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El inicio

El silencio embargaba a los presentes. Las noticias venidas de Flandes no eran halagüeñas. Los ejércitos de Juan se había topado con resistencia y el hermano del rey no había logrado su objetivo. Los hombres asentían preocupados a las explicaciones del mensajero. Don Felipe se mantenía impasible, de pie, en un extremo del amplio salón de audiencias, con la mirada perdida en la inmensa sierra que se elevaba imponente ante él.

-Rezaremos por él- fueron las escuetas palabras con las que el monarca dio por cerrada la reunión.

Los capitanes se miraron unos a otros. Todos conocían el amor que unía al rey con su hermano y todos sabían del dolor que esta perdida supondría para el monarca. Un joven paje salió a la carrera a la vez que don Felipe descendía camino de la iglesia. Miguel corrió como alma que lleva el diablo en dirección a la pequeña cámara que compartía con su hermana.

-¡María, María!- el corazón parecía querer salirsele del pecho mientras se abalanzaba sobre la joven-. ¡Es don Juan! No saben dónde está. No saben que ha pasado con él. Acaba de llegar un mensajero desde Flandes. ¿Que haremos nosotros, María?

La joven reprimió el llanto, mostrándose firme ante su hermano. No deseaba que le viera llorar. No de nuevo. Había llorado mucho ya, demasiado, desde el mismo instante en que vio la luz del mundo su vida se había convertido en un tortuoso valle de lágrimas. Y Miguel había sido su apoyo en demasiadas ocasiones. Aún no había cumplido los trece, su hermana, no llegaba a los dieciocho. La miró, acariciando su negro pelo, que enmarcaba un rostro blanquecino, siempre triste pero hermoso, hasta para él. “No llores” quiso decirle, pero no lo hizo. Sabía que su hermana intentaría mostrarse fuerte. Sabía que don Juan significaba demasiado para la joven. Algo ocurrido tres años atrás había cambiado su vida para siempre.

Guardaba vagos recuerdos de aquello. Recordaba los gritos de su padre que, como siempre desde que madre murió, estaba borracho. Le pegaba. A los dos, pero sobre todo a ella. Era una carga, una mujer sin posibilidad de ajuar, una niña delgaducha sin forma de mujer, había dicho muchas veces. Una mula que trabajaría pero que, cualquier día, podría quedarse preñada trayendo otra boca que alimentar. Aquella noche algo pasó. Miguel era incapaz de recordarlo, y María jamás se lo había dicho. Cuando preguntaba, ella simplemente callaba y se alejaba y, si insistía, la ira enrojecía sus mejillas hasta el punto que Miguel aprendió a no preguntar. Recordaba el frío de aquellos días, durmiendo en callejas sucias, rodeados de perros, excrementos y orines. Siendo expulsados de casi cualquier lugar. Recordaba a su hermana llorar entre sollozos creyendo que dormía. La recordaba llorar cuando, ofreciéndose a los hombres estos la rechazaban entre risas.

Pero todo cambió de pronto. Cuando la esperanza les había abandonado. Hastiados de la calle, el frío y el hambre, habían emprendido camino fuera de la villa, esperando encontrar en el campo lo que la ciudad le negaba. Y allí, en caminos embarrados por la lluvia, toparon con su salvador. Un hombre joven, apuesto, no mucho mayor que su hermana pero si algo más. Los hombres, mayores que él, engalanados con joyas y medallas, le trataban con reverencial respeto. María se había derrumbado en un charco del camino y Miguel esperaba junto al cuerpo agotado de su hermana. El hombre se detuvo y desmontó. Caminó hasta los dos niños mientras uno de los capitanes le pedía que no lo hiciera. Limpió el rostro sucio de la joven. No dijo palabra. La recogió y la llevó a una pequeña litera, depositándola con cuidado. Desde entonces, tres años ya, D. Juan, el hermano menor del rey D. Felipe II se había convertido en su protector. Miguel estudiaba con los monjes de El Escorial y María había comenzado a trabajar en las cocinas del enorme palacio. Pero, todos los sabía, cada noche que el joven infante de las Españas visitaba a su hermano, pasaba horas con la joven doncella que ahora lloraba la pérdida de su amado y protector.

Y algo en su interior le hizo tomar la decisión más descabellada de su vida.

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