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Jane & William

-No. No. Padre decidme que no es verdad- Jane estaba apesadumbrada, las lágrimas corrían por sus mejillas y los ojos enrojecidos no se separaban de los de su padre -¡William no ha podido! No podría. ¿Cómo podría? ¡Era su padre!

El reverendo había vuelto hacia menos de una hora y desde entonces había intentado convencer a su hija de la culpabilidad del joven aristócrata, pero no lo había logrado. Y las lágrimas de la joven comenzaban a ablandar su corazón. North tan solo tenía una debilidad: su hija Jane. Siempre había intentado protegerla y culpando a William de la muerte de su padre también lo hacía. Debía alejarlo de ella. No importaba que Jane pareciera estar enamorada del joven. No le convenía. No podía ser. Nunca podrían estar juntos.

-Padre -le dijo -¿Estáis seguro de lo que me decís?
-Lo estoy.
-¿Qué le pasará?
-Le juzgarán y, llegado el caso, le condenarán.
-Padre... decidme que no.
-Podría ser. Todo depende de la justicia pero a los ojos de Dios ya está condenado.
-Es imposible... ¿por qué lo haría? ¿por qué?
-Porque su padre le amenazó con enviarlo lejos, a América, si volvía a tocarte.
-¡He sido yo!
-No, hija mía, tu no eres culpable de nada.
-Le deseo y no supe esconderlo... yo le he empujado a hacerlo.
-¡NO!- gritó el reverendo- Jamás digas eso.
-¿Qué sentido tendrá mi vida sin él? Le amo, padre.
-No digas eso- el tono de voz del pastor se redujo a un susurro- no puedes amarle.

La joven se derrumbó. Las lágrimas empaparon su rostro y sus ropas. Los sollozos interrumpían su propio llanto. Desconsolada. Pérdida en remordimientos ajenos. Su alma hecha jirones escapaba en cada susurro de culpabilidad para golpear el rostro cansado de su padre. Las lágrimas de su hija le apuñalaban el corazón.

-¿Qué he hecho?- musitó protegiendo entre sus brazos el cuerpo tembloroso de su hija -¿En qué me he convertido?

Abrazado a su hija, fundió sus lágrimas con la de ella. Unió su pesar al de ella. Unió su dolor al de ella. Y con ella abrió su alma a la respuesta que buscaba. No deseaba que su hija acabará en brazos de William, era él quién debía acunarla en la tristeza, pero no podía condenarse eternamente por la pena que cayese sobre el joven.

Esperó a que Jane se durmiese y partió en busca de William

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