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El nombre

Tengo dieciséis años y no recuerdo su nombre. Si alguna vez lo conocí hoy ha quedado relegado al olvido como tantas cosas de la niñez. Pero, por alguna razón incompresible, su fragancia sigue viva en mi recuerdo. Era un olor dulce, como a fresas. Siento sus abrazos como si me los diera en estos momentos, arrullando mis sueños, consolando mis llantos. Pero no logró reproducir su nombre. Tal vez los acontecimientos que siguieron a nuestra separación hayan provocado el olvido; o tal vez sólo una palabra valga para describirla. Puede que jamás usará con ella otro nombre que el de madre y nunca supiera cómo le llamaban los demás. Ella es el primer recuerdo que tengo. Ella y la casa. Una vieja casa de campo, rodeada de frutales que se convirtieron en mi patio de juegos. Recuerdo el olor a madera vieja de las vigas que se veían en cada habitación. La mía era pequeña, comparada con la de mi madre y la de mis abuelos –impregnada siempre de un olor acre y viejo-, pero mucho mayor que todas las que luego conocí. La cama, con un colchón blanco y blando que expulsaba plumas cada vez que saltaba sobre él, estaba en el centro de la habitación. Entre la puerta y la ventana, siempre cerrada, que dejaba ver el mar más allá del alto muro de piedra que protegía la casa. En las solitarias noches que pasé en la casa de mis abuelos, después de que madre se marchase, pasaba las horas acurrucado entre mantas, oteando el horizonte en busca de un fugaz resplandor que me indicase la llegada del navío que traería de vuelta a mi madre. Poco a poco, año a año, fui comprendiendo que jamás ocurriría. Ella no volvería y yo había quedado al cuidado de mis abuelos. Reemplazando los tiernos abrazos de madre por el afecto fingido de mi abuela y la regia compostura del abuelo. Tal vez fuese allí, alejado de toda muestra de afecto real, dónde surgiera el hombre que soy ahora.

Pese a todo, aquella mujer de ancho cuerpo y canoso pelo, a su manera y sin demostrarlo, me quería y era el único lazo que me mantenía atado a la vieja casa familiar. Cuando ella faltó, nada retuvo al viejo ogro para alejarme de su lado y enviarme a un colegio interno del que no salí ni una sola vez hasta cinco años después. Contaba al entrar con diez años y el centro –en mi mente infantil- se convirtió en un lugar para explorar, que me ofrecía múltiples posibilidades de aventuras. Y durante los tres primeros años así fue. Junto a  los compañeros de habitación recorrimos cada rincón del viejo caserón. Acariciábamos las frías paredes con las manos, buscando puertas secretas a un mundo imaginado. Recorríamos los largos pasillos cubiertos de mohosas alfombras, cazando los demonios que habían poseído a nuestros cuidadores. Huyendo del director, que imponía su férrea férula al ritmo de la palmeta de castigo. Los gritos de mis compañeros ahogan los recuerdos de mis propios lamentos. El dolor por el daño físico fue transformándose en ira por la impotencia. Y, aún así, esos tres primeros años fueron los mejores de mi corta vida. Los siguientes meses hasta mi expulsión se convirtieron en un tormento personal, meses en lo que me busqué y me descubrí.

Las horas de clases se hacían eternas y no tardé en encontrar la forma de evitarlas. Casi por casualidad,localicé la puerta al mundo imaginario que tantas veces buscase. Las calderas se convirtieron en mi rincón. Allí, escuchando el traqueteo de las maquinas y los silbidos del vapor, pasaron las horas. Horas en las que me enfrasqué en lecturas prohibidas, libros únicamente al alcance de los profesores que hablaban de muerte, violencia, amor y vida. Allí, en penumbras, alumbrado por las tintineantes velas, me adentré en otro mundo en el que ya no era el huérfano sin pasado que era. Allí conocía a mis padres, mi abuela seguía viva y la vieja casa en la que viví de niño se llenaba de luz. La habitación se caldeaba y la brisa marina entraba por una ventana que estaba siempre abierta. En los subterráneos del colegio encontré mi refugio. Hasta que me encontraron y me expulsaron. El día que cumplía quince años el director me dio la noticia. Debía volver a casa de mi abuelo, a la vieja casa en la que crecí sin preocupaciones. Y lo hice.

Pero ya nada era como fue. La techumbre aparecía caída, el muro que rodeaba la casa se abría al campo por varios lugares. Los frutales aparecían secos, abandonados. Como toda la vivienda. La ventana de mi antiguo cuarto estaba abierta, los cristales rotos y las cortinas volando al aire. Los gritos del viejo ogro se escuchaban atenuados por el paso del tiempo. Me adentré, sintiendo crujir el suelo en cada paso dado y encontré al abuelo sentado en un rincón, desvaído. No era el hombre que recordaba. Me miró inquisitivamente, pero ya no causó en mi el terror que causaba en el pasado. Me gritó y lo ignoré. Volvía a casa y ahora era la mía. Comprendió que nada podía hacer, más que esperar su propio fin y soportar mi presencia hasta que yo decidiera irme. No lo hice, pero tampoco me preocupé por la vivienda. Me sentía morir. Sentía que mi vida se escapaba lentamente por la ventana abierta. Estos pocos meses que han transcurrido desde mi retorno, me han mostrado la verdad de lo que soy.

Ayer me descubrí oteando el horizonte por la destrozada ventana de mi antiguo cuarto. Siguiendo con la mirada una frugal luz que se acercaba a la costa.
Tengo dieciséis años y no recuerdo su nombre. El acre olor del orín oculta uno más dulce.
Tengo dieciséis años y no recuerdo su nombre, pero sé a ciencia cierta que la sangre que mancha mis manos es la de mi madre.


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