Las señoras

Las puertas se abrieron y el filo de las espadas brilló a la luz tintineante de las velas del harem. Las mujers se aferraron a los cuerpos de los invasores, temerosas de la ira del Sepin. El Capitán Fat alzó su espada y caminó al centro de la sala. A su diestra Vasqués, a su siniestra Marco Antonio. Tras él, lentamente, los demás: Boroguht, Mamonuth, lord Corba y lady Chodni, D'Orange, Charles, los temibles artilleros haitianos, el Fantasma, Bilbo, Nutria, Mutambo, Japy,...

-¡Tu!- gritó Serpin señalado al negro- Tu me has traicionado abriendo las puertas de mi casa. Mi propio hermano ¡Judas! ¡Os mataré y echaré vuestros cuerpos a los tiburones!
-Pues como trinquen primero al capitán, morirán empachados -dijo Mamonuth haciendo saltar las carcajadas.

“Un segundo de humor” pensó Fat “Un solo segundo antes de que la tormenta estalle” Y estalló. Los gritos enmudecieron el ruido de las espadas. Los hombres se lanzaron a la carga sobre cojines y fuentes. Las bellas mujeres pedían auxilio, buscando desesperadas donde esconderse de los ataques. Las fuentes vertieron agua roja. Sangre y lágrimas. Gritos y dolor. Y en el centro de la batalla Fat y los suyos. Los hombres de uno y otro bando caían mal heridos y muertos. Dolor. Gritos. Aullidos incomprensibles en un paraíso teñido de sangre. Fat buscó a Sepin con la mirada, deseando entrechocar sus aceros. El gordo pirata se abrió paso entre los combatientes, sin apartar sus ojos de aquel a quién había venido a buscar. Había decidido que aquella tarde, aquel día, su nombre se escribiría con letras de oro en la historia de la piratería pero, ante todo, recuperaría la fe de sus hombres. Avanzó pesadamente hasta situarse frente a Sepin

-Vengo a matarte -dijo secamente.
-No podrás hacerlo y lo sabes.
-Tengo que hacerlo. Por mí, por mis hombres y, sobre todo, por ellas. Yo soy la espada que empuña la venganza.
-¿Porqué has de vengarte de mí?
-¿Ya no las recuerdas?
-Han pasado demasiados mujeres por mis brazos como para recordar cada nombre y cada rostro.
-Estoy seguro de que no te has olvidado de mí- Vasqués se situó junto a los hombres, con Mutambo tras ella.

La imagen de las dos mujeres se mostraba terrorífica. La sangre corría por sus cuerpos y sus ojos brillaban con la llama del odio. Pocos hombres podían causar una visión como aquella, pocos serían capaces de mantenerse impertérritos ante las dos mujeres. Fat lo intentó, y aun sabiendo que aquellas dos formaban parte de su propia tripulación, tuvo miedo. El miedo de conocer a la Negra Señora cara a cara, de escuchar el silbido de su guadaña al cortar el aire de la vida.

Sepin también lo supo. Y el silencio que siguió al primer paso de Vasqués hacia su terrible origen terminó con la batalla. Los hombres, de uno y otro, guardaron respeto ante la muerte. La princesita venida de Lisboa caminaba sobre las losas como la reina de la muerte y tras ella la durisima Mutambo, hermanas en la vida, señoras del Más Allá, guardianas del Averno.

Y el silencio se rompió en la ira y la rabia tanto tiempo contenida.

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