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Una infusión por mi reino: Sancho I el Craso

Cuando comenzamos esta sección dedicada a nuestros reyes pasados, ya les comenté que había periodos apasionantes y que en esos me recrearía con más alegría. Y hoy toca uno de ellos. No hablaremos de un solo rey, sino de tres: Ordoño III, Sancho I el Craso y Ordoño IV el Malo, que llevaron las riendas del reino leonés desde el 951 hasta el 966.

A mediados del convulso siglo X, con Castilla luchando por declarase independiente bajo mandato de Fernán González (a la sazón I Conde de Castilla) y con el gran Abderraman III en la Córdoba califal, la paz y estabilidad lograda por Ramiro II se viene abajo. A la muerte de “El Demonio”, ocupará el trono su hijo Ordoño III (951-956) que tendrá que enfrentarse a las pretensiones de su hermanastro Sancho. El infante buscó y consiguió el apoyo del conde castellano y del rey Sancho I de Navarra para enfrentarse al nuevo monarca leonés. Pero Ordoño demostró su valía manteniendo a raya a su medio hermano al mismo tiempo que sofocaba las revueltas gallegas, ganándose así el respeto de la nobleza leonesa. Pero el reino era un polvorín y la labor de Ramiro II frente al enemigo musulmán se vino abajo. Abderramán reunió un nuevo ejército y avanzó por Portugal hacia el norte. Ordoño no se amedrentó y se enfrentó al cordobés cerca de Lisboa y, en el 955, forzó al califa omeya a firmar un nuevo tratado de paz. Fue su última gran acción, un año después fallecía y, aprovechando la minoría de edad de su sobrino Bermudo, Sancho se hacía con el poder.

Sancho I el Craso se apoyó en su madre Urraca de Navarra y en el conde castellano Fernán González para mantenerse en el poder. Pero el rey contaba con un enemigo mucho más poderoso que su sobrino o cualquier otro pretendiente al trono: su propio cuerpo. En el 958, tan sólo dos años después de haber tomado el trono, su obesidad acabó con su reinado. Los nobles leoneses y castellanos no tomaban en serio al monarca, incapaz de cabalgar o guerrear, y con la ayuda del poderoso Fernán González impusieron un nuevo monarca: su primo Ordoño IV, hijo de Alfonso IV el Monje. Sancho acudió en busca de su abuela, la reina Toda, de Navarra, para lograr recuperar el trono. Y Toda tomó una decisión insospechada: su nieto debía adelgazar. Para lograr tal fin, la navarra se puso en contacto con el médico andalusí Hasday ibn Shaprut, de la corte califal de Abderraman III. El califa aceptó la llegada de Sancho a Córdoba, tal vez pensando en las ganancias propias que podía obtener del revuelto río leonés. Sancho permaneció 40 días tomando infusiones y en el 959, al mando de un ejército navarro-cordobés avanzó hacia Zamora y León.

Su primo Ordoño IV comenzó entonces una huída que acabaría llevándole a la propia Córdoba., dónde terminaría sus días como prisionero del nuevo califa Al-Hakkam II. Parece ser que el monarca, apodado el Malo, jamás quiso la corona y que, frente a la obesidad de Sancho, contaba con un impediemento mayor: la cobardía. En el 960 Sancho recuperaba el trono y cede la ribera del Duero al califato cordobés como pago por su ayuda. Desde ese momento y hasta el fin de su reinado en el 966, se dedicó a fortalecer el reino, sentando las bases para la llegada al trono de su hijo Ramiro. Pero el malestar en Galicia y Castilla seguía en aumento y el monarca acabó muriendo envenenado, dejando el reino en manos de un niño: Ramiro III.

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