A los altares

No está bien, no señor. Mi divinidad había vuelto a caer a niveles terrenales en los últimos tiempos. Pero mis mortales fieles no desean ver de capa caída al único dios que aboga por la barbacoa dominical para reunir a sus seguidores, y han decidido elevar mi deidad a dónde merece. Y lo hacen como solo pueden hacerlo: alimentando mi ego. Y no es necesario. No deben hacerlo. Ahora que comenzaba a superar mi adicción a subirme en los altares, van estos ingratos y me devuelven a ellos. ¡A mí! Que había vuelto a caminar sobre la tierra. Ocultando mi divinidad temeroso de verme abocado a disfrutar de un solo año más de vida. ¡Dejad que pasen los 33 años y volveré a mostraros mis enseñanzas! No veis que otros pueden clavarme sus puñales, besar mis mejillas para condenarme al ostracismo y, peor aún, al aburrimiento. 

No sigais alabandome, no ahora. No acrecentar mi egocentrismo. Dejad de decirme hermosas cosas. Llamarme cabrón, o gordo, o cualquier otra bella palabra de las que pueda definir mi ser. Pero dejad de empujarme a las alturas. 

Ya habrá tiempo para volver al Olimpo.

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