Ardiente partido de fútbol

Vaya por dios, he recibido negativas críticas al blog. Un grupo de insurgentes se ha puesto en contacto conmigo y, cual turba reprimida, amenaza con destrozar mis huesos si continúo en la tónica veraniega de las últimas semanas. ¡Malnacido! ¿qué mal hay en que me muestre más serio de lo que fui? Lo sé, lo sé, el calor ha secado mi locura, pero tranquilos, ya queda menos para el invierno. El verano siempre me pone melancólico. Lo bien que me lo pasé siendo un crío, niños que corríamos desnudos por las calles empedradas siguiendo cabras montesas que galopaban sobre los tejados de viejos castillos…. O no.

Lo cierto es que el verano me recuerda tiempos pasados. Y lo pasábamos bien, pero no también como en invierno. Porque en invierno Roche era nuestro. Nuestro feudo, nuestro castillo. El lugar en el que cualquier cosa era posible. Como aquel día que, aburridos de jugar monótonos partidos de fútbol decidimos darle un toque de emoción. Estábamos en casa de David, ¡como siempre! Y entonces surgió la gran idea que, por una vez, no fue mía.

-¡Oye! –creo que fue Nacho- Estaba pensando que podemos usar la gasolina del Zippo de José para pretenderle fuego a la pelota de tenis.
-¿Y que ganamos con eso?- dijo alguien con la pelota de tenis, recién caída de casa del vecino, en la mano.
-¿Joder al vecino?
-Vale.

Y lo hicimos, prendimos fuego a la pelota de tenis y comenzamos a jugar al fútbol pero ¿han probado a jugar al fútbol con una pelota de tenis ardiendo en mitad del jardín? No lo hagan, es incomodo. Se apaga con la arena. Mucho mejor en la calle. Eso sí lo aprendimos rápido. Y allí que nos fuimos. Dos equipos, una calle, una cuesta abajo, un coche al final de la cuesta… el resto no hace falta ni que lo cuente. Alguien disparó a puerta, la pelota comenzó a rodar entre nuestros pies buscando la portería. ¡Gol!

-¡Que alguien la pare!
-¡El coche de mi padre, el cocheeee! –gritaba Alejandro mientras todos corríamos en dirección al coche. O casi todos.

David, Nacho y el propio Alejandro se pusieron a la cabeza. Antonio, José, Pablo y yo, nos parapetamos tras los setos de la casa de Carlos, observando entre las ramas como David se lanzaba en plancha bajo el R19 blanco recién comprado del padre de Alex. Todo él, de forma insospechada, y físicamente imposible, entró bajo el vehículo retirando la pelota mientras, tras nuestro parapeto y enganchados como estabamos al Equipo A, nosotros apostábamos por la altura que cogería el coche al explotar

-Así no podemos jugar –dijo Alex triste –El coche en nuevo. La podíamos haber liado buena. Mejor nos vamos.

Y nos fuimos, al descampado que había tras la casa de Carlos y ¿saben?, en un jardín cuidado la pelota se apaga, pero en un descampado lleno de matojos las llamas pueden coger gran altura hasta que logras apagarlas.

No volvimos a jugar con fuego, bueno sí, pero esa historia la dejamos para otro día.

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