Marchando una de tortillas

Definitivamente las tortillas, los cumpleaños y yo somos incompatibles. Hace un par de años, cuándo aún era un feliz miembro de la Familia Pelaez, acudimos a celebrar el nacimiento del caudillo angelical al llamado Tiro Pichón. Y más que tiro al pichón se realizó lanzamiento de tortilla, a las copas de los pinos para intentar tirar un balón embarcado en ellos. Claro, que si nuestro ilustre anfitrión hubiera traído las tortillas hechas y no guardadas en los plásticos del Mercadona de turno nos las hubiéramos comido. Y tal vez el resultado hubiera sido peor, porque dos años después una maldita tortilla -suponemos- ha estado a un punto de acabar con mi salud mental. ¡Yo! Que fui a la India y volví más gordo enamorado de la comida de aquella tierra, casi la espicho por culpa de una tortilla y su huevo.

Así que he llegado a una conclusión tajante. De ahora en adelante, me iré de cualquier celebración cumpleañera dónde haya una tortilla. Está claro que hay un complot, una conjura, de los hacedores de tortilla -¿tortilleros?- contra mi persona. Y no lo entiendo, soy buen comedor, sólo hay que ver mi oronda figura. Pero ellos desean matarme... de hambre.

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