Mamonuth

Mamonuth había caído en medio del lago y el Nutria no podía parar de reír. Las carcajadas resonaban por toda la cueva y los dos hombres estaban sentados en la roca, con el bardo maldiciendo y escurriendo las plumas que adornaban su sombrero.

-Mierda, otra vez igual. Tendré que tirar las plumas y me costará mucho reponerlas.
-Son plumas, Mamonuth, cógelas de cualquier ave que se te ponga a tiro.
-No son plumas de un ave cualquiera, querido. Estas plumas son de un pájaro magnifico. Mágico. Aparece una sola vez cada cien años, pero en esta centuria apareció dos veces, y solo yo le he escuchado cantar. Ocurrió una noche de verano, de luna llena y tenue nubosidad. Yo estaba entonando una tonadilla para una hermosa dama a la que cortejaba aquellos días. A espaldas de su padre, por supuesto. Era lozana la joven, aún virginal, y se ruborizaba con mis palabras. ¡No te creas, Nutria, jamás le dije nada que vos no le hayáis dicho a una dama! Y allí estábamos los dos, bajo el balcón de su casa, hablando de amor eterno y esas cosas que tanto les gusta a las jóvenes damas. Y, entonces, en el balcón, cantó el pájaro. Y supimos que nuestro amor sería eterno y que sólo la muerte podría separarnos.
-¿Dónde está ella?- preguntó el Nutria
-Muerta, pero esa no es la cuestión- dijo Mamonuth sin pena alguna-. Lo importante es que el pájaro cantó para nosotros y, antes de desaparecer en la noche, dejó caer está pluma. Desde entonces mis canciones siempre han sonado bien.
-Si tú lo dices-masculló el Nutria-. Nunca te he escuchado cantar… mal, quiero decir. Además, todos los viejos estos dicen recordar alguna canción tuya en esos momentos comunes que dicen haber compartido.

Mamonuth rió orgulloso, sabía que era cierto. Desde que llegase a la Marabunta después de encontrarse con Borough en una cárcel caribeña, sus letras habían acompañado al grupo. En las noches de fiesta era él quién amenizaba las veladas. En las largas travesías eran sus canciones las coreadas por todos. En la victoria y en la derrota, rasgaba las cuerdas de su laúd. Era él la banda sonora de la nave pirata y todos los sabían. El Nutria había llegado al barco mucho después, no se sabe como se había encaramado a las jarcias del navío y había entrado en el corazón de la temida tripulación, pero este era su primer gran viaje.

-Continuemos, pero con tranquilidad, no quiero que te partas la crisma en una piedra- dijo el atlético vigía de pronto-. Ya me contarás tu historia completa en otro momento.

Y los dos hombres, como si fuesen hermanos, se adentraron en la cueva en busca del origen del sonido.

Comentarios

Tio Matt ha dicho que…
Casi lloro...

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