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William & Jane

Suspiró. Oteando el horizonte en busca de una vela que trajese buenas nuevas. Casi un año había transcurrido y cada día seguía el mismo ritual: subir a la desvencijada torre de la vieja iglesia y buscar en la lejanía noticias de su propia vida. Y como cada día descendió de su atalaya sin esperanzas de que terminase su sufrimiento. Caminó lentamente, entre los bancos de la iglesia de su padre, el reverendo North, mirando cada losa. Esperando que al fijar la mirada en el suelo las lágrimas no se derramaran por sus mejillas. No deseaba que nadie le viese llorar. No por él. Ella lo había provocado todo. Ella había causado su marcha. Con su indiferencia, con su altanería. Al negarse al reconocer lo que ya todos sabían: que le amaba. Le amaba como jamás amaría a nadie. Pero había cerrado su corazón, había antepuesto la razón a sus sentimientos, asumiendo que jamás podría llegar a estar con él. Ella no eras más que la hija pequeña del pastor y él el heredero de sir Walter. Mundos diferentes e irreconciliables. Sus padres se habían enfrentado varias veces, centrando en la fe disputas tan arraigadas como el roble que presidía el patio.

La pequeña iglesia anglicana de Crouch estaba dirigida con mano férrea por el reverendo North y cada domingo sus palabras iban encaminadas a hostigar a sir Walter. Los dos hombres habían sido amigos en la infancia pero, veintitrés años atrás, la conversión al catolicismo de sir Walter había terminado con la amistad. Para Jane aquello tenía un único significado: jamás podría acercarse a William. La distancia entre ambos era mayor que la del sol y la luna. Jane era una mujer delicada y bella, de esas con las que los hombres sueñan cada noche. No tan hermosa como para olvidar su rostro a los cinco minutos, después de haberse enamorado para toda la vida, pero lo suficiente para atraer las miradas del joven lord. Su pelo claro,caía en tirabuzones sobre su rostro de blanca piel, enmarcando sus ojos azules y su nariz chata. Labios carnosos, que llamaban al deseo de los hombres y que llenaban de preocupación al reverendo, que sabía que su pequeña hija Jane era ya una mujer a los ojos de los jóvenes casaderos.

Y entre ellos se encontraba William, el hijo de sir Walter. El joven había regresado de las guerras de África enfermo de fiebres y, cada día, paseaba ayudado de su bastón por los pastos de su padre. Fue allí, hacía algo más de un año, donde todo comenzó. Jane cantaba distraída recogiendo flores, justo cuando William terminaba su paseo. El joven noble posó su mirada en la joven, dejándola vagar por el pelo suelto que flotaba en cada pequeña vuelta que daba, bailando sin saberse observada. Y se detuvo. Como si el mundo se hubiera parado a su alrededor, como si lo vivido hasta ese instante careciese de sentido y todo comenzase de nuevo. Se olvidó de la guerra, de la sangre, de los compañeros muertos y de las heridas sufridas. De la lejanía y la nostalgia. Se olvidó del calor, del miedo, de los rugidos en mitad de la noche. Simplemente, el mundo se paró y su corazón se aceleró mientras el veraniego vestido de Jane jugaba con el viento de aquel prado al borde del mar que le había traído de vuelta. El mismo mar que ahora rastreaba la joven cada mañana desde la torre de la pequeña iglesia de su padre.

Comentarios

Angie Prewett ha dicho que…
Que bonito, Hat :), ¿lo continuaras?.
Siempre es un tema que, aunque frecuentado (amores imposibles, etc), llega de lleno a las almas románticas como yo, jajaja.

¡Saludos!
Alejandra Flores ha dicho que…
Muy bonito...me va gustando
Cathan Dursselev ha dicho que…
Si, Angie, es el inicio de la historia. Desde hace tiempo llevaba pensando en probarme un poco y escribir algo distinto. Ha salido este relato, no será muy largo, pero seguira unas cuantas semanas.

Ale, me alegra que te guste ;)

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