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Vasques

El Nutria corría por el borde del lago hasta perderse en la oscuridad de la noche. La respiración entrecortada de Mamonuth a su espalda. El músico intentaba seguir el ritmo del vigía de la Marabunta.

-No me gusta esto, hay demasiada arena- dijo levantándose después de la segunda caída –Estoy empapado, joder, aquí no hay más que agua.
-Vas a quejarte o vas a avanzar- dijo el Nutria saltando sobre un par de rocas, para caer sobre el agua.
-Tus castas, Nutria….

Intentó seguirle, saltando sobre la piedra. Resbaló y cayó al suelo. Golpenadose la cabeza en el fondo del lago.
-¡Puta!- gritó. Y la palabra retumbo por toda la cueva hasta llegar a oídos del Capitán Fat.

-Creo que alguien se acuerda de tu antigua profesión- le dijo a Vasques soltando una risotada- Por cierto, la cueva es más grande de lo que pensaba. Os había escuchado decir que bajasteis por el pozo hasta encontrar la puerta del infierno. Pero ¿por qué nunca me hablasteis del tamaño? Aquí dentro podríamos haber encontrado nuevos defensores, y ahora estaríamos muertos.
-No la recordaba tan grande. Huimos de noche, saltamos por el pozo y corrimos como almas llevadas por el demonio. Si no hubiera estado aquella pequeña chalupa, jamás habríamos salido a alta mar y si La Marabunta no se hubiera cruzado en nuestro camino, ahora seríamos nosotras las muertas.
-Háblame de tu vida antes de llegar a La Marabunta.
-Hay poco que decir, Fat, ya lo sabes. Era puta en la fortaleza que se eleva sobre nuestras cabezas.
-No lo creo.
-¿Cómo que no lo crees?
-Tú jamás has sido puta. Ni tu hermana tampoco- continuó Fat- Tienes una educación más propia de una princesa que de una mujer de la calle. Tienes dotes de mando, y eso no lo has aprendido a mi lado. Así que, princesa, comienza a hablar o acabaré indagando hasta saber la verdad. Y entonces tu secreto dejará de serlo… para todos-amenazó el capitán.

La mujer se quedó pensativa, mirando las llamas que iluminaban a la pareja en el recóndito lugar. Miró allí dónde su hermana se había adentrado en la cueva, antes de dirigir sus profundos ojos negros a Fat.

-Tienes razón- dijo en un susurro- no fui puta jamás. Llegué a esta maldita isla secuestrada por Sepin. Entonces aún no era un reputado capitán, era un mediocre pirata con mucha suerte, que se topo con el barco de mi padre por casualidad. Navegábamos desde Lisboa hasta La Española en un galeón de bandera holandesa. No éramos más que unas niñas. Nietas de un rico comerciante, habíamos crecido siendo educadas por preceptores franceses y navarros. Tocando el piano, bailando y aprendiendo a ser buenas esposas. Así debía ser. Tarde o temprano tendríamos que servir a los intereses familiares con un buen matrimonio que afianzará alguna alianza comercial. Pero padre no estaba totalmente de acuerdo con las decisiones del abuelo y, a escondidas de este, comenzamos a leer en varios idiomas, aprendiendo matemáticas, geografía, latín, aritmética y astronomía. Nos llevaba con él a los mercados, con la excusa de no dejarnos solas en la casa, pero al salir, se sentaba con nosotras en el suelo y nos preguntaba por lo que habíamos visto. Así aprendimos a comerciar desde muy pequeñas. Después, padre decidió dar el salto al otro lado del mar Océano y nosotras vinimos con él. Realmente huíamos de la tiranía de la familia y de la decisión de casarme con el hijo de un noble lisboeta. Padre me lo ocultó, pero en su lecho de muerte, ya en esta maldita roca, me confesó la verdad.

Se detuvo y comenzó a llorar. Jamás nadie la había visto derramar una sola lágrima, pero allí, escondido de los ojos de todos, menos de Fat, desahogó su alma, derramando el dolor hasta humedecer las rocas.

-No podía aceptar que habíamos acabado encerrados por mi culpa. Menos aún cuando Sepin pidió rescate a Lisboa y el abuelo puso como requisito que debía aceptar la boda. Padre volvió a negarse. Dijo que sus hijas se casarían por amor, como él mismo había hecho, y que no le impondría compartir la vida con un holgazán borracho sólo por obtener su libertad. Sepin se volvió loco al ver la actitud de padre y ordenó matarlo. Le dejó desangrarse… ¡lo mataré!, juro que lo mataré con mis propias manos –se miró las manos antes de esconder su rostro en ellas- Fue entonces cuando Sepin se rebeló contra el viejo alcaide de la Perro Caliente. La batalla fue cruenta y la sangre bañó las piedras de la fortaleza. El viejo logró escapar por un pasadizo secreto y, por alguna razón que desconozco, nos llevo con él. Llegamos hasta aquí, donde una pequeña embarcación estaba lista para zarpar. El resto ya lo sabes.

Fat se levantó, apoyo su mano en el hombro de la mujer y se alejó a paso pausado.

-Ya lo sabía todo, solo esperaba que tú me lo contarás.

Comentarios

Hendrik Friedheim ha dicho que…

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