El burro

Tal vez no debiera haberlo hecho pero lo hice. Y una vez hecho me tocó pagar las consecuencias. Tampoco era nada del otro mundo lo que hice, no crean. Tan sólo bajé la ventanilla y dije muy serio un simple:

-No le des cerveza al burro.
-Sólo le estaba dando pan- respondió la chica mientras el novio se giraba para mirarme.
-Claro, claro, eso dicen todos. Luego se emborracha y no hay quien lo aguante.
-Perdone yo no…

El novio –grande, fuerte y de buen ver- se acercó lentamente a nosotros

-No sabía que el burro es suyo.

El chico comenzó a reír y yo con él, mientras la novia nos miraba atónita sin comprender.

-El burro no es mío – le dije antes de saludar a Alfonso, el novio, al que conozco desde hace unos cuantos años ya.

Pero ella no pareció convencida, ni siquiera ante las lágrimas que comenzaban a brotar de mis ojos en uno de esos frecuentes ataques de risa que sufro últimamente. Toda la noche, mientras saboreábamos la vaca muerta que Marcos había preparado, la pregunta se repetía en ella: ¿eres el dueño del burrito, verdad? Y nuestras carcajadas respondían a la pregunta.

Por si alguien lo dudaba, no tengo más burro que algún amigo, aunque si pintas de tener uno.

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