escondía tras la bata blanca. Y ella era mucho más que la Dra. Fornell. No sé cuantas horas no pasaría tirada en el suelo conmigo o mis hermanos, jugando a un "memori" de animales a los que ahora le faltan 12 piezas. La recuerdo sentada en mi cama leyendome mis primeros cuentos y libros. Cada noche, casí, durante años, esperaba verla entrar para arrebujarme bajo las mantas mientras ella soltaba un "sí vas a la carnicería que no te corten...." y yo me hacía el duro para evitar que me hiciese cosquillas. Horas perdidas intentando lograr que aprendiera un inglés que al final he logrado querer, y que perdiese unos kilos a los que también he llegado a querer.
¿Cuántas horas no habré pasado hablando con ella? Contandole cómo estaba o cómo me había ido el día. Horas escuchando los relatos de sus viajes -su otra gran pasión- a cualquier lugar del mundo. Viajes que esperaba con ilusión infantil por los regalos traídos. Riendome cuando sacaba el genio catalán y se peleaba con mi abuela en su idioma materno. O cuando contaba alguna de sus muchas historas con esa gracia gaditana que tenía -ya se sabe que el gaditano nace donde le da la gana, y ella nació en Flix-. Mirandola asombrado cuando se ponía el tipo para salir en aquella ilegal que montó con los amigos.... Tantos recuerdos que sería imposible recordarlos: cada cumpleaños, cada celebración familiar, cada Navidad, cada día de Reyes. Ella estaba allí, simpre, como debía ser. Única hermana de mi padre y soltera como decidió ser, se encontró con una hermana "no" política en mi madre, y una familia -la nuestra- que le quería con una locura dificil de explicar.
Y ahora, cuando ya no está, noto un vacío que aún no es posible. Sé que su casa está cerrada ésta noche. Sé que mañana, cuando vuelva del trabajo, no estará sentada en la silla bajo la ventana del cuarto de estar, hablando con mis padres como cada día. Sé que no diré, de pronto, "voy a abajo", porque ya no hay nada abajo -en el piso de abajo- que me haga ir.
Pero sobre todo sé que ella está aquí. A mi lado. Sentada en el pico de mi cama leyendo cada palabra que escribo. Cómo hacia últimamente cuando era ella quien venia a verme, preguntandome como iba la novela (esa que ha tardado demasiado para que la viese en papel). Y sé que no se irá jamás de mi lado. Y no porque guarde su recuerdo en mi corazón y mi alma -los recuerdos no son más que recuerdos- sino porque ha cruzado una puerta a un lugar mejor. Ahora ya no se apaga poco a poco. Está en plenitud de facultades peleandose con la yaya -seguro- y sentada aquí, a mi lado, mirando mientras escribo -y sin ese dolor de cuello por mirarnos desde el cielo que tanto preocupa a mi sobrina- susurrandome al oído que no puedo estar triste y que este texto no es del todo mío. Exigiendome que diga lo que realmente creo y dé las razones por las que no estoy triste por ella (por mi perdida ya he soltado las lágrimas pertinentes hoy). Y la razón es tan simple como que, al más puro estilo Pokemón, ha evolucionado: ahora está en un estado evolutivo superior. Ha dejado en este mundo la cascara externa y permanece incorporea vigilando a sus niños -que fueron muchos en Cádiz,- como el ángel silencioso y generoso que siempre fue en su vida.
Y sólo puedo terminar diciendole una pequeña cosa: ¿Te acuerdas de aquella lápida que decías que había en el cementerio? ¿La del marido que le pedía a esposa que le esperase en el cielo que pronto estarían juntos?.... Bueno, pues ya debes de saber que 100 años ante una vida eterna no es nada. Quiero disfrutar del Tricentenario, pero luego "bajaré" a verte.
Pero esos textos se quedan en la Dra. Fornell. En la eminencia pionera en el campo de la psiquiatria infantil, pero ni se acercan a Josefina (la tíafilla para mí y mis hermanos). La mujer que se escondía tras la bata blanca. Y ella era mucho más que la Dra. Fornell. No sé cuantas horas no pasaría tirada en el suelo conmigo o mis hermanos, jugando a un "memori" de animales a los que ahora le faltan 12 piezas. La recuerdo sentada en mi cama leyendome mis primeros cuentos y libros. Cada noche, casí, durante años, esperaba verla entrar para arrebujarme bajo las mantas mientras ella soltaba un "sí vas a la carnicería que no te corten...." y yo me hacía el duro para evitar que me hiciese cosquillas. Horas perdidas intentando lograr que aprendiera un inglés que al final he logrado querer, y que perdiese unos kilos a los que también he llegado a querer.
¿Cuántas horas no habré pasado hablando con ella? Contandole cómo estaba o cómo me había ido el día. Horas escuchando los relatos de sus viajes -su otra gran pasión- a cualquier lugar del mundo. Viajes que esperaba con ilusión infantil por los regalos traídos. Riendome cuando sacaba el genio catalán y se peleaba con mi abuela en su idioma materno. O cuando contaba alguna de sus muchas historas con esa gracia gaditana que tenía -ya se sabe que el gaditano nace donde le da la gana, y ella nació en Flix-. Mirandola asombrado cuando se ponía el tipo para salir en aquella ilegal que montó con los amigos.... Tantos recuerdos que sería imposible recordarlos: cada cumpleaños, cada celebración familiar, cada Navidad, cada día de Reyes. Ella estaba allí, simpre, como debía ser. Única hermana de mi padre y soltera como decidió ser, se encontró con una hermana "no" política en mi madre, y una familia -la nuestra- que le quería con una locura dificil de explicar.
Y ahora, cuando ya no está, noto un vacío que aún no es posible. Sé que su casa está cerrada ésta noche. Sé que mañana, cuando vuelva del trabajo, no estará sentada en la silla bajo la ventana del cuarto de estar, hablando con mis padres como cada día. Sé que no diré, de pronto, "voy a abajo", porque ya no hay nada abajo -en el piso de abajo- que me haga ir.
Pero sobre todo sé que ella está aquí. A mi lado. Sentada en el pico de mi cama leyendo cada palabra que escribo. Cómo hacia últimamente cuando era ella quien venia a verme, preguntandome como iba la novela (esa que ha tardado demasiado para que la viese en papel). Y sé que no se irá jamás de mi lado. Y no porque guarde su recuerdo en mi corazón y mi alma -los recuerdos no son más que recuerdos- sino porque ha cruzado una puerta a un lugar mejor. Ahora ya no se apaga poco a poco. Está en plenitud de facultades peleandose con la yaya -seguro- y sentada aquí, a mi lado, mirando mientras escribo -y sin ese dolor de cuello por mirarnos desde el cielo que tanto preocupa a mi sobrina- susurrandome al oído que no puedo estar triste y que este texto no es del todo mío. Exigiendome que diga lo que realmente creo y dé las razones por las que no estoy triste por ella (por mi perdida ya he soltado las lágrimas pertinentes hoy). Y la razón es tan simple como que, al más puro estilo Pokemón, ha evolucionado: ahora está en un estado evolutivo superior. Ha dejado en este mundo la cascara externa y permanece incorporea vigilando a sus niños -que fueron muchos en Cádiz,- como el ángel silencioso y generoso que siempre fue en su vida.
Y sólo puedo terminar diciendole una pequeña cosa: ¿Te acuerdas de aquella lápida que decías que había en el cementerio? ¿La del marido que le pedía a esposa que le esperase en el cielo que pronto estarían juntos?.... Bueno, pues ya debes de saber que 100 años ante una vida eterna no es nada. Quiero disfrutar del Tricentenario, pero luego "bajaré" a verte.
En pocas palabras
Los hombres somos seres sociables. No me voy a quedar en casa encerrada ¿no? Tengo que conocer gente. Que una no sabe cuando se va a morir para estar todo el día estudiando.
(Sociable estudiante de 15 años. Escuchado en el Dos)
miércoles 20 de enero de 2010
Manifiesto por Haití
Es obligación de todos ayudar a la reconstrucción de un país que llora, y llorará durante mucho tiempo, las cicatrices dejadas en la tierra y las gentes. El terremoto del pasado martes 12 de enero ha sido devastador para uno de los países más pobres del mundo. Cientos de edificios en Puerto Príncipe se han derrumbado, pero nada es más peligroso que el derrumbe de una sociedad ya dañada por la guerra, el hambre y la pobreza.
Aunque hasta el momento el número real de víctimas se desconoce, algunas fuentes indican que las consecuencias del seísmo son catastróficas. A la espera de una confirmación oficial del coste en vidas humanas de este desastre natural, los testimonios que llegan desde la isla dibujan un panorama de destrucción y caos, especialmente en Puerto Príncipe. Y tras el caos inicial llega el caos total. A la destrucción de las infraestructuras, se une el caos institucional con un estado casi inexistente incapaz de dar respuestas a las necesidades de una población que carece de los más básicos medios.
Desastres como el de Haití nos recuerdan la fragilidad de la vida, pero también reafirman la bondad humana. Las imágenes llegadas desde el país caribeño hacen inútiles las palabras: edificios derrumbados, cadáveres por las calles, personas hambrientas, sedientas y sin hogar. Pero también han mostrado la fortaleza de la población para salir de esa espantosa situación, y la esperanza en el rostro de las victimas rescatas bajo los escombros. Para los que lo han perdido todo la ayuda ya no hay solución y ahora toca centrarse en el mañana. En dar un futuro a quienes han perdido todo, por muy poco que fuese ese todo.
La comunidad internacional se ha volcado con Haití. Consecuentes con la magnitud del desastre todas las naciones y organizaciones internacionales se han movilizado en su ayuda. Pero la grave situación haitiana es un recordatorio de nuestras grandes responsabilidades.
Aunque hasta el momento el número real de víctimas se desconoce, algunas fuentes indican que las consecuencias del seísmo son catastróficas. A la espera de una confirmación oficial del coste en vidas humanas de este desastre natural, los testimonios que llegan desde la isla dibujan un panorama de destrucción y caos, especialmente en Puerto Príncipe. Y tras el caos inicial llega el caos total. A la destrucción de las infraestructuras, se une el caos institucional con un estado casi inexistente incapaz de dar respuestas a las necesidades de una población que carece de los más básicos medios.
Desastres como el de Haití nos recuerdan la fragilidad de la vida, pero también reafirman la bondad humana. Las imágenes llegadas desde el país caribeño hacen inútiles las palabras: edificios derrumbados, cadáveres por las calles, personas hambrientas, sedientas y sin hogar. Pero también han mostrado la fortaleza de la población para salir de esa espantosa situación, y la esperanza en el rostro de las victimas rescatas bajo los escombros. Para los que lo han perdido todo la ayuda ya no hay solución y ahora toca centrarse en el mañana. En dar un futuro a quienes han perdido todo, por muy poco que fuese ese todo.
La comunidad internacional se ha volcado con Haití. Consecuentes con la magnitud del desastre todas las naciones y organizaciones internacionales se han movilizado en su ayuda. Pero la grave situación haitiana es un recordatorio de nuestras grandes responsabilidades.
martes 19 de enero de 2010
La busqueda (XII)
Caminaban por el Puente de Carlos, hacía el Barrio Pequeño. Ni Jarque ni Echevarri desentonaban entre la multitud de turistas que caminaban por el lugar. Habían localizado el nuevo centro de actuación de Errante en la zona más rica de la ciudad. A la sombra del castillo, entre los callejones más cercanos al Moldava.
-Este sitio parece sacado de un cuento de hadas- dijo Echevarri sacando unas fotos de las estatuas del puente.
-Sí, el lugar perfecto para que Errante consiga adeptos para su grupo.
Jarque sonreía ante la imagen de su compañero. Con las coletas anudadas a la espalda, cayendo sobre la mochila. La cámara Canon colgada al cuello, sobre la camiseta de Homer Simpson. Remataba el atuendo con un pantalón de explorador, chanclas y calcetines de Snoopy. El ex-policía acarició el cabello de un chico que se había detenido para mirar al forense con los ojos muy abiertos. Echevarri le sacó la lengua y continuó el camino hacia las callejas que se extendían a la izquierda del puente. Caminaban lentamente intentando descubrir el portal al que tenían que acercarse.
La casa tenía dos plantas. La fachada de piedra tenía un pequeño escudo con la imagen del golem. Echevarri lo miró en silencio antes de guardar la cámara de fotos en la mochila. Sacó disimuladamente la pistola y comprobó que el seguro estaba quitado. Jarque le imitó, escudándose en las sombras del portal mientras un grupo de turistas le sacaba una foto a Echevarri disimuladamente.
-Así no hay quién pase desapercibido, Echeva... deberías ser más cuidadoso con la vestimenta.
-¡Sí voy de guiri!- gritó mientras abría la puerta con una ganzúa- ¡Y ahora estate atento que vamos!
Los dos hombres entraron apuntando con sus armas al frente. La escalera estaba vacía y las puertas laterales cerradas. Miraron el buzón. Cuarta planta.
-Tu por la escalera- dijo Echevarri llamando al ascensor.
Jarque hizo una mueca burlona y comenzó a subir las escaleras. El disparo sonó cuando aún no había llegado a la tercera planta. Corrió escaleras arriba. Sonó un segundo disparo.
-Echeva- grito- Echevarri...
No recibió respuesta alguna. Había llegado al descansillo de la cuarta planta. Miró con cuidado, cubriéndose con la barandilla de la escalera. La mochila de Echevarri estaba caída en el primer escalón, abierta y dejando a la vista la cámara de foto que con tanto cuidado había llevado desde España.
-Echevarri, joder, dime algo...
Jarque comenzó a avanzar apuntando al frente. Algo se movió de forma sorpresiva. El disparo de Jarque chocó contra hueso.
-Este sitio parece sacado de un cuento de hadas- dijo Echevarri sacando unas fotos de las estatuas del puente.
-Sí, el lugar perfecto para que Errante consiga adeptos para su grupo.
Jarque sonreía ante la imagen de su compañero. Con las coletas anudadas a la espalda, cayendo sobre la mochila. La cámara Canon colgada al cuello, sobre la camiseta de Homer Simpson. Remataba el atuendo con un pantalón de explorador, chanclas y calcetines de Snoopy. El ex-policía acarició el cabello de un chico que se había detenido para mirar al forense con los ojos muy abiertos. Echevarri le sacó la lengua y continuó el camino hacia las callejas que se extendían a la izquierda del puente. Caminaban lentamente intentando descubrir el portal al que tenían que acercarse.
La casa tenía dos plantas. La fachada de piedra tenía un pequeño escudo con la imagen del golem. Echevarri lo miró en silencio antes de guardar la cámara de fotos en la mochila. Sacó disimuladamente la pistola y comprobó que el seguro estaba quitado. Jarque le imitó, escudándose en las sombras del portal mientras un grupo de turistas le sacaba una foto a Echevarri disimuladamente.
-Así no hay quién pase desapercibido, Echeva... deberías ser más cuidadoso con la vestimenta.
-¡Sí voy de guiri!- gritó mientras abría la puerta con una ganzúa- ¡Y ahora estate atento que vamos!
Los dos hombres entraron apuntando con sus armas al frente. La escalera estaba vacía y las puertas laterales cerradas. Miraron el buzón. Cuarta planta.
-Tu por la escalera- dijo Echevarri llamando al ascensor.
Jarque hizo una mueca burlona y comenzó a subir las escaleras. El disparo sonó cuando aún no había llegado a la tercera planta. Corrió escaleras arriba. Sonó un segundo disparo.
-Echeva- grito- Echevarri...
No recibió respuesta alguna. Había llegado al descansillo de la cuarta planta. Miró con cuidado, cubriéndose con la barandilla de la escalera. La mochila de Echevarri estaba caída en el primer escalón, abierta y dejando a la vista la cámara de foto que con tanto cuidado había llevado desde España.
-Echevarri, joder, dime algo...
Jarque comenzó a avanzar apuntando al frente. Algo se movió de forma sorpresiva. El disparo de Jarque chocó contra hueso.
lunes 18 de enero de 2010
Hombre dormido
Árbol convertido en hombre. Dormido. Escondido de sí mismo. Asustado de un mundo que se deshace a su alrededor. Que se abre para engullir a sus hijos más necesitados. Que inunda con sus lágrimas las tierras ayer secas. Y, junto a él, la sombra verde del brote que nace: esperanza que agita al hombre dormido, que se despereza entre hojarasca. Hombre dormido que despierta ante la calamidad.
Foto: Natalia Vázquez
domingo 17 de enero de 2010
Sherlock Holmes

“Elemental querido Watson” Este nuevo Sherlock Holmes es tan falso como la mítica frase (que solo aparece en “El Jorobado”, relato corto publicado en “Memoras de Sherlock Holmes). Pero no por eso alejado totalmente del detective. La película, muy posiblemente, no sea del gusto de la mayoría de seguidores del gran Sherlock. Y no porque Robert Downey Jr haga un mal papel.
Alejado del la elegancia inglesa de Basil Rathbone o Peter Cushing, nos encontramos un Sherlock mujeriego (¿encadenado desnudo a una cama?); que muestra pectorales en combates ilegales, aun siendo cierto que Sherlock es un perfecto boxeador; que paga y cuida los ahorros de un Dr. Watson jugador y que se encuentra enamorado de Mary (dato que sitúa la historia, por cierto, en 1887); con un humor ácido, inteligente y, en ocasiones, incorrecto. Pero un Sherlock que, en la piel de Robert Downey, se convierte en carismático. Que llena la escena con su sola presencia y que trae los mejores momentos de toda la película. Dejando a sus compañeros de reparto escondidos entre bambalinas. Ni el siempre genial Jude Law (Watson), ni Mark Strong (Lord Blackwood –y que en lo personal recuerda, como parte de la historia narrada, al Lord Sherrinford Meinster, de La Fiesta de Orfeo-, ni Rachel McAdams (el Diario de Noa) pueden llegar a estar a su nivel. Downey crea un nuevo Sherlock y debemos alegrarnos por ello, porque tal vez gracias a su actuación muchos se acerquen a las obras de Conan Doyle.
Pero la película, tal vez condicionada por la dirección de Guy Ritchie y el guión de Lionel Wigram y Simon Kinberg, queda en nada. Un principio demasiado lento, dónde la historia y los personajes se presentan insustanciales y dónde sólo el humor de Sherlock te mantiene despierto en la butaca. Y, de pronto, todo cambia. La acción se acelera, los personajes pierden protagonismo en beneficio de las escenas de lucha (magnifica, por cierto, la pelea contra el gigante) y la cinta corre hasta un final abierto donde casi todo se descubre. Tal vez con otro director y otros guionistas –tan sólo había que adaptar cualquiera de las novelas de Doyle para haber tenido un gran guión- la película hubiera ganado enteros. Queda la esperanza de que la aparición del profesor Moriarty -alterego de Shrelock aquí escondido en las sombras de un carruaje- abre las puertas a una segunda parte. Los actores y un ambiente que te introduce en el oscuro Londres de la Revolución Industrial ya los tienen, solo queda redondear un trabajo que, en esta primera película, queda coja.
Alejado del la elegancia inglesa de Basil Rathbone o Peter Cushing, nos encontramos un Sherlock mujeriego (¿encadenado desnudo a una cama?); que muestra pectorales en combates ilegales, aun siendo cierto que Sherlock es un perfecto boxeador; que paga y cuida los ahorros de un Dr. Watson jugador y que se encuentra enamorado de Mary (dato que sitúa la historia, por cierto, en 1887); con un humor ácido, inteligente y, en ocasiones, incorrecto. Pero un Sherlock que, en la piel de Robert Downey, se convierte en carismático. Que llena la escena con su sola presencia y que trae los mejores momentos de toda la película. Dejando a sus compañeros de reparto escondidos entre bambalinas. Ni el siempre genial Jude Law (Watson), ni Mark Strong (Lord Blackwood –y que en lo personal recuerda, como parte de la historia narrada, al Lord Sherrinford Meinster, de La Fiesta de Orfeo-, ni Rachel McAdams (el Diario de Noa) pueden llegar a estar a su nivel. Downey crea un nuevo Sherlock y debemos alegrarnos por ello, porque tal vez gracias a su actuación muchos se acerquen a las obras de Conan Doyle.
Pero la película, tal vez condicionada por la dirección de Guy Ritchie y el guión de Lionel Wigram y Simon Kinberg, queda en nada. Un principio demasiado lento, dónde la historia y los personajes se presentan insustanciales y dónde sólo el humor de Sherlock te mantiene despierto en la butaca. Y, de pronto, todo cambia. La acción se acelera, los personajes pierden protagonismo en beneficio de las escenas de lucha (magnifica, por cierto, la pelea contra el gigante) y la cinta corre hasta un final abierto donde casi todo se descubre. Tal vez con otro director y otros guionistas –tan sólo había que adaptar cualquiera de las novelas de Doyle para haber tenido un gran guión- la película hubiera ganado enteros. Queda la esperanza de que la aparición del profesor Moriarty -alterego de Shrelock aquí escondido en las sombras de un carruaje- abre las puertas a una segunda parte. Los actores y un ambiente que te introduce en el oscuro Londres de la Revolución Industrial ya los tienen, solo queda redondear un trabajo que, en esta primera película, queda coja.
viernes 15 de enero de 2010
Ayuda a Haiti
Nada más conocerse la noticia del devastador terremoto que el martes sacudió con extremada violencia la región más occidental de Haití, Manos Unidas ha abierto una cuenta de emergencia para paliar los graves daños que ha causado el seísmo, sobre todo en Puerto Príncipe, convertida, ahora, en ruinas y polvo.
Las pocas noticias que nos llegan desde Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, no dan lugar a la esperanza. Todavía es pronto para hablar de víctimas mortales, aunque algunas fuentes hablan ya de miles de muertos y desaparecidos. Los daños materiales son inconmensurables: viviendas destruidas, carreteras inexistentes, oscuridad y caos.
El temblor, cuyo epicentro se situó cerca de Puerto Príncipe, una ciudad con 2 millones de habitantes, se ha calificado ya como uno de los más fuertes sufridos en esa zona del mundo en la última década.
Las pocas noticias que nos llegan desde Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, no dan lugar a la esperanza. Todavía es pronto para hablar de víctimas mortales, aunque algunas fuentes hablan ya de miles de muertos y desaparecidos. Los daños materiales son inconmensurables: viviendas destruidas, carreteras inexistentes, oscuridad y caos.
El temblor, cuyo epicentro se situó cerca de Puerto Príncipe, una ciudad con 2 millones de habitantes, se ha calificado ya como uno de los más fuertes sufridos en esa zona del mundo en la última década.
Manos Unidas no es una organización de ayuda de emergencia, pero la trayectoria de colaboración en este país caribeño, y la magnitud del desastre, nos llevan a abrir una cuenta cuya recaudación se destinará a la adquisición de productos de primera necesidad y, posteriormente, a labores de reconstrucción del país.
BANCO SANTANDER
Cta. Nº: 0049-1892-63-2210525246
REF: EMERGENCIA HAITÍ
jueves 14 de enero de 2010
No he vuelto a sonreir
Desde hace más o menos un mes, no he vuelto a sonreir. No he vuelto a reirme con nadie, ni de mí mismo. No he vuelto a dejar de preocuparme por cosas sin importancia. Desde hace, más o menos un mes, no he vuelto a ser yo.
Y sé las razones de mi no retornar a hacer ciertas cosas, claro que las conozco. Pero lo cierto es que, desde hace más o menos un mes, me encuentro en un estado diferente al que tenía en estos años previos. Como perro lleno de pulgas me he visto obligado a rascarme hasta quitarmelas. Y desde entonces no he tenido que volver a nada.
Llevo un mes libre de preocupaciones absurdas. De hecho, desde mi vuelta de la India creo que no he logrado encontrar algo que me preocupe lo suficiente como obligarme a volver a sonreir por haber perdido la sonrisa. Desde entonces, sigo riendome de mi mismo, y con los demás. Que no de los demás, solo me río de mí, porque reirme conmigo mismo denotaría una locura mayor que la que me persigue. Pero es que, además, desde hace más o menos ese mes no he vuelto a ser yo, porque soy Yo siempre. Sin preocuparme de que pensarán o dejarán de pensar quienes me rodeán, sorprendiendome en alguna foto de ver nuevamente en mis ojos una pillería que creía muerta en la adultez inmadura de los 30. Y, sí les digo la verdad, me alegra que eso ocurra. Porque quiere decir que he vuelto a ser quién nunca debí dejar de ser. Ahora, solo me queda no tener que volver a buscarme en mi interior por haberme perdido.
Y sé las razones de mi no retornar a hacer ciertas cosas, claro que las conozco. Pero lo cierto es que, desde hace más o menos un mes, me encuentro en un estado diferente al que tenía en estos años previos. Como perro lleno de pulgas me he visto obligado a rascarme hasta quitarmelas. Y desde entonces no he tenido que volver a nada.
Llevo un mes libre de preocupaciones absurdas. De hecho, desde mi vuelta de la India creo que no he logrado encontrar algo que me preocupe lo suficiente como obligarme a volver a sonreir por haber perdido la sonrisa. Desde entonces, sigo riendome de mi mismo, y con los demás. Que no de los demás, solo me río de mí, porque reirme conmigo mismo denotaría una locura mayor que la que me persigue. Pero es que, además, desde hace más o menos ese mes no he vuelto a ser yo, porque soy Yo siempre. Sin preocuparme de que pensarán o dejarán de pensar quienes me rodeán, sorprendiendome en alguna foto de ver nuevamente en mis ojos una pillería que creía muerta en la adultez inmadura de los 30. Y, sí les digo la verdad, me alegra que eso ocurra. Porque quiere decir que he vuelto a ser quién nunca debí dejar de ser. Ahora, solo me queda no tener que volver a buscarme en mi interior por haberme perdido.
miércoles 13 de enero de 2010
Hermosa santiguadora
Iba en el dos, como casi siempre que cojo el autobus. Y, como suele ocurrir en la línea más larga de Cádiz, el autobús iba lleno de mujeres mayores. No sé en otros lugares, pero en Cádiz no es raro que las mujeres de cierta edad se santigüen al pasar ante una iglesia o convento. Sobre todo en el Convento de Santo Domingo, donde está la patrona de la ciudad. Normalmente, si tienen a bien pagar 1€ para hacer un trayecto de 10 minutos, podrán comprobarlo en las línas 1 y 3. No así en la 5, que pasa de refilón por el convento. Ni en las 2 y 7, que pasan por la playa. La 6, como la 4, es fantasma, así que si algún día cogen cualquiera de las dos líneas santingüense y recen lo que sepan.
Pero me alejo de mi relato. Les decía que iba en el dos. Lleno de mujeres mayores con los carros de la plaza prestas a ir al ídem a comprar. Todas sentadas y hablando a voz en grito de los pormenores de no sé qué cuestión. Nadie parecía fijarse en la chica que se encontraba apoyada en la ventana central. Mirando ahora una casa, ahora Balbo, ahora el mar. Reconozco que yo si me había percatado de su presencia, y conmigo algunos jovenes que disfrutaban de su Hermosa presencia (sí Hermosa, con mayúscula) y todos nosotros pudimos observar como, al llegar a la altura del gran edificio blanco con tejado a cuatro aguas que preside la cuesta, se santiguó. Reconozcó que me sorprendió tal acto, pero no hice ni dije nada. Al menos no hasta que las señoras cambiaron su no sé qué, por el acto de santiguarse de la joven Hermosa.
-Pero shiquilla ¿qué hase? –explotó una señora entre risas- Que aún no hemo llegao donde er Medinaceli.
Y la Hermosa chica se volvió roja. Acalorada y avergonzada por haber sido pillada in fragati realizando tan reprochable acto piadoso.
-¿Pero tu lo ha visto bien? –siguió la señora con la risa ya extendendida por todo el autobús, desde el chófer hasta Abdel, el vendedor de Cds piratas que se sienta, como siempre, en el último asiento del dos –¿No ve’ que eso no e’ una iglesia? ¡que e’ el colegio de'el Campo de Su’!
Y, entoces sí, no pude más que saltar:
-Señora, cada uno le reza a lo cree y se santigua ante lo que teme. Y no hay nada a lo que más se debe temer que al colegio.
Pero me alejo de mi relato. Les decía que iba en el dos. Lleno de mujeres mayores con los carros de la plaza prestas a ir al ídem a comprar. Todas sentadas y hablando a voz en grito de los pormenores de no sé qué cuestión. Nadie parecía fijarse en la chica que se encontraba apoyada en la ventana central. Mirando ahora una casa, ahora Balbo, ahora el mar. Reconozco que yo si me había percatado de su presencia, y conmigo algunos jovenes que disfrutaban de su Hermosa presencia (sí Hermosa, con mayúscula) y todos nosotros pudimos observar como, al llegar a la altura del gran edificio blanco con tejado a cuatro aguas que preside la cuesta, se santiguó. Reconozcó que me sorprendió tal acto, pero no hice ni dije nada. Al menos no hasta que las señoras cambiaron su no sé qué, por el acto de santiguarse de la joven Hermosa.
-Pero shiquilla ¿qué hase? –explotó una señora entre risas- Que aún no hemo llegao donde er Medinaceli.
Y la Hermosa chica se volvió roja. Acalorada y avergonzada por haber sido pillada in fragati realizando tan reprochable acto piadoso.
-¿Pero tu lo ha visto bien? –siguió la señora con la risa ya extendendida por todo el autobús, desde el chófer hasta Abdel, el vendedor de Cds piratas que se sienta, como siempre, en el último asiento del dos –¿No ve’ que eso no e’ una iglesia? ¡que e’ el colegio de'el Campo de Su’!
Y, entoces sí, no pude más que saltar:
-Señora, cada uno le reza a lo cree y se santigua ante lo que teme. Y no hay nada a lo que más se debe temer que al colegio.
martes 12 de enero de 2010
La busqueda (XI)
Una semana después Jarque ya se encontraba en condiciones de caminar. Echevarri había descubierto la morada de Errante y los dos hombres caminaban tranquilos por la Colón, hasta detenerse en un lujoso portal de una calle lateral. Entraron en la vivienda pidiéndole al portero que le abriese y, para sorpresa de Jarque, este lo hizo.
-Tengo que preguntarte algo, Echevarri- Acaban de entrar en el amplio piso- ¿cómo has logrado dar con esto y cómo te has librado de la policía después de lo del hospital?
-Fue en acto de servicio.
-¿Acto de servicio?... Echevarri, estás jubilado.
-¿Seguro?, jajaja- las coletas del hombre bailaron sobre su espalda –digamos que no estoy jubilado del todo.
-¿Cómo?
-Estoy en un nivel superior.
-Sí eres dios, no jodas loco.
-No hombre –Echevarri estaba observando una amplia mesa de madera que había en el centro de la sala. La misma que se veía en la foto obtenida por Jarque -¿Sabes que es la Interpol?.... ¡Bienvenido al grupo!
Jarque lo miró de hito en hito, convencido de que Echevarri hablaba en serio. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, mientras el forense paseaba por la sala y le explicaba cómo habían llegado hasta allí. Estaba de servicio y había sido puesto al frente del caso del asesinato de la joven Vargas. Cuando en las oficinas de Lyon se enteraron de que Jarque había llegado hasta Errante decidieron colocar un perro de presa. Y el perro había sido Echevarri.
Jarque se levantó. Seguro de que el vasco no mentía y comenzó a registrar visualmente la habitación. Había sido limpiada completamente. No había nada. Sólo unos pocos muebles. Abrió los cajones uno a uno. Echevarri repetía la acción en otra habitación.
-Todo está limpio. De aquí no vamos a sacar nada.
-Mira en el baño- le dijo Echevarri a un desesperado Jarque.
-¡COÑO!, ven a ver esto... no lo vas a creer.
Jarque tenía en la mano un papel arrugado y mojado y estaba sonriente junto al váter.
-No me jodas, Jarque, ¿no lo habrás sacado de ahí?
-Sí.... pero mira bien. Es el recibo de la compra de un billete de avión. Ya sabemos donde está Errante. Y vamos a tener que viajar. Espero que eso de que estás en un nivel superior nos ayude en Praga, porque nuestro hombre va para allá.
Vargas sonrió cuando se enteró de que Jarque había vuelto a dar con Errante y no tardó nada en preparar el viaje a Praga. Él no iría, Jarque y Echvarri tenían el campo abierto para actuar libremente sin el aliento del salvadoreño a sus espaldas.
-Tengo que preguntarte algo, Echevarri- Acaban de entrar en el amplio piso- ¿cómo has logrado dar con esto y cómo te has librado de la policía después de lo del hospital?
-Fue en acto de servicio.
-¿Acto de servicio?... Echevarri, estás jubilado.
-¿Seguro?, jajaja- las coletas del hombre bailaron sobre su espalda –digamos que no estoy jubilado del todo.
-¿Cómo?
-Estoy en un nivel superior.
-Sí eres dios, no jodas loco.
-No hombre –Echevarri estaba observando una amplia mesa de madera que había en el centro de la sala. La misma que se veía en la foto obtenida por Jarque -¿Sabes que es la Interpol?.... ¡Bienvenido al grupo!
Jarque lo miró de hito en hito, convencido de que Echevarri hablaba en serio. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, mientras el forense paseaba por la sala y le explicaba cómo habían llegado hasta allí. Estaba de servicio y había sido puesto al frente del caso del asesinato de la joven Vargas. Cuando en las oficinas de Lyon se enteraron de que Jarque había llegado hasta Errante decidieron colocar un perro de presa. Y el perro había sido Echevarri.
Jarque se levantó. Seguro de que el vasco no mentía y comenzó a registrar visualmente la habitación. Había sido limpiada completamente. No había nada. Sólo unos pocos muebles. Abrió los cajones uno a uno. Echevarri repetía la acción en otra habitación.
-Todo está limpio. De aquí no vamos a sacar nada.
-Mira en el baño- le dijo Echevarri a un desesperado Jarque.
-¡COÑO!, ven a ver esto... no lo vas a creer.
Jarque tenía en la mano un papel arrugado y mojado y estaba sonriente junto al váter.
-No me jodas, Jarque, ¿no lo habrás sacado de ahí?
-Sí.... pero mira bien. Es el recibo de la compra de un billete de avión. Ya sabemos donde está Errante. Y vamos a tener que viajar. Espero que eso de que estás en un nivel superior nos ayude en Praga, porque nuestro hombre va para allá.
Vargas sonrió cuando se enteró de que Jarque había vuelto a dar con Errante y no tardó nada en preparar el viaje a Praga. Él no iría, Jarque y Echvarri tenían el campo abierto para actuar libremente sin el aliento del salvadoreño a sus espaldas.
lunes 11 de enero de 2010
El hombre inquieto
Mankell ha despedido a Wallander. En esta época de crisis y paro, Henning ha decidido que ha llegado el momento de jubilar al genial inspector sueco. Y lo hace dejando cerrada una posible vuelta que nos alegraría a los que sentimos tristeza por su adiós.Y en esta despedida del viejo policía de Ystad, más allá de la historia narrada –la desaparición de sus suegros- Mankell descubre las claves de su pensamiento político, que ya se había ido dejando entrever en otras obras del mismo protagonista. Sí hasta ahora Wallander había mostrado su miedo ante los cambios que se producían en la sociedad sueca, ante la llegada de inmigrantes del este, el aumento de la delincuencia y de la violencia en los delitos. Incluso se podría hablar de su anti-europeismo, escondido entre otros muchos pensamientos. Pero hasta ahora no había dado opiniones políticas.
En “El hombre inquieto” Mankell pone en boca de Wallender sus miedos e inquietudes sobre EEUU y el intervencionismo de la Unión Europea en Suecia. El miedo del poder que las decisiones de las dos grandes potencias puedan tener sobre la política de interna de su país. Sin dejar de lado la critica al sistema comunista, Mankell acusa a la sociedad occidental de mirar sólo al este cuando del miedo a un posible ataque se trate. Idea que ya se deja ver en otras obras suyas como el Chino.
Pero, además, Mankell muestra en su alter ego, el miedo a la muerte. Un miedo que ha ido apareciendo paulatinamente en sus obras y que tiene su punto culmen en “Zapatos Italianos”. El miedo a la enfermedad y la entereza necesaria para luchar contra ella. Por segunda vez desde “Zapatos” el protagonista de su novela va a recibir la inesperada visita de una mujer en las puertas de la muerte. Y por segunda vez esa mujer cambiará la perspectiva del protagonista frente a la vida. Una vida que camina por pasos naturales hasta la muerte.
Con “El hombre inquieto” desaparece Walllander, esperemos que las inquietudes de su autor continúen vivas en otras obras, tal vez con Linda de protagonista.
domingo 10 de enero de 2010
En pocas palabras
No hay que buscar respuestas a preguntas que no merecen ser respondidas. Ni buscar preguntas para respuestas que ya se conocen.
sábado 9 de enero de 2010
Uphir (IX)
-No alarguemos esto más de lo necesario, Magnus, ¿qué es lo que no sabes y quieres saber?
-Lo sé todo. Menos tu respuesta. Sobre mí hija. ¿Qué tienes que decir?
-Que daré mi vida por ella...
-Hay quien dice que le has dado algo más que tu vida.
-¿Quien?- Miguel notó como la rabia subía hasta sus mejillas. Notó el calor en el pecho mientras la ira iba cobrando más y más fuerza- ¿Quién es el cabrón te ha hablado de mí y qué ha dicho?
-Ha dicho que mi hija durmió en tu casa anoche. Qué te viste con ese canalla de Tkarmes para tratar su muerte, y sólo sé que mi hija esta noche no ha estado en casa, y esta mañana no ha aparecido por el colegio.
-¿Cómo?
La extrañeza de Miguel era absolutamente real. Desde su posición, en el centro de aquella sala que olía a muerte, sabía que Magnus observaba cada uno de sus gestos. Elevó la mirada hasta una pequeña ventana de cristales ahumados.
-Sí, Magnus, la chica ha dormido en mi casa. Después de hablar con Tkarmes y negarme a aceptar su trabajo, volví a casa y la encontré en la calle ¿hubieras preferido que la dejase allí, en mitad de la noche? Me has ordenado mantenerla con vida. A donde vaya o con quién no me incumbe.
El silencio pareció eternizarse en aquel oscuro lugar. Miguel se dio la vuelta, dando por terminada aquella situación. Si Magnus deseaba matarlo lo haría de todas formas, ¿para qué esperar más? Caminó tranquilo hasta que la voz resonó nuevamente en la sala.
-¿Esa es última respuesta? ¿Darme la espalda?
-¿Tengo otra opción? Ni siquiera has tenido la decencia de decirme quien me acusa.
Un hombre menudo, de ojos vivos y rápidos, entró por la puerta hacia la que se dirigía. Miguel lo observó y comprendió que había sido él quien había ido con la historia a Magnus. No se detuvo a pensar. Sacó su arma y disparó a bocajarro. El hombre cayó a sus pies. Mientras la sangre comenzaba a mancharle los zapatos, Miguel dirigió la mirada hacía la ventana.
-No creas nada de lo que te digan de mí, Magnus, sé que crees que soy un animal despiadado, que no tiene suficientes luces para hacer otra cosa que no sea matar. Y puede que así sea. La sangre y la muerte forman parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Pero no te confundas. Soy más que eso.
Avanzó hacia la puerta, pasando sobre el chivato y, con el pomo en la mano, justo antes de salir, volvió a hablar.
-Protegeré a Ariel con mi vida pues así lo hemos acordado. Tú cumple tu parte y págame, yo me encargaré de mantener con vida a tu hija. Pero mis métodos son los que son. Sí creo que la niña debe quedarse en mi casa en algún momento o cada noche, será decisión mía y tu no podrás hacer nada. ¿Ha quedado claro?
Abrió la puerta y salió a la calle con una sonrisa, sabía que el silencio de Magnus significaba que aceptaba las condiciones. Sacó el teléfono y envío un mensaje
“Esta noche dormirás en mi casa. Te recojo”
-Lo sé todo. Menos tu respuesta. Sobre mí hija. ¿Qué tienes que decir?
-Que daré mi vida por ella...
-Hay quien dice que le has dado algo más que tu vida.
-¿Quien?- Miguel notó como la rabia subía hasta sus mejillas. Notó el calor en el pecho mientras la ira iba cobrando más y más fuerza- ¿Quién es el cabrón te ha hablado de mí y qué ha dicho?
-Ha dicho que mi hija durmió en tu casa anoche. Qué te viste con ese canalla de Tkarmes para tratar su muerte, y sólo sé que mi hija esta noche no ha estado en casa, y esta mañana no ha aparecido por el colegio.
-¿Cómo?
La extrañeza de Miguel era absolutamente real. Desde su posición, en el centro de aquella sala que olía a muerte, sabía que Magnus observaba cada uno de sus gestos. Elevó la mirada hasta una pequeña ventana de cristales ahumados.
-Sí, Magnus, la chica ha dormido en mi casa. Después de hablar con Tkarmes y negarme a aceptar su trabajo, volví a casa y la encontré en la calle ¿hubieras preferido que la dejase allí, en mitad de la noche? Me has ordenado mantenerla con vida. A donde vaya o con quién no me incumbe.
El silencio pareció eternizarse en aquel oscuro lugar. Miguel se dio la vuelta, dando por terminada aquella situación. Si Magnus deseaba matarlo lo haría de todas formas, ¿para qué esperar más? Caminó tranquilo hasta que la voz resonó nuevamente en la sala.
-¿Esa es última respuesta? ¿Darme la espalda?
-¿Tengo otra opción? Ni siquiera has tenido la decencia de decirme quien me acusa.
Un hombre menudo, de ojos vivos y rápidos, entró por la puerta hacia la que se dirigía. Miguel lo observó y comprendió que había sido él quien había ido con la historia a Magnus. No se detuvo a pensar. Sacó su arma y disparó a bocajarro. El hombre cayó a sus pies. Mientras la sangre comenzaba a mancharle los zapatos, Miguel dirigió la mirada hacía la ventana.
-No creas nada de lo que te digan de mí, Magnus, sé que crees que soy un animal despiadado, que no tiene suficientes luces para hacer otra cosa que no sea matar. Y puede que así sea. La sangre y la muerte forman parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Pero no te confundas. Soy más que eso.
Avanzó hacia la puerta, pasando sobre el chivato y, con el pomo en la mano, justo antes de salir, volvió a hablar.
-Protegeré a Ariel con mi vida pues así lo hemos acordado. Tú cumple tu parte y págame, yo me encargaré de mantener con vida a tu hija. Pero mis métodos son los que son. Sí creo que la niña debe quedarse en mi casa en algún momento o cada noche, será decisión mía y tu no podrás hacer nada. ¿Ha quedado claro?
Abrió la puerta y salió a la calle con una sonrisa, sabía que el silencio de Magnus significaba que aceptaba las condiciones. Sacó el teléfono y envío un mensaje
“Esta noche dormirás en mi casa. Te recojo”
viernes 8 de enero de 2010
El Cascanueces
El otro día acudí a Jerez a ver el ballet el Cascanueces que está girando por España el Ballet Estatal Ruso de Rostov y, más allá de la grata impresión que me dejó el espectáculo pese a la música “enlatada” y un escenario que, en no pocas ocasiones se quedaba pequeño para la coreografía, salí del teatro con una insana envidia.Envidia porque tenía que acudir a Jerez a ver un espectáculo de ballet ante la imposibilidad de hacerlo en Cádiz (habrá quien me diga que no hace mucho se representó el Lago de Cisnes en el Falla, pero resultó imposible conseguir entradas). Lo mismo ocurre con la opera, que pasa casi desapercibida en la cápital y no en la vecina ciudad. Y todo porque en esta santa tierra la cultura se confunde con el Carnaval, y durante más de un mes –mes, por cierto, en el que las compañías teatrales están más activas- el Falla queda cerrado para el concurso de agrupaciones. Y comprendo que eso dé pingües beneficios, pero una ciudad como Cádiz tiene el deber moral de dar otras opciones a aquellos que preferimos Mozart al Tío de la Tiza.
Pero envidia por algo más. Por ver el teatro lleno de niños que asisten silenciosos y atentos la espectáculo. Niños, alguno de no más de cinco años, que esperan con los ojos abiertos la salida de los bailarines, que aplauden entusiasmados cuando el ballet saluda al público. Que comentan los pasos en los descansos entre actos. Niños que disfrutan de un tipo de cultura muy alejado de los canones tradicionales. Pero niños al fin y al cabo, como se demostraba en algunas de las frases escuchadas entre el grupo de chicas que se sentaba en la fila de atrás:
-Está muy bien-dijo una de ellas – pero el primer acto se comprende mucho mejor en Barbie y el Cascanueces.
Sólo espero que, algún día, también el Falla se llene de comentarios como ese. Pues será motivo de alegría para la ciudad que exista, también, cantera para algo más que un caranval que nos atenza culturalmente y no nos deja respirar otros aires.
jueves 7 de enero de 2010
La Bella Escondida
La Bella Escondida es uno de esos enclaves que podría cargarse de misterio y leyendas. Una torre mirador escondida de la mirada de curiosos bien pudo haber sido la barroca cárcel de alguna hermosa joven, encerrada por un padre celoso del hombre que la amase. Pero, a veces, la realidad es tan profundamente distinta que se hace hermosa por verdad.Y la realidad es que la torre, levantada en el s. XVIII, nace del amor de un padre hacia su hija. Una hija que había entrado en clausura en un convento cercano, y para quién iba dirigida la torre. Más allá de otear horizontes cargados de vela, la torre era un signo de la firmeza y voluntad de la joven novicia. Cuenta la historia que el padre ordenó levantar una torro hermosa y robusta, que recordase a su hija la fortaleza necesaria para mantener los votos a los que se comprometía: castidad, pobre, obediencia. Pero, sobre todo, para que recordase el amor de su padre.
Y para que la torre se viese desde el claustro del vecino convento, mandó construirla en un extremo de la azotea, invisible para el mundo terrenal y visible sólo desde el cielo. Elevándose orgullosa en su belleza sobre Cádiz.
miércoles 6 de enero de 2010
Día de Reyes
Hoy es el día de la felicidad. Al menos en estas tierras. Y es que hoy es el día donde los deseos de felicidad se transforman en realidad en los ojos de niños y no tan niños. Recuerdo con cariño especial las noches del día 5 en el chalet, cuando sentados entorno a la chimenea mis hermanos me preguntaban que había pedido y que creía que me iban a traer. Las mayores, tal vez, viendo en mi ilusión la que ellos ya habían descubierto falsa, eran las más insistentes. Recuerdo correr a la cama y dormir escondido bajo las mantas, escuchando el ruido de los camellos y los reyes en el salón de la casa. Sin atreverme a salir porque “si les ves se van y no vuelven”. Levantarme de la cama cuando las primeras luces se filtraban por las persianas de madera y correr despertando a mis hermanos, y a mis padres que siempre se hacían los remolones.Buscar con ansias las cajas de regalos amontonadas en la butaca de papá, donde siempre ponían los míos. Y descubrir lo que aquel año me habían traído esos reyes tan cercanos que miraban soñolientos desde la puerta del salón: el tren eléctrico, el barco pirata, la caravana, el Hotel -¡cuantas horas no pasaría jugando con mis hermanos, con el juego sobre la mesilla de noche del cuarto!- y libros. Decenas de libros que siempre han formado parte de mis regalos.
Pero la ilusión se perdió y, este año, por muchos motivos, mi lista está vacía. No espero que sus majestades me traigan nada ni deseo nada. El único capricho que tengo me lo regalaré yo, y vendrá de lejanas tierras en su funda dentro de un par de meses, cuando el stock se recupere o el armero tenga a bien fabricarla. Mientras me conformo con ver la ilusión en los ojos de mis sobrinos, sabiendo que con ellos mis Navidades siguen vivas y que no puedo tener mejor regalo que escuchar sus gritos de alegría y asombro.
Felices Reyes
martes 5 de enero de 2010
La búsqueda (X)
Jarque miró a Echevarri con sorpresa.
-¿Puedes repetir lo que has dicho?
-Que la venganza nunca es una victoria.
-¡Claro!.
-¿Qué está claro?
-¿Tu que harías si quisieras vengarte de tu peor enemigo y supieras que tiene una hija?
-Tirarmela.
-O matarla.
-No creo que la matase pudiendo tirarmela, no sabes como está la hija de Gómez, es como Gabrielle.
-¿Cómo quién?
-La amiga de Xena…
-¡Echevarri, por Dios! Pero creo que entiendes lo que digo. Tal vez detrás de todo lo que haya sean ansias de venganza hacia Vargas.
-Podría ser, pero entonces que pinta el Errante en todo esto.
Jarque se levantó de la mesa y caminó hasta el ordenador. Rebuscó entre sus papeles durante un rato, con Echevarri mirandolo tranquilo desde el sillón, sorbiendo el wisky y deleitandose con su sabor. Cuando, por fin, Jarque se volvió para mirarlo no pudo más que pensar que los años pasaban factura al viejo forense de lengua mordar e inteligentes comentarios. Allí sentado, mirando por la ventana, con sus trenzas y su camisa de Zipi y Zape bien parecía un colegial enorme preparado para hacer alguna travesura. Tengo de compañero a un Jaimito adulto. Pero este Jaimito me ha salvado la vida dos veces se recordó así mismo Jarque.
Se sentó en el sofá y dejó caer los papeles que había recopilado sobre el Errante, para su sorpresa Echevarri hizo lo mismo, sacando una pequeña carpeta azul de cartón donde había escrito en rojo “Falso sanador”. Extrajó lentamente la documentación y Jarque no pudo más que detenerlo al ver el pasaporte de Errante. Lo observó con detenimiento.
-Es salvadoreño y se apellida Vargas.
-Así es, pero hay más –dijo señalando un segundo papel –es huerfano y se crío en un horfanato de la cápital. En algún momento entre los 3 y los 6 años fue adoptado por una familia que marchó a Estados Unidos.
Jarque lo miró y comprendió que Echevarri no quería que hablase del papel que releía una y otra vez.
-Y, supongo, entrarían en los Estados Unidos como inmigrantes ilegales.
-No, no. Si te fijas en ese viejo pasaporte verás que Errante salé del país de forma legal. Su nuevo padre tenía permiso de residencia. Parece que era un importante psicologo en un hospital de Chicago.
Jarque afirmó con la cabeza, mientras mantenía los ojos pegados a la partida de bautismo que Echevarri le había pasado: Errante era hijo de Vargas.
-¿Puedes repetir lo que has dicho?
-Que la venganza nunca es una victoria.
-¡Claro!.
-¿Qué está claro?
-¿Tu que harías si quisieras vengarte de tu peor enemigo y supieras que tiene una hija?
-Tirarmela.
-O matarla.
-No creo que la matase pudiendo tirarmela, no sabes como está la hija de Gómez, es como Gabrielle.
-¿Cómo quién?
-La amiga de Xena…
-¡Echevarri, por Dios! Pero creo que entiendes lo que digo. Tal vez detrás de todo lo que haya sean ansias de venganza hacia Vargas.
-Podría ser, pero entonces que pinta el Errante en todo esto.
Jarque se levantó de la mesa y caminó hasta el ordenador. Rebuscó entre sus papeles durante un rato, con Echevarri mirandolo tranquilo desde el sillón, sorbiendo el wisky y deleitandose con su sabor. Cuando, por fin, Jarque se volvió para mirarlo no pudo más que pensar que los años pasaban factura al viejo forense de lengua mordar e inteligentes comentarios. Allí sentado, mirando por la ventana, con sus trenzas y su camisa de Zipi y Zape bien parecía un colegial enorme preparado para hacer alguna travesura. Tengo de compañero a un Jaimito adulto. Pero este Jaimito me ha salvado la vida dos veces se recordó así mismo Jarque.
Se sentó en el sofá y dejó caer los papeles que había recopilado sobre el Errante, para su sorpresa Echevarri hizo lo mismo, sacando una pequeña carpeta azul de cartón donde había escrito en rojo “Falso sanador”. Extrajó lentamente la documentación y Jarque no pudo más que detenerlo al ver el pasaporte de Errante. Lo observó con detenimiento.
-Es salvadoreño y se apellida Vargas.
-Así es, pero hay más –dijo señalando un segundo papel –es huerfano y se crío en un horfanato de la cápital. En algún momento entre los 3 y los 6 años fue adoptado por una familia que marchó a Estados Unidos.
Jarque lo miró y comprendió que Echevarri no quería que hablase del papel que releía una y otra vez.
-Y, supongo, entrarían en los Estados Unidos como inmigrantes ilegales.
-No, no. Si te fijas en ese viejo pasaporte verás que Errante salé del país de forma legal. Su nuevo padre tenía permiso de residencia. Parece que era un importante psicologo en un hospital de Chicago.
Jarque afirmó con la cabeza, mientras mantenía los ojos pegados a la partida de bautismo que Echevarri le había pasado: Errante era hijo de Vargas.
lunes 4 de enero de 2010
Footloose & Billy Elliot
Sé que lo que les voy a decir ahora puede resultarles raro. Pero el otro día, viendo Footloose no pude más que recordar a Billy Elliot. Saltando distancias generacionales y temporales ambas películas reflejan un mismo sentido: la llegada de la libertad a través del baile.Si bien Footloose nace de una premisa distinta : la llegada de un joven de ciudad a un pueblo constreñido por las normas morales de un reverendo dolido por la muerte de su hijo, donde la religión copa la justicia reconvertida en una Inquisición moderna que quema libros en papeleras. Desde ahí todo comienza a parecerse. El joven que baila que es acusado de “marica” por algunos chicos del pueblo, igual que el padre de Billy se niega al baile de su hijo por no ser de hombres. La búsqueda del baile como una forma de huir de la opresión social (Ren McCormack, de ese encorsetamiento religioso, Billy de la pobreza y la opresión policial en Irlanda); el cambio que poco a poco se produce entre los “opositores” al baile hasta ver su belleza e importancia; el tesón de ambos protagonistas por conseguir su propósito; y, finalmente, el triunfo del baile como vía de escape y como sinónimo de una cultura que trae libertad.
Y, junto a todo esto, una escena que nos lleva de una película a otra: el primer baile de Ren en la nave industrial, con la música sonando en el viejo casete del escarabajo amarillo, cargado de rabia e impotencia ante la cerrazón del pueblo. Y el baile de Billy, cargado de esa misma rabia e impotencia, por las calles irlandesas.
domingo 3 de enero de 2010
De novelas caballerescas y olvidos
El otro día una amiga colocó en su tuenti algo así como estaba en pensamiento conventual, e inmediatamente vino a mi mente y mis dedos un “Mira que como te metas en un convento de clausura yo me hago cura, sólo para poder ver el brillo de tus ojos sin tener que saltar los muros”, que así, suelto, queda como un hermoso piropo y hasta declaración de amor. Pero que en mi mente perversa lleva varios días dando vueltas, intentando descubrir dónde se desarrolla el origen de la misma. Les cuento. Cuando aún era un crío mi abuelo me metió el gusanillo por las novelas de vaqueros y de capa y espada. Aquellos caballeros franceses con sus aires románticos y aventureros llenaron mis tardes infantiles y juveniles y en una de aquellas muchas novelillas -con la pasta blanda, blanca y llena de manchas- compradas en baratillo, se producía la escena que me vino a la memoria.La dama –en estas novelas siempre hay una dama- anuncia a su enamorado la intención de entrar en convento y él, y esto si lo recuerdo completo, le espetó algo parecido a un:
“Sí vos tenéis a bien entrar en clausura, saltaré los muros del convento. Y sí los muros fuesen tan altos que no encontrase escala que permitiese superarlos, os juro, mi amada señora, que tomaré hábitos y seré fiel a Dios Nuestro Señor para buscar el brillo de vuestros ojos. Pues sin él no habrá dama que logre recuperar mi alma"
Pero no recuerdo el nombre de aquella novela. Me temo que mi mente, corrompida por tantas horas y horas de lectura, recupera párrafos que forman parte de mi historia, pero no me da los nombres de aquellos que las crearon. Así que hoy, esperando con ansias que realmente exista tal pasaje y no haya nacido sin previo aviso de mi propio yo, pido ayuda: si alguien lo recuerda, que tenga a bien refrescar mi memoria.
Lo que si puedo decirles es que el pasaje no aparece descrito en "El caballero de Lagarderè". Por el bien de mi cabeza: ¡ayudenme!
sábado 2 de enero de 2010
Uphir (VIII)
Olfateó el pelo de Ariel, que dormía apaciblemente abrazada a su pecho. Se reprochó haber caído nuevamente en los brazos de la chica. Cuando estaba junto a ella se sentía vivo. Sentía algo que jamás había sentido. El corazón le latía a un ritmo diferente y se sentía indestructible. Allí, entre sus brazos, parecía que todos los males quedaban ocultos en la alegría. Pero su razón le decía que cometía un terrible error que le condenaría para siempre. No temía al infierno, sabía que tras la muerte no cabía más posibilidad que la condena. Dios no perdonaría sus males, pues él mismo no era capaz de perdonarse.
Se levantó y fue hasta el baño mientras ella protestaba en la cama y se abrazaba a la almohada. Observó su desnudez perfecta y juvenil antes de entrar en la ducha. Dejó que el agua corriera por su pelo y su cuerpo, lamentándose por la locura cometida. Su razón le decía que debía echarla de su casa. Que no debía haberla dejado entrar en su cuarto. Que no debió abrazarla ni consolarla. Y sin embargo, también sabía que de haberla expulsado de su casa jamás se lo hubiera perdonado. Salió de la ducha y la despertó suavemente.
-Ariel, mi vida- las palabras salieron de su boca casi sin querer- debes levantarte. Tu padre se estará preguntando dónde estás. Y, desde luego, no podemos aparecer juntos por la casa.
-Le dije que dormiría en casa de una amiga. Y que desde allí iría al colegio. Se supone que tú deberías estar allí esperándome a la salida de clase.
-Tan sólo estaré allí si tu padre me lo ordena. Ya lo sabes. No soy ningún guardaespaldas.
-Esta noche me las guardado sin quejarte...
Se elevó para besarle y él le dejo hacer. Le acarició el pelo y la separó suavemente.
-Debes irte ya.
Se puso la chaqueta y recogió el arma del mueble de la entrada. Se acercó de nuevo hasta la puerta de la habitación, colocándose bien el nudo de su eterna corbata negra. La observó vestirse con una falda negra tableada y una camisa blanca. Observó el escudo en el chaleco: dos osos enfrentados. No pudo resistirse al verla con el uniforme. Se dio la vuelta y salió del apartamento camino de la casa de Magnus. Debía informarle de lo ocurrido la noche antes. Pensó en Ariel y se recriminó su falta de fortaleza. Sabía que la relación con la chica era imposible, hasta inmoral. Incluso para él. Pero también sabía que no tenía salvación posible. Por primera vez en su vida comprendía que era estar enamorado. Él, que desde hacía 15 años huía por Europa. Y desde entonces había estado con muchas mujeres y ninguna le hacía sentir lo que Ariel. Comprendía que no tenía sentido seguir luchando contra sus sentimientos, pero también se intentaba convencer de que debía hacerlo. Por él, por ella y por todos. Los perros de Magnus olfateaban cada rincón de la ciudad y, tarde o temprano, alguien los vería. O la vería entrar en su casa. Debía acabar con ello, pero no tenía el valor suficiente para perder lo que había encontrado en los verdes ojos de la chica.
Antes de llegar a la casa, recibió una llamada de Magnus.
-Me han contado lo de anoche. Creo que debemos hablar.
-Voy para tu casa. En cinco minutos estoy allí.
-No, Uphir, hablaremos en la calle Mangerter
Miguel cortó el teléfono sabiendo que algo había ocurrido. Tal vez su temor de que Magnus descubriera lo que estaba pasando entre Ariel y él había ocurrido demasiado pronto. Conocía la nave de la calle Mangerter lo suficiente para saber que nada de lo que ocurría dentro se oía en el exterior y que ninguno de los vecinos veía jamás lo que salía o entraba de ella. Él mismo había torturado a muchos hombres allí dentro. Y ningún grito había llegado jamás a la calle.
Entró en la calle con las manos en los bolsillos, esperando ver el mercedes de Magnus aparcado junto al bar de la esquina 22. Pero no estaba. Se acercó a la puerta de la nave y la empujó suavemente para entrar. No sacó su arma. Sí le estaban esperando dentro sería inútil defenderse.
-Comienza a hablar.
La voz de Magnus resonó en la sala vacía. Miguel miró al suelo, buscando entre las piedras las manchas de sangre de tantos hombres muertos antes en aquel mismo suelo. Y, como casi siempre, algunos fantasmas volvieron a sus ojos. Y sonrió sabiendo que aquella misma mañana podría unirse a ellos.
Se levantó y fue hasta el baño mientras ella protestaba en la cama y se abrazaba a la almohada. Observó su desnudez perfecta y juvenil antes de entrar en la ducha. Dejó que el agua corriera por su pelo y su cuerpo, lamentándose por la locura cometida. Su razón le decía que debía echarla de su casa. Que no debía haberla dejado entrar en su cuarto. Que no debió abrazarla ni consolarla. Y sin embargo, también sabía que de haberla expulsado de su casa jamás se lo hubiera perdonado. Salió de la ducha y la despertó suavemente.
-Ariel, mi vida- las palabras salieron de su boca casi sin querer- debes levantarte. Tu padre se estará preguntando dónde estás. Y, desde luego, no podemos aparecer juntos por la casa.
-Le dije que dormiría en casa de una amiga. Y que desde allí iría al colegio. Se supone que tú deberías estar allí esperándome a la salida de clase.
-Tan sólo estaré allí si tu padre me lo ordena. Ya lo sabes. No soy ningún guardaespaldas.
-Esta noche me las guardado sin quejarte...
Se elevó para besarle y él le dejo hacer. Le acarició el pelo y la separó suavemente.
-Debes irte ya.
Se puso la chaqueta y recogió el arma del mueble de la entrada. Se acercó de nuevo hasta la puerta de la habitación, colocándose bien el nudo de su eterna corbata negra. La observó vestirse con una falda negra tableada y una camisa blanca. Observó el escudo en el chaleco: dos osos enfrentados. No pudo resistirse al verla con el uniforme. Se dio la vuelta y salió del apartamento camino de la casa de Magnus. Debía informarle de lo ocurrido la noche antes. Pensó en Ariel y se recriminó su falta de fortaleza. Sabía que la relación con la chica era imposible, hasta inmoral. Incluso para él. Pero también sabía que no tenía salvación posible. Por primera vez en su vida comprendía que era estar enamorado. Él, que desde hacía 15 años huía por Europa. Y desde entonces había estado con muchas mujeres y ninguna le hacía sentir lo que Ariel. Comprendía que no tenía sentido seguir luchando contra sus sentimientos, pero también se intentaba convencer de que debía hacerlo. Por él, por ella y por todos. Los perros de Magnus olfateaban cada rincón de la ciudad y, tarde o temprano, alguien los vería. O la vería entrar en su casa. Debía acabar con ello, pero no tenía el valor suficiente para perder lo que había encontrado en los verdes ojos de la chica.
Antes de llegar a la casa, recibió una llamada de Magnus.
-Me han contado lo de anoche. Creo que debemos hablar.
-Voy para tu casa. En cinco minutos estoy allí.
-No, Uphir, hablaremos en la calle Mangerter
Miguel cortó el teléfono sabiendo que algo había ocurrido. Tal vez su temor de que Magnus descubriera lo que estaba pasando entre Ariel y él había ocurrido demasiado pronto. Conocía la nave de la calle Mangerter lo suficiente para saber que nada de lo que ocurría dentro se oía en el exterior y que ninguno de los vecinos veía jamás lo que salía o entraba de ella. Él mismo había torturado a muchos hombres allí dentro. Y ningún grito había llegado jamás a la calle.
Entró en la calle con las manos en los bolsillos, esperando ver el mercedes de Magnus aparcado junto al bar de la esquina 22. Pero no estaba. Se acercó a la puerta de la nave y la empujó suavemente para entrar. No sacó su arma. Sí le estaban esperando dentro sería inútil defenderse.
-Comienza a hablar.
La voz de Magnus resonó en la sala vacía. Miguel miró al suelo, buscando entre las piedras las manchas de sangre de tantos hombres muertos antes en aquel mismo suelo. Y, como casi siempre, algunos fantasmas volvieron a sus ojos. Y sonrió sabiendo que aquella misma mañana podría unirse a ellos.
viernes 1 de enero de 2010
Día 1.
Hoy, 1 de enero de 2010 debería felicitarles por el año nuevo. No lo haré. Igual que no felicito la Navidad a quién no cree en Jesucristo como Dios, no felicitaré un cambio de año que nace de la necesidad humana de unificar la existencia. De encasillar cada cosa para facilitar el adoctrinamiento y aculturamiento social y que poco tiene que ver con la verdadera Historia de la humanidad.
Y recuerden: hoy como ayer, el mundo sigue lleno de guerras y muertes. De hambre y penumbra, de muertes innecesarias y nobeles preventivos. De sequía y catástrofes naturales. De paro y crisis económicas, de secuestros y torturas, de Guantanamos y Eta. Y de la indiferencia de muchos ante los graves problemas que amenazan al mundo. Mientras nosotros nos atiborramos de uvas y llenamos los centros comerciales, otros se llenan de moscas.
Pero sean felices: nunca se sabe cuando la Historia dictará sentencia y transmute el norte en sur.
Y recuerden: hoy como ayer, el mundo sigue lleno de guerras y muertes. De hambre y penumbra, de muertes innecesarias y nobeles preventivos. De sequía y catástrofes naturales. De paro y crisis económicas, de secuestros y torturas, de Guantanamos y Eta. Y de la indiferencia de muchos ante los graves problemas que amenazan al mundo. Mientras nosotros nos atiborramos de uvas y llenamos los centros comerciales, otros se llenan de moscas.
Pero sean felices: nunca se sabe cuando la Historia dictará sentencia y transmute el norte en sur.
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