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Silencios

A veces el silencio se hace a mí alrededor. No sé por qué ocurre, pero pasa. Como si durante unos instantes que se hacen eternos me quedase sordo y ciego. Pero no del todo. El ruido de la ciudad se desvanece y los coches aparecen ausentes en mi retina. El ruido de las motos se torna en canto de pájaros que me obligan a elevar la vista buscándolos entre las frondosas copas de árboles urbanos. Durante un instante creo que soy el último hombre sobre la tierra y, entonces, el rítmico golpe de unos pasos sobre el suelo, me traen a la realidad. Alguien anda tras de mí y me vuelvo con la esperanza vana de encontrar un rostro amigo, para ver como una piña golpea el suelo y rebota contra el acerado vacio.

Y, de pronto, todo vuelve a la normalidad. Los autobuses chirrían sobre los adoquines, la música escapa por la ventana de los coches mientras desesperados conductores blasfeman deseando llegar a casa. Y me descubro rodeado de personas que me miran extrañado, tal vez por haberme detenido en la acera sin más razón que el vacio que creo percibir.

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Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Corona o Reino de Aragón

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En la Alameda, justo frente al monumento al Marqués de Comilla, hay una casa hoy restaurada y convertida en viviendas de lujo. Una casa señorial, con su torre mirador mirando al mar. Buscando en silenciosa soledad el regreso del antiguo dueño. Un capitán abnegado, obligado a partir continuamente para buscar el bien de su familia. De su mujer y su hija. Al pasear por la Alameda no puedo más que mirar a sus ventanas, hoy nuevas, buscando aquel visillo que hace años se movía con el viento que atravesaba el viejo caserón, mostrando el reflejo del sol sobre los viejos cristales que cubrían su pared. Alguna vez miré a la torre, esperando ver allí a la joven hija, oteando el horizonte, deseando que su padre regrese y, tal vez, le traiga un nuevo espejo.

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