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William & Jane

La joven se derrumbó en la cama. El corazón el latía lentamente y el rubor dejaba paso a la desazón. No comprendía porque William había actuado así. Su padre le había reprendido por coquetear con el joven pero acabó aceptando sus palabas cuando le juró que no había cruzado palabra con él. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Sus ojos brillaban acuosos por el momento pasado.

-¿Porqué? –gritó al cuarto vacío -¿porqué ha tenido que fijarse en mí?

Lloró desesperada buscando una respuesta que no tenía. Pero aún más al entender que, por razones que no comprendía, su mayor preocupación era William. Necesitaba saber cómo estaba, qué le había pasado cuando los hombres se lo llevaron. Necesitaba verlo. El corazón le latía cada vez más fuerte. Suspiró recordando sus miradas.

Annie entró en la habitación de pronto. Jane se sobresaltó hasta ver a su amiga atravesando la puerta. Se lanzó a sus brazos.

-¡oh, Annie, Annie! ¿Qué ha pasado? ¿cómo está?
-No –le respondió-. No hables de él. No preguntes por él. Es un canalla. Siempre lo fue. Y, además, la guerra le cambió.
-La guerra no, Annie, cuando volvió descubrió que su madre y su prometida habían muerto. ¿Cuánto tiempo estuvo en África? ¿cuántas atrocidades no vería o haría? No, Annie, no era un canalla y menos ahora.
-¿No te habrás enamorado, Jane?
-¡YO!... no, no, jamás. Jamás. Pero…

Sabía que Annie tenía razón. La picardía del joven lord, sus palabras, sus gestos, su descaró al entrar en la iglesia de su padre. Se había arriesgado. Ella le había dicho que jamás estarían juntos, pero él no lo había aceptado. El joven soldado llegado de África había recuperado su altanería para buscarla. Por ella, solo por ella. Y ella no sabía cómo rechazarlo. No comprendía porque no podía negarlo. Pero, sobre todo, sabía que Annie tenía razón. No podía enamorase de él. No así. No podía por su padre y por el padre de él. No podía porque ya lo había hecho.

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