El drama invisible: la muerte en el Estrecho

Este fin de semana una nueva patera ha llegado a nuestras costas. Algo que, desgraciadamente, viene siendo común desde hace un tiempo. Tanto que ya casi no es noticia y que, cuando lo es, pasa desapercibida sobre otras muchas. Y, sin embargo, es la peor noticia de todas. No por el hecho de la llegada de migrantes, como desde algunos sectores se pretende hacer creer, ya que esta tierra siempre ha sido un conglomerado de culturas que ha enriquecido nuestros modos de vida y nuestra sociedad. Sino que es la peor noticia de todas porque tras cada inmigrante que logra cruzar el Estrecho, otros muchos se quedan atrás. Y, aún los que logran llegar, dejan tras de sí su vida y sus familias esperando un paraíso que no es tal.

Un drama humano y familiar que nace de las desigualdades sociales entre el norte y el sur, pero que hunde sus raíces en la explotación de los recursos del sur por parte del norte. África ha sido vista por los gobiernos “occidentales” como campo de experimentación. Desde la creación de los actuales estados -nacidos de una colonización feroz y creados con escuadra y cartabón, que han provocado un sinfín de guerras entre las diferentes etnias, con la consiguiente pérdida de vidas humanas-, hasta la experimentación política, con las ayudas a diferentes regímenes que servían a los intereses de las grandes potencias mundiales, África se ha convertido en el vivero del resto del mundo. Y las consecuencias se llevan sufriendo desde hace mucho tiempo: imposibilidad de desarrollar infraestructuras, pues las guerras y los cambios políticos acaban echando por tierra el trabajo realizado; hambrunas derivadas de esa misma falta de infraestructuras que impiden combatir la sequía; niños soldados cuyas vidas pocas veces son recuperables, matanzas indiscriminadas entre las diferentes etnias que luchan por un mismo territorio con armas vendidas por las grandes potencias armamentísticas, entre las que se encuentra España; un paro galopante que obliga a los cabeza de familias a abandonar sus tierras y buscar un destino que creen mejor; y, a todo ello, se unen enfermedades como el SIDA que provocan que una gran parte de la población activa esté desapareciendo y que muchos niños nazcan ya infectados.

Ante todo eso, los Estados occidentales miran hacia otro lado, no se toman medidas encaminadas al desarrollo de África y son las ONGs las que se ponen al frente del trabajo por acabar con las diferencias socio-económicas. Pero es una ardua labor cuyo fin no está cercano y mientras este llega, el drama del Estrecho seguirá vivo con la muerte de los migrantes que intentan acceder a una tierra prometida que les espera, en el mejor de los casos, con un centro de acogida, en el peor, es la propia muerte la que les recibe. Pero, además, en los últimos años el flujo de personas parece haber sufrido una variación. Cada vez son más las mujeres y los niños, muchos de ellos aún bebés, los que se lanzan a la aventura de cruzar el Estrecho.

Y mientras, nosotros, miramos a la noticia de al lado, nos centramos en los deportes y vemos como natural algo contra lo que todos deberíamos luchar.

Publicado en Diócesis de Cádiz y Ceuta. Opinión el 8 noviembre

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