La búsqueda XIX

Echevarri terminó de subir las escaleras corriendo. Los agentes de policía subían tras él, pero el viejo forense no se detuvo cuando escuchó el alto. Entró en la única puerta abierta y apuntó con su arma al joven que se encontraba en el centro de la sala. Le esperaba con los brazos abiertos, bajo una lámpara de cristal. Las paredes estaban repletas de fotografías, el suelo mostraba extraños dibujos.

-Errante- susurró Echevarri- te tengo…
-¿Estás seguro?- preguntó el hombre -¿No será al revés?.

Los agentes entraron en la sala, apuntaron al forense, le pidieron que tirase el arma, pero Echevarri siguió apuntando al hombre.

-Deja el arma, Echeva, no vas a conseguir nada matando a este hombre. Hemos seguido tu rastro desde que dejaste a Jarque en el hospital y sabemos la verdad.
-¿Jarque?¿Cómo está?
-Saldrá de ésta viejo, pero no debes hacer ninguna tontería. No eres un asesino como ese –dijo un viejo policía señalando con la cabeza a Errante- Mira a tu alrededor. No eres tonto. Está todo lo necesario para empapelar a este hijo de puta. Pero tienes que bajar tu arma.

Echevarri miró a su alrededor, pasó la mirada por cada una de las fotografías y compró hastiado que mostraban imágenes de jóvenes asesinadas, de niños descuartizados, de cruentos asesinatos y brutales torturas. Los agentes repararon en ellos en el mismo instante en que Errante daba un paso al frente. Todos los policías dirigieron sus armas a él, pero él no se detuvo.

-Seguramente creéis que podéis detenerme con vuestras armas. Pero vuestras pistolas son de este mundo y yo no lo soy. He dejado de ser un simple mortal para convertirme en un dios. Soy yo quién decide quién vive y quién muere. Soy yo la reencarnación de Mot, del señor de la muerte, de la noche, de la vida. La muerte es vida. Por cada muerte, un ser viene a la vida. Yo soy el dador. ¿Deseáis matarme? ¡Hacedlo! No podréis. Ya he muerto. Y he vuelto a la vida.

Sacó su arma y apuntó a uno de los agentes. La risa macabra del joven pareció transformarlo en un ser diferente, demoniaco. Disparó. Y el disparo se confundió con el resto. Todos los hombres de la sala disparaban sus armas. El ruido ensordecedor enmudeció los alaridos de miedo y dolor. Al final se hizo el silencio. Como si un telón se elevase ante el público estupefacto, todos los ojos se posaron en el hombre que estaba en el centro de la sala. Caído en el suelo, rodeado de un charco de sangre.

-Pues parece que hemos podido matarte, hijoputa- dijo el viejo agente antes de volverse hacia Echevarri.

Un disparo, una risa fantasmagórica, y el hombre cayó muerto en brazos de Echevarri.

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