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Un año antes

-Os veo cambiado, Williams- dijo lord Walter cuando su hijo entró en la casa-. ¿Qué os ocurre?
-Nada, padre, el cansancio del paseo diario.

Lord Walter negó con la cabeza. Era un hombre corpulento, te tez clara y pelo canoso. Su rostro siempre había mostrado jovialidad pero desde el regreso de su hijo de la guerra contra los boers su carácter había cambiado y, en los pocos meses que habían transcurrido desde la llegada de William, parecía haber envejecido. Observó al joven que antes de irse a la guerra africana podría decirse que era altivo, incluso altanero, pero ahora se mostraba sumiso y dispuesto a plegarse a los deseos de su padre. Y eso le sacaba de quicio. Prefería el joven impetuoso que le recordaba a él mismo antes que este nuevo William, callado y triste. Pero ese día algo parecía haber cambiado en el joven.

-Debo insistir, William, ¿Qué os ha ocurrido?
-Me he encontrado con alguien, padre. No es nada.
-¿Quién es ella? –preguntó el viejo lord con un tono de picardía en la voz.
-Qué más da, padre. No deseo volver a verla. Mi corazón no está dispuesto a amar a nadie más que…
-Ella está muerta, Willy –dijo el padre acercándose para atusar cariñosamente el pelo de su hijo- no puedes hacer nada para recuperarla.
-Tal vez si me hubiera quedado….
-Tampoco podrías haber hecho nada, la muerte llegó por sorpresa. Nadie lo esperaba y nadie pudo hacer nada. Trajimos a los mejores médicos, pero ninguno pudoevitarlo. Estaba muriéndose de…

Guardó silencio. ¿Cómo decirle a su hijo que la joven a la que amaba había muerto de pena al llegar noticias de su fallecimiento? Se había prometido nunca revelar aquel secreto y todos habían aceptado la promesa de lord Walter sin rechistar. En la casa no había nadue que no desease ver al joven William nuevamente feliz y, sobre todos los demás, su padre. Dejó que su hijo se retirase a sus habitaciones y mando llamar a Amunake, el esclavo negro al que había encargado la vigilancia de cada paso de su hijo, por miedo a que la debilidad causase algún problema a su hijo.

-¿Quién es ella, Amunake?
-La hija del pastor, sire. Debe ser ella. La encontró en los prados y ¡oh, señor! la joven está muy hermosa. Ya no es la niña traviesa, sire, es toda una mujer. Y cuando la ha visto allí, el joven William se ha detenido y no ha pestañeado siquiera. Dirá lo que quiera, sire, pero estoy seguro que la hija del pastor se ha clavado en su alma.

Sir Walter se dejó caer en el sillón. Sabía del odio, casi irracional, que su conversión al catolicismo había producido en su antiguo amigo. Durante veinticinco años había sido hostigado en cada uno de sus sermones. Lo sabía, Mathilde, su esposa, había continuado yendo a la iglesia de Crouch hasta su muerte y el reverendo North le había atendido en sus últimas horas. Ese día fue el último que se vieron y cuando sir Walter juro no volver a dirigirle la palabra.

“Tu eres el culpable de la muerte de Mathilde. Era una buena mujer pero tu acción la amargó. Abandonaste al Dios Verdadero y Él te condena a sufrir”

Aquella amarga despedida todavía atormentaba sus sueños y ahora… ahora su hijo podía encontrar la salvación en la hija del reverendo.

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