Vasos

Sentado en el porche miraba las estrellas ocultarse por el lento movimiento de las nubes. Dormitaba en una butaca de mimbre con una copa de whisky en la derecha y un cigarrillo en la izquierda. De vez en cuando giraba la cabeza al interior de la casa escuchando la acompasada respiración de su mujer. Le gustaban los días como aquel. Habían pasado el día en la playa con los niños y ahora que estos ya se habían acostado, él disfrutaba de la noche. El ulular de una lechuza en la lejanía rompió el rítmico canto de los grillos. Cerró los ojos, dejando que la leve brisa moviese sus cabellos. Notó como su esposa se acercaba y le besó en los labios. Era la señal que indicaba que se iba a la cama. Él seguiría en el porche un rato más. Tango, el mastín de diez años que tenían, se acurrucó a sus pies. Lentamente fue quedándose dormido, hasta que el vaso se resbaló entre sus dedos y cayó al suelo. El ruido del cristal al chocar con las lozas le sacó de su ensimismamiento. “Marta me mata” pensó intentando no cortarse al buscar una escoba. Caminó descalzó hasta la cocina, intentando no despertar a su mujer con el ruido. Y entonces lo vio. Detrás del sofá, entre la chimenea y la mesa camilla en la que Marta solía sentarse a coser. Un brazo blanco, con algunas pecas, descansaba en el suelo.

-¿Marta? -preguntó habiendo reconocido la alianza -¿qué te ha pasado?

Dejó caer la escoba en el mismo instante que posó los pies sobre la pegajosa sangre.

-¡MARTA!- gritó sin miedo a despertar a los niños- ¿Qué te has hecho?

Intentó taponar la herida en la muñeca derecha, por la que brotaba sangre a raudales. Estiró la mano para coger el móvil sobre la mesa. Pero sus dedos sólo llegaban a rozarlo. No quería soltar a Marta, pero lo hizo y, al levantarse, el rostro de Junaca se cruzó en su mirada. Se detuvo en él, en el brillo ausente de sus ojos.

-¿Qué coño?...

Corrió por el pasillo tropezando con Tango, tumbado en el último escalón de la escalera de caracol que llevaba a la azotea.

-Juanca- susurró cayendo de bruces sobre el chico -Mi niño...

El llanto se ahogó al descubrir la verdad. Dejó al niño en el suelo y corrió a la habitación de Martita.

Su grito, desesperado, llamó la atención de los vecinos.

Cuando la policía llegó a la casa, sólo encontró el vaso roto en el suelo y el cuerpo del matrimonio y sus hijos muertos sentados en el sofá.

Una leve sonrisa brilló al reflejo de la luna unas calles más abajo.

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