La busqueda (XXV)

-Por eso lo mató- dijo Jarque de pronto- Miguel García se dio cuenta de que algo pasaba con Errante. Por eso venía a ver a Eva. Tal vez deberíamos ir a su casa. Me juego lo que sea a que le investigó y llegó cerca de él.
-No podemos ir a su casa- respondió Echevarri- saltó por los aires. Una explosión de gas, dijeron los expertos. Pero sí, tienes razón. Algo debió encontrar, desgraciadamente allí no encontraremos nada.
-¿Fue antes de morir?
-No.
-Si no tenía pruebas que lo incriminase ¿para qué lo mató?

Los dos hombres guardaron silencio, reclinándose sobre las sillas buscando en las paredes de la sala de espera una solución al problema. Cada cierto tiempo Jarque revolvía los papeles, buscando algo que le mostrase el camino a seguir.

-Eva... -susurró.
-No puede decirnos nada más.
-Tocaba la maldita canción de la partitura ¿no es cierto?
-Sí. ¿A dónde quieres llegar, Jarque?
-Y si ella nos está dando la pista. Tal vez ella sabía que Miguel iba a morir y por eso toca siempre la misma partitura.
-Ya la has visto, no está en sus cabales. No puede decirnos nada.
-Tal vez no haga falta que hable- el médico entró en la sala arrastrando los pies- nunca le he contado esto a nadie, pero creo que ustedes deben saberlo -se acomodó en la silla antes de comenzar-. Aquel policía comenzó a venir casi todos los días. Al principio Eva no hablaba, estaba sumida en coma, y el simplemente se sentaba junto a la cama y se ponía a estudiar las oposiciones. No sé como pudo aprobar, pero lo hizo. Y el año que estuvo en la Academia en Ávila no dejaba de llamar por si Eva había dicho algo. Y la respuesta siempre era la misma: la chica estaba en coma. Aún así -continuó- cada vez que tenía vacaciones venía a verla. Y cuando le destinaron a Cádiz su presencia fue casi continua. Luego ocurrió lo de la casa y me preguntó si podía quedarse a dormir junto a Eva. No sé que me impulsó, pero le dije que sí. Y entonces fue cuando Eva mejoró. Salió del coma y comenzó a hablar. Miguel le leía cada noche y le enseñó a tocar esa partitura. Siempre la misma. Alguna noche, cuándo aún estaba en coma, le escuché tatarearsela en la habitación -el médico se acomodó en la butaca antes de continuar-. Pensábamos que estaba enamorada de ella, pero un día me di cuenta que estaba obsesionado con otra cosa.

Sacó una pequeña llave antes de levantarse y pedirles que le acompañaran a una pequeña habitación. Servía de almacén para las pertenencias de los enfermos, les explicó, y era allí dónde Miguel dejó sus cosas mientras se alojó en la residencia. Abrió un armario que escondía una caja fuerte. La abrió con la llave y sacó una pequeña libreta. Jarque y Echevarri se abalanzaron sobre ella.

-La madre que lo parió- gritó Echeva.

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