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Alfonso III, el Magno, último rey astur

Quizás, antes de hablar de los reyes de Castilla y León –en el caso que nos ocupa, del reino de León- tendríamos que referirnos a los reyes Astures. Pero cada paso dado hacia atrás nos retrotraería en la historia hasta el inicio de los tiempos. O hasta ese lugar imaginado dónde la Historia se convierte en leyenda. Y, pese a que me gusta ese preciso instante en que la magia cobra vida -cómo no mirar atrás y hablar de D. Pelayo y Covadonga. De la lucha contra el infiel. Del reducto cristiano en los montes astures-, me resistiré a la tentación. Tan sólo les dejaré el listado de los monarcas, al más puro estilo "reyes godos" y me conformaré con hablar de Alfonso III, el Magno, último rey astur.


Reinando a fines del siglo IX, el Magno fue uno de los grandes reyes de nuestra historia, consolidando el reino astur y sentando bases para el futuro reino leones. El rey Alfonso III era hijo y Ordoño I y durante su largo reinado (866-910) tuvo que hacer frente a diversas revueltas nobiliarias e intrigas familiares, como la del infante Bermudo el Ciego. Su reinado será época de expansión por el llamado Desierto del Duero (desierto poblacional y no geográfico), promoviendo la repoblación y acogiendo una importante inmigración mozárabe que cambiaría la fisonomía de la sociedad. A lo que se unía una red de alianzas con los reinos vecinos, proncipalmente Zaragoza y Mérida. Consiguió consolidar la frontera del reino, entorno a las plazas de Toro y Zamora. Contrajo matrimonio con Jimena Garcés (866-910), madre de los los tres primeros reyes propiamente leoneses, García, Ordoño y Fruela, que ya en vida de su padre gobernaron, respectivamente ,la la futura Castilla, Galicia y Portugal, y Asturias.

El inicio de su reinado no fue sencillo. En el 853 es asociado al trono por su padre, gobernando Galicia, práctica que repetiría con sus hijos, pero a la muerte de Ordoño I, el conde de Lugo disputará la Corona, argumentando que la monarquía asturiana, tradicionalmente, no había sido hereditaria y aún había partidarios de volver al modelo de elección. Los sublevados iniciarion triunfalmente su levantamiento, obligando al rey a buscar refugio en el condado castellano, bajo la protección del conde Rodrigo. Pero solo un año después, en el 866, Alfonso logaría recuperar la corona y acabar con los últimos atisbos de la monarquía electiva.

Se enfrentó, también, a revueltas internas y en el 867 se vió obligado a dominar por las armas a los vascones, sublevados bajo la dirección del conde Eilo. Desde ese momento, y hasta la conquista de Coímbra y Oporto (entorno al 878) Alfonso se dedica a la consolidación y formtalecimiento del reino,  logrando frenar el ataque cordobés a Toledo y obligando al emirato a firmar una tregua de tres años. Por primera vez el poderoso emirato de Córdoba se veía obligado a solicitar paz. Paz que fue utilizada por ambos reinos para preparar un nuevo asalto a la hegemonia peninsular. Desde Córdoba se armó una flota para asaltar Galicia, pero las tormentas y la peligrosa Costa da Morte dieron al traste con el ataque. Alfonso, por su parte, busco el apoyo del rey de Mérida Abd al-Rhamán ibn Marwán, el Gallego, y juntos lograron derrotar a las tropas de Muhammad junto al río Guadiana.

Buscando venganza por esta nueva derrota, Muhammad atacó, en el año 882, el reino de Zaragoza -donde Alfonso había enviado a su hijo Ordoño para ser educado por los Banu Qasi-, avanzando hasta León. Ciudad en la que se produjo un intercambio de prisioneros y la retirada de los cordobeses, que repitieron la campaña al año siguiente con el mismo resultado.

A inicios fines del siglo IX, Córdoba se vio debilitada por continuas rebeliones civiles, que permitieron la consolidación definitiva de la hegemonía del reino de Asturias, que hizo frente a sus antiguos aliados de Mérida y Zaragoza para apoyar al conde de Pallars, en sus intentos de instalar, como así hizo, a Sancho Garcés I en el trono pamplonés.

Al final de su reinado, los ataques a la corona provinieron de sus propios hijos. García y su suegro Nuño Fernández –Conde de Castilla- se enfrentaron al monarca, que logró capturar a García pero, tras el levantamiento de sus otros dos hijos, ordenaría la puesta en libertad del primogénito, abdicando el rey Alfonso e iniciando su destierro voluntario a Zamora. Si bien jamás perdió su condición real, y murió –según cuentan las crónicas- en batalla contra los musulmanes en el 910.

A su muerte, las fronteras asturianas se extendían hasta el río Duero y el Mondego, con una nueva sociedad, integrada por cristianos y mozárabes, plenamente asentada. El reino sería dividido entre sus tres hijos: para García, el reino de León; para Ordoño, Galicia y para Fruela, Asturias.

Comentarios

Arturo Morgado García ha dicho que…
A mí me gusta Fávila, el que fue muerto por el oso.
Cathan Dursselev ha dicho que…
Yo tengo predilección por Pedro el Cruel, no solo por desayunar viendo como empalaban a sus enemgios, sino porque su reinado es digno de las mejores novelas caballerescas.

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