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El globo

Lo he visto por casualidad. Un reflejo en una ventana me ha hecho elevar la vista y allí estaba, flotando libremente. Seguramente se le haya escapado de la mano a un niño y, cargado de helio, el globo con forma de pájaro de colores ha salido volando. Y, no sé porqué, me ha venido a la mente que yo soy como ese globo. Durante mucho tiempo atado a la mano de un niño creí volar libre. Ser un ser independiente y feliz, sin darme cuenta de que era arrastrado de un lugar a otro, y que mi vuelo jamás iba más allá del corto y frágil hilo que nos unía.

Hasta hace cosa de un año. Entonces el hilo se rompió y yo despegué en mi vuelo. Desde entonces, convertido por algún hechizo milagroso en un globo con vida propia incapaz de desinflarse, he ascendido. He volado libre por muchos lugares, por muchas experiencias. Como si antes un lastre hubiese pegado mis pies al suelo, como si una venda hubiese tapado mis ojos, como si una mano invisible me agarrase para impedirme avanzar. Y, una vez roto ese hilo imaginario, todo ha cambiado, ha explotado: familia, amigos, viajes, libros, responsabilidades, trabajo,… todo parece haberse puesto a mi favor para conseguir la plena libertad de mi vuelo. Así, como ese globo que vuela libre por el cielo, roto el hilo que le unía a la mano arbitraría de un niño, también yo vuelo sin ataduras. Pero, al contrario que el falso pájaro, mi vuelo no es mecido por un destino incierto en forma de viento. Soy yo quién da pasos, firmes o no, correctos o equivocados, pero son los míos. Soy yo quién construye mi camino hasta Dios sabe dónde sin hilos ocultos que me manejen como marionetas al antojo de su dueño.

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Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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