Lunes

Hay días y días. Los domingos suelen ser un mal día si al día siguiente trabajas. En mi caso, el trabajo que hago me gusta, así que el domingo no es tan malo como si me dedicase a otra cosa. Pero no es el caso. Es más, me gustan los lunes. Los lunes significan volver al trabajo, a la rutina diaria, a saber qué día es cada día. Saber qué debo hacer cada día. Pensarán que es una estupidez, pero con los despistes inherentes a mi genialidad, la rutina se convierte en un poderoso aliado.

Y se une otro factor. Mi trabajo, en contra de lo que dice el Antiguo Testamento, no es un castigo divino, es un regalo. No por estar bien situado en estos tiempos de crisis, sino porque me gusta estar entre libros, nuevos y viejos. Abriéndolos, mirándolos, comprándolos, mimándolos y conociéndolos. Parafraseando al gran Juan de Dios Ramírez Heredia, yo, como los gitanos, no trabajo, hago cosas. Y, cuando no hago cosas, me aburro. Soy adicto al trabajo, a este castigo divino de vivir con el sudor de la frente. Será, tal vez, que yo necesito rebequita en verano para no morir congelado.

O, tal vez, simplemente, sea raro. Les reconozco que cuando no tengo nada que hacer –o, lo que es lo mismo, cuando no trabajo- me aburro. Echo de menos mi biblioteca, el olor a libros, las risas con los compañeros del edificio, el silencio solo roto por algún camión al pasar por la calle, o por los pasos de baile de los fantasmas de la segunda planta. En una semana cogeré vacaciones y ya llevo trabajo para casa, aunque será otro diferente y distinto.

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