La búsqueda XXVII


Jarque comenzó a maldecir mientras la sangre se escapa entre sus dedos. Hasta que Echevarri no le aviso, no se había percatado de la bala que le había atravesado. Ninguno de los dos lo dijo, pero ambos sabían que era mortal. Si llegaban al hospital con tiempo, tal vez tuviera una posibilidad de sobrevivir, pero Jarque sabía que era mínima.

-¡Mierda, Echeva! Ahora que estábamos tan cerca me pegan otro tiro.
 
Intentó reír y dio un volantazo que estuvo a punto de estrellarlos contra una farola, y se vio obligado a frenar. El vasco lo apartó con cuidado y tomó el volante, conduciendo a toda velocidad entre los coches de la avenida camino de las urgencias. Sentía disminuir el ritmo cardiaco de Jarque y escuchaba su jadeo suplicante. Desde que lo conocía era la segunda vez que se veía obligado a llevarlo a un hospital, pero esta vez sus esperanzas se diluían. Ahora, que estaban tan cerca de terminar con aquella maldita locura. Y era culpa suya. Errante ya había estado en su casa antes, le había amenazado, le había avisado de que le mataría ¿Y qué hizo él? Volver a la casa…
 
¡Estúpido!- gritó al atónito enfermero que le ayudaba a sacar a un inconsciente Jarque del coche -¡soy un maldito estúpido! ¡Joder!
 
El médico llegó corriendo, y lo apartó sin importarle que Echevarri sacase su placa y recordará su condición de forense.
 
-Aún está vivo- dijo el médico dejándolo fuera de las urgencias.
 
El viejo forense se sentó en una de las sillas, con la cabeza reposando entre las manos y los ojos anegados en lágrimas.
-Tranquilo, ya verá como su nieto se recupera- le dijo una enfermera.
-No es mi nieto- respondió Echeva- Es mi compañero y está ahí por mi culpa.
-No lo creo, seguro que has hecho todo lo posible por mantenerlo con vida. Lo has traído hasta aquí ¿Qué más puedes hacer?
-Matar al hijoputa que lo ha mandado a la muerte- respondió levantándose y caminando hasta el coche con paso firme.

 
Se montó en el coche, notando como la pegajosa sangre de su amigo se incrustaba en su camisa manchada. Condujo en dirección al centro, callejeando para llegar hasta la misma plaza San Francisco. La gente le insultó cuando aparcó junto a la puerta del convento franciscano, pero los gritos se acallaron cuando el viejo forense salió del vehículo. Los ojos enrojecidos por el llanto y la ira. La camisa, con motivos de spiderman, manchada de sangre, que goteaba por las canosas coletas. No se había dado ni cuenta, pero la sangre de su amigo había acabado por teñir todo su cuerpo. Había pasado las manos varias veces por su cabeza y su pelo y la imagen se hacía fantasmal ante los asustados viandantes. Los niños corrieron asustados a esconderse tras sus madres, los hombres se hicieron a un lado. El viejo forense abrió el maletero, sacó el chaleco antibala y se lo puso, dejando caer su identificación sobre el, a la vista de todos. Cogió la escopeta y caminó por el centro de la plaza hasta el portal. Respiró dos veces antes de intentar abrir la puerta. Estaba cerrada. Sacó la pistola y disparó a la cerradura. No le importaba que Errante le escuchase. Por una vez venía dispuesto a matar. Comenzaron a escucharse ruidos en las plantas altas. Echevarri comenzó a subir la escalera. Notó una sombra en el rellano. Disparó…


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