Parada

Debe rondar los 30 años, aunque su rostro aparenta más. Cada cierto tiempo mira el móvil, esperando una llamada que no termina de sonar. Se frota las manos y se las mira cabizbajo. Su mirada es triste, apagada. Todo en él parece apagado. Allí, sentado en la parada de autobús, viéndolos pasar, como una cruel metáfora de su propia vida. Suena un móvil y sus ojos se iluminan mientras se le escapa la risa nerviosa de quién sabe es su última oportunidad. Contesta y su rostro, al otro lado de la acera, me indica que algo va mal. Las lágrimas afloran de sus ojos enrojecidos. Deja caer el móvil a la acera, como quién espera que alejar el mal de sí mismo. Una señora se le acerca a preguntarle si se encuentra bien. Niega con la cabeza, recoge el móvil y se va con paso cansino hacia las Puertas de Tierras. Le sigo con la mirada, sabiendo que no es más que otro número. Uno de los muchos que se han quedado sin nada, que han visto su vida diluirse por los conductos del paro y la crisis.

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