El príncipe y el arroz

Ella estaba allí, con todos nosotros, comiendo, como una más. Hasta que tuve una genial idea:

-El arroz con leche está de muerte- dije, con toda la buena voluntad del mundo sabiendo que disfrutaría del sabor de aquel postre – En camarero del gorrito rojo lo está sirviendo.

Y allí fue ella, presta a tomar un rico plato de arroz pero, ¡oh, maldición! la mesa estaba vacía a su vuelta. Una rápida mirada al entorno y, ¡bingo!, allí estábamos nosotros. Un poco más allá, junto a la puerta al segundo salón.

-Me habéis dejado sola. Avisad la próxima vez, que estás cosas no se hacen.

En ese momento, la espalda a la que hablaba se volvió, para mirarla de arriba abajo deteniéndose en el arroz con leche y disponiendo la mano para el pertinente saludo.

-¡oh!, es usted, perdone usted, no le había reconocido a usted –dijo ella, roja ya cual bandera rusa mientras apretaba la mano del príncipe y yo comenzaba a reír por lo bajo (cuestión de alturas) ante la situación y, sobre todo, ante lo que estaría por venir en días venideros.

Todo hay que decirlo, el citado príncipe se comportó acorde a su condición, sin hacer mención alguna al citado postre. Ni siquiera un simple "¿está bueno?" surgió de su boca. Tampoco sonrisa alguna, lo que contrastaba con mi cara de mofa en ese preciso instante, y en los que vinieron después, con el arroz con leche ejerciendo de protagonista involuntario ante fotografos y flashes.

Y, para no dejar a nadie en mal lugar, diremos que el sucedido ocurrió durante la entrega de un prestigioso premio internacional. No sé, el Príncipe de Gales, por ejemplo. Y que el príncipe citado fue, por decir uno, el de Brademburgo.

Por cierto, fotos hay del arroz con leche y el príncipe, pero como salen personas que no deben mostrarse (reinas, princesas del pueblo, futbolistas y demás enseres) las ocultaremos por ahora.

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