Un día de esos

A veces uno quisiera que el mundo se parase, que se apagaran las luces, que los sonidos se silenciasen. Esos días uno desea que la tierra le trague, enterrarse tan hondo que nada pueda pertubar su sueño. Tranquilidad acompasada a los látidos del propio corazón. Días en los que no deseas ver a nadie, que no deseas que nadie te mire, que nadie te hable, que nadie hable cerca de tí. Y esos días solo hay una cosa que puede salvarte de destrozarte: el Ibuprofeno.

Este fin de semana ha terminado siendo de esos días. La jaqueca de las narices afectó a mi día a día. Y eso me fastidía, pues intento evitar que los ataques -asiduos aunque llevaba tiempo sin sufrirlos- enturbien mi vida. Y antes de ayer lo hizo. Impidió que cenase en el marroqui de ese Vejer que tanto me gusta. Fastidió a los que estaban conmigo, que tuvieron que acortar su final. Me ha impedido ver a los amigos venidos de fuera y, para colmo, no me impide estar hoy en el trabajo.

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