William & Jane

William se quedó parado frente al reverendo North. El padre de Jane empuñaba tembloroso el revólver. La ira encendía sus mejillas, encendiendo el rostro. Fue sir Walter quién tomó la palabra:

-¿Qué vas a ganar matándolo, Jonny?- hacía años que lord Walter no llamaba así a su viejo amigo- Lo único que conseguirías sería crearte más problemas.
-Ha mancillado a mi hija, ¿Qué harías tu en mi lugar?
-Te prometo que le castigaré, llegado el caso, pero no puedo dejar que lo mates.
-Si no me permite acercarme a Jane ya me habrá matado, padre –intervino William acercándose al reverendo- así que será mejor que el reverendo apriete el gatillo ahora.
-¡No, William!,- gritó el viejo viendo signos de locura en los ojos de su hijo.

Desde la guerra, el joven William no era el mismo, aplacado por el dolor, los brotes violentos parecían haber desaparecido del joven. El impetuoso William de otros tiempos se había aplacado soñando con la muerte. Pero la visión de Jane había recuperado su altanería, su creencia de estar por encima del bien y del mal, de la vida y la muerte.

-¡Aprieta el gatillo, viejo!- el joven estaba pegado al reverendo- ¡Hazlo! Porque si la única opción que me queda de estar con ella es matarte, lo haré. No dudare en matarte. Ya lo he hecho antes. Lo volveré a hacer.

El reverendo dio un paso atrás. No era un asesino. Y la ira fue dejando paso al miedo. Al miedo al joven William, a su ímpetu, a su locura. Walter se posicionó junto a su viejo amigo. Era su hijo el que estaba a punto de cometer una locura, pero no podía dejar que la sangre se derramase su casa. Y sabía que era más sencillo que el miedo provocase un trágico final, a que fuese la ira.

-Detente William. Te prohíbo que sigas avanzando y te prohíbo que te acerques a su hija.
-No tienes poder sobre mí, padre. Ya sé todo lo que debo saber. Cómo tú no eres feliz desde la muerte de madre no quieres que yo lo sea. Mi alegría te duele más que mi dolor.

El viejo lord, dio un paso al frente y abofeteó a William. El joven, impulsado por la ira, le golpeó. Le lanzó sobre Walter, que se mantenía expectante empuñando su arma. 

El tiro retumbó en la sala, mientras el suelo, entre los tres hombres, se llenaba de sangre y los gritos se extendían por la casa.

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