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Grito

A veces estás sentado tranquilamente en tu casa y escuchas un grito por la ventana. Una de cada diez veces acudes a ver que ocurre, el resto, simplemente, piensas que no es a ti. Pero, el otro día, acudí. Una chica joven gritaba en el centro de la calle. Otros vecinos comenzaron a asomarse a las ventanas sabiendo que, después de cinco minutos, los gritos no eran a ellos. Eso mismo pensaba yo, lo que no me libraba de la intriga por lo que ocurría. Somos curiosos por naturaleza. Es propio del hombre querer saber, solo así avanzamos en la ciencia y en la técnica. Pero en la sociedad, la curiosidad mata al gato.

No debí asomarme, eso lo sé ahora, pues cuando la joven elevó el rostro distinguí esos ojos que tanto poder ejercieron sobre mí en otro tiempo. Me creía libre de su hechizo pero, después de entender que los gritos si eran a mí, sé que nunca rompí mi maleficio. Era Aurea, la niña de mis sueños cuando aún soñaba con ser un príncipe azul rescatando a su princesa. Disney, ya se sabe, también afectó a los niños y sus efectos se hicieron patentes cuando la pubertad despertó en mi instintos diferentes al odio a las niñas. Y Aurea estaba allí, con sus ojos claros, su melena castaña y rizada, su sonrisa perfecta y su mirada traviesa. Jugando, como niños que fuimos, llegamos a enamorarnos perdidamente un verano, y todos los que ella volvió al pueblo. Desapareciendo el amor en cada otoño. Hasta que al final, el invierno ocupó nuestras vidas y no supe más de ella.

Pero ahora estaba allí. Debajo de mi ventana. Gritando mi nombre a una calle atestada de curiosos vecinos asomados a sus balcones. Cerré la ventana, y me senté en el suelo esperando que no me hubiera visto, aún sabiendo que lo había hecho. Sus gritos continuaron y media hora después me convencí  de que no tenía más remedio que bajar las escaleras y acallar sus lamentos y llamadas. Y lo hice. Caminé por la calle hasta el centro de la misma, mientras su voz se silenciaba y los vecinos se estiraban en sus improvisados palcos.

-Manuel-me dijo- ¿sabes que día es hoy?
-1 de mayo- respondí.
-No, Manuel. ¿Sabes que día es hoy? -repitió la pregunta.
-Pensé que era 1 de mayo -dije- pero si no es así no sé que día es.
-Hoy es 21 de junio. Y mañana también lo será.
-¿21 de junio? -Ahora fui yo quién preguntó.
-Si, Manuel, y todos los días de mi vida serán 21 de junio. Porque he descubierto la verdad. Tu eres mi verano. Quiero que se acabe el otoño para siempre. No deseo la primavera en la que estamos, ni el invierno en el que he vivido. Solo quiero que sea verano.
-Y yo -respondí trémulo sabiendo que aquella era la única verdad de mi vida.

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