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Tres cosas hay en la vida

Cada día que pasa es un día menos para la presentación en sociedad de Llamadme Cabrón, mi primera novela. Y, si les soy sincero, la sola idea comienza a asustarme la situación. No por miedo a que lo hecho no guste. A mí me gusta y quienes ya lo han leído me trasmiten buenas sensaciones así que, al menos, me sentiré orgulloso del libro. No, el miedo viene de otro lado. Se venda o no, realmente no me importa, eso debe preocupar a la editora malvada, aunque por mi parte hago lo que puedo para promocionarlo (como la web www.llamadmecabron.com) No, tampoco de ahí viene mi miedo. Viene de otro lugar, de otra cosa que me reconcome en el interior. Y es que dicen que hay tres cosas que tiene que hacer un hombre antes de morirse: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Hace muchos años ya que planté varios árboles, así que eso ya está hecho. El libro viene ahora, así que ya solo me queda tener un hijo, pero esta nueva situación de ser un hombre casi pleno me da miedo ¿y si me da por no tener descendencia? Con un ser como yo, aún apagada mi divinidad como en la actualidad, ya es suficiente. En ese caso, ¿no seré nunca un hombre pleno? O, peor aún, si dicen que con esas tres cosas cumplidas uno ya puede morirse ¿si no tengo ese hijo me convertiré en inmortal? Porque si es así, el niño no llegará, más que le pese a quienes quieran verme muerto.

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Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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