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William & Jane

Y por fin, después de semanas esperando, William volvió a verla. No había cesado en su empeño de encontrarse con la joven. El solo recuerdo de su cabello flotando al aire hacía palpitar su corazón. Y hoy, por fin, ella volvía al prado. Cantarina, como la vez anterior, bailaba al son de una melodía que solo ella escuchaba y él, tumbado entre los verdes brotes de hierba, la observaba absorto en su propio latido. Acelerándose el pulso en cada vuelta que daba ella. Se levantó de pronto, sin conciencia de haber saltado hasta que vio la sobresaltada mirada de Jane.

-No os asustéis, no fue mi intención- balbuceó mientras la joven daba un paso atrás –Tan solo deseaba hablar con vos… si me lo permitís.

Jane detuvo su retroceso y contempló al joven que tenía frente a ella. En otro tiempo fue hermoso, pensó, pero ahora ya no. Sus ojos estaban apagados, tristes pese al brillo que comenzaba a asomar en sus pupilas. Conocía al joven, toda la comarca sabía quién era. Lo había visto muchas veces antes de que partiese a la guerra. Pero ahora estaba irreconocible. Era un joven altivo, que paralizaba a las jóvenes con una mirada picara de sus transparentes ojos verdes. Moreno de cabello y blanco de tez, fuerte y musculoso, se sabía poseedor de ese encanto natural que lo hacía irresistible. Pero eso fue antes de la guerra. Ahora su piel se había vuelto amarillenta, sus ojos se habían apagado, su sonrisa había desaparecido. Cojeaba y su cuello mostraba una cicatriz. El semblante de la joven se oscureció y William comprendió que le repudiaba sin mediar palabra.

-¿Y si no os lo permito? –dijo por fin ella- Si mi padre me viera con vos, lord William, no quiero ni pensar lo que diría.
-¿Qué importa lo que piense vuestro padre? Si deseáis hablar conmigo nadie podrá impedirlo. Nada malo hacéis cruzando vuestras palabras con la mía.
-Sois hijo de quién sois, y yo cargo el mismo pecado. No puedo, lord William, ni tan siquiera cruzar palabra con vos. Menos aquí, en este prado. ¿Qué pensarían si nos vieran? Los dos solos en mitad de la nada.
-No estamos solos –repuso el joven señalando a Amunake, escondido tras unos arbustos- Y aún así, no me importa que me vean. Vos me habéis devuelto a este mundo, aún sabiendo que me lanzo a confirmaros mi amor sin conocer vuestro nombre. Pero es así, mi joven dama, estaba muerto, y me habéis resucitado.
-Ni estabais muerto, ni yo tengo tal poder- Jane se dio la vuelta para alejarse, enfadada ante la inesperada confesión de William -¿cómo podéis hablar de amor tan a la ligera? Si eso es lo que lo valoráis, no contad conmigo para vuestros juegos amorosos, lord William.
-Perdonadme, decidme al menos vuestro nombre.
Pero Jane no contesto, fue Amunake quién dio la noticia al joven: era hija del mayor enemigo de su padre.

-No importa, será mía.

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