La Marabunta

El Nutria y Mamonuth continuaban su caminar en busca del origen del ruido cuando unas sombras se cruzaron en las zonas iluminadas por sus antorchas.

-¡Un hombre lobo!- gritó Mamonuth ante el asombro de El Nutria.
-¡Y una mierda!- respondió Borougth saliendo de la oscuridad –Somos nosotros. El lago termina aquí.
-El ruido nos trae hasta aquí, pero…. ¡esto es imposible! –El Nutria señalaba una gigantesca cascada subterránea que parecía nacer del propio cielo de la cueva.

El agua caía desde una altura de 20 metros, rebotando en las rocas hasta crear remolinos imposibles en mitad de la nada. Arriba, allí donde el agua iniciaba su precipitada huída hasta el lago, podía verse la noche clareando el firmamento. Los cuatro piratas detuvieron sus ojos en el cielo, callados. Disfrutando del arrullo de la cascada y la tenue luz de la noche.

-¿Realmente era así?- preguntó finalmente Borought.
-No. No era así- dijo Mutambo -. O yo no lo recuerdo. No, no. Debimos llegar a la cueva por otro lado. Sin embargo, no logró apartarme de este lugar, como si siempre lo hubiera conocido. Como si este fuera mi hogar.
-Deberiamos irnos –el Nutria miraba a un extremo de la cascada-. Este sitio no me gusta. Se me ponen los pelos de punta.
-Os lo he dicho: hombres lobos –dijo Mamonuth.
-No empieces ahora con tu historia sobre los licántropos, mon ami- D’Orange había surgido de la nada, posicionándose junto al grupo –no es más que sir Charles retozando con una….
-Bella dama, mi querido Alexandro –cortó lord Corba con una picara sonrisa-. Bellísima dama, sin duda alguna.

Todos los hombres se miraron, comprendiendo lo que aquello quería decir, mientras Mutambo comenzaba a retroceder en busca de su hermana y el capitán. Los encontró observando las precisas maniobras realizadas por Marco Antonio para introducir La Marabunta en la cueva.

-Debéis ver esto- susurró.
-Cuando termine –respondió Fat.
-Ya ha echado el ancla, capitán, debe ver esto- repitió Mutambo.
-¿Ancla?... Ancas, cuando termine las ancas de rana rebozadas que me ha preparado Rubia, entonces iré a ver lo que me pidas.

Vasques y la Rubia pusieron los ojos en blancos en el preciso instante que Mutambo cogía el cuenco y lo lanzaba hacía La Marabunta, estrellándolo sobre la cabeza de un anonadado Marco Antonio que se relamía por la maniobra realizada.

-¡HE DICHO AHORA!- y tiró del capitán que sollozaba por las ancas perdidas, hasta llegar a la gran cascada.

Los hombres estaban de pie, riendo y observando el espectáculo cuando llegaron. Fat se adelantó a las mujeres, atravesó la barrera de piratas, se puso de puntillas para mirar a Mutambo a la cara por encima de los hombros de sus hombres, miró al frente, volvió a mirar.

-¿Para esto?, ¿para esto tiras mis ancas y al lago y casi arrancas la cabeza de mi timonel? –el tonó de voz de Fat iba elevándose en cada palabra mientras caminaba hacía la hermana de Vasqués- Y tu –dijo señalando entre los hombres, para señalar a sir Charles -¿se puede saber que cojones haces abrazado a eso?
-Era de night, sir. I, I….

-¡Es una morsa!
-¿Ocurrió?….

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