El pico

Pocas cosas hay tan confesables como robar un pico. Escondido en el ascensor, el portal de casa, alejado de miradas indiscretas. Como quién no quiere nada, como un dulce juego. Un simple pico ¿a quién le puede molestar? Siempre el mismo ritual, acercas los labios y saboreas el momento. Y buscas más. Siempre más. Este vicio es tan confesable que pocos reconocen que no es más que un juego. Preámbulo de lo que vendrá después. Engañando a los sentidos antes de saciarse. Un simple pico, ¿qué más da? Pero sí da. Comienzas con el pequeño ritual, recién llegado al ascensor o al portal, notando aún caliente el cuerpo del delito y, cuando quieres darte cuenta, ya le has metido mano. Has abierto tus labios, has mordido más de la cuenta y toca volver, pensando “esta vez, el pan llega entero a la comida”

Pero siempre repites...





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