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William & Jane

El día siguiente a su encuentro con la joven Jane, William volvió al prado. Caminaba lentamente, renqueante de su enfermedad y de las heridas del alma. Se negaba a aceptar que pudiera volver a enamorarse. Se negaba a aceptar que aquella chica alegre del prado pudiera reemplazar a la única mujer de su vida. La única a la que había amado y con la que estaba dispuesto a envejecer. Se sentó al borde del acantilado y una sonrisa dibujó sus labios cuando Amunake dejó escapar un grito de preocupación. Sabía desde el principio que el viejo esclavo negro le seguía, pero había disimulado para evitar la ira de su padre. Ni quería enfrentarse a sir Walter ni tenía fuerzas para ello. Había descubierto que prefería pasar cada día igual que el anterior. Buscaba la rutina, una rutina que cada día le llevaba a los mismos lugares, aquellos que recorría de la mano de Amelia. Aquellos días, antes de partir a África, había sido feliz. Su corazón olvidaba los males y aspiraba a sueños inalcanzables. Soñaba con huir de Inglaterra, con viajar lejos, a América quizá. Lejos de su padre, del título de lord y de todo lo que conllevaba la nobleza.

Pero durante la guerra Amelia enfermó y su corazón se resquebrajó con ella. En las noches leía una y otra vez las cartas de la joven, y cuando estas comenzaron a mostrar la pesadumbre de las fiebres, el carácter de William se transformó. Se agrió. Deseaba volver a casa, junto a Amelia, pero no encontraba la forma. Buscó en cada batalla, en cada refriega, la forma de conseguir un permiso. Se mostró violento y piadoso por igual. Pero no encontraba sosiego a su mal. Y la añoranza minó su salud hasta que las fiebres se apoderaron de él. Y cada noche, tumbado en una pequeña camilla de un dispensario de madera, preguntaba por las cartas de Amelia. Y cada noche recibía la misma negativa. Un día dejó de preguntar. Supo que ella no volvería a escribir, y lloró hasta que el amanecer entró por la ventana. Y cada noche, hasta que regresó a Inglaterra, lloraba por Amelia, esperando sin esperanza una carta que sabía no llegaría. Y cuando llegó el día, cuando el puerto se abrió a sus ojos y lord Walter abrió sus brazos para recibir a su hijo, confirmó la peor de las noticas. Amelia había muerto dos meses atrás, mientras él combatía en una guerra que le había matado para siempre. Y ahora, tanto tiempo después, recorría los rincones conocidos buscando en el roce de las hierbas el sonido de su voz, buscando en la lejanía del horizonte, el claro azul de sus ojos. Dando cada paso, sabiendo que andaba hacía la muerte y, de pronto, la había visto. Y sintió como su corazón latió con ansias al ritmo de su baile.

Hoy volvía a recorrer el mismo camino de cada día, pero sus deseos habían cambiado. No buscaba caminar lentamente hasta la muerte. Deseaba verla, deseaba encontrar la manera de acercarse a ella, de escuchar su voz, de ver el color de sus ojos, de sentir su olor. Pero ella no llegó.

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