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Red de Mentiras

La red se teje lentamente. Mentira sobre mentira, entrecruzado con fanatismo. El integrismo terrorista y sus nuevos mártires, frente a los cruzados norteamericanos que actúan para salvar al mundo. Sin importar las consecuencias. Y en parte es cierto. Ridley Scott muestra en Red de Mentiras (2008) la verdadera imagen de ese mundo cargado de odio, por ambos bandos. La crueldad imperante en los dirigentes, escondidos en sus palacios de oro, moviendo a los agentes como piezas de ajedrez. Rosell Crowe borda a un padre de familia ejemplar, que acompaña a sus hijos al colegio o al fútbol, que los lleva al baño, mientras ordena un baño de sangre al otro lado del mundo.

Y allí, al otro lado del mundo, se encuentra el cruzado perfecto (Leonardo Dicaprio), agente de la CIA en la lucha contra el terrorismo islámico. Debatiéndose entre el bien común y la realidad en la que vive. Enamorado de una tierra que conoce desde dentro, trabajando mano a mano con jordanos, iraquíes o iraníes. Sabiendo que debe apoyarse en ellos, confiar en ellos para conseguir su objetivo. Aún oponiéndose al perfecto padre de familia que dirige los hilos de su vida como si de un videojuego se tratase.

Ridley Scott muestra su visión del conflicto: los mártires musulmanes convencidos de su fe, la lucha interna de aquellos que, pese a todo, desean vivir. El doble juego para mantener la vida. El miedo a la tortura –durísimas imágenes estas-, Guantánamo como telón de fondo, como pieza en la que sustentar las acciones. Frases que marcan: “no dejes que graben como me degollan”. Las mentiras desde el lado americano, la traición a quién le ayuda, la elaboración de falsas noticias, la creación de un falso terrorista que acabará muriendo por culpa de la mentira. Y, al final, el encuentro del cruzado con la tierra en la que habita.

Todo ello, enmarcado en una cuidada imagen que, en muchas ocasiones, te hace pensar en el documental más que en el cine de ficción. El colorido de Aman, de los desiertos, frente al color atenuado de las escenas en Américas. La sensación de correr entre las calles, de oler el Oriente Próximo en cada escena. Una película, sin duda, que merece ser vista y que, por alguna razón que no termino de comprender, salté en el cine en su momento.

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