Silencios

A veces el silencio se hace a mí alrededor. No sé por qué ocurre, pero pasa. Como si durante unos instantes que se hacen eternos me quedase sordo y ciego. Pero no del todo. El ruido de la ciudad se desvanece y los coches aparecen ausentes en mi retina. El ruido de las motos se torna en canto de pájaros que me obligan a elevar la vista buscándolos entre las frondosas copas de árboles urbanos. Durante un instante creo que soy el último hombre sobre la tierra y, entonces, el rítmico golpe de unos pasos sobre el suelo, me traen a la realidad. Alguien anda tras de mí y me vuelvo con la esperanza vana de encontrar un rostro amigo, para ver como una piña golpea el suelo y rebota contra el acerado vacio.

Y, de pronto, todo vuelve a la normalidad. Los autobuses chirrían sobre los adoquines, la música escapa por la ventana de los coches mientras desesperados conductores blasfeman deseando llegar a casa. Y me descubro rodeado de personas que me miran extrañado, tal vez por haberme detenido en la acera sin más razón que el vacio que creo percibir.

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