La busqueda (XIX)

La llamada de teléfono le sobresaltó. Jarque descolgó el teléfono gruñendo por haber sido despertado.

-¿Tienes alguna información nueva sobre el asesinato de mi hija?- Desde que habían llegado a España no habían tenido noticias de Vargas ni su abogado.
-Hemos vuelto al principio.
-¿Cómo que al principio? ¿dónde estás?
-En casa, en Cádiz, quiero decir. Todo nos trae de vuelta aquí -aún dormido la prudencia parecía desaparecer de Jarque -A un brutal asesinato que se produjo en la ciudad hace un par de años.
-Mi hija nunca estuvo en Cádiz.
-¿Y tampoco fue puta? Claro ¿Cuántas cosas nos has ocultado además de que Errante es tu hijo?
-¿Cómo?... -Exclamó Vargas ahogando el grito en el asombro.
-Me contrastaste porque soy bueno ¿no? ¿o lo hiciste porqué tu estás en el principio de todo?

El silencio se hizo al otro lado de la línea telefónica. Jarque, envalentonado por sus palabras parecía dispuesto a atacar a Vargas hasta que este le diese una respuesta, aunque solo encontró el sonido de una respiración entre cortada.

-Sí, es mi hijo. Ese asesino es mi hijo- la voz se apagaba triste- No me porte bien con él, es cierto. Pero ningún padre merece tener un hijo así. Es un demonio. ¡Créeme Jarque! ¡hay que pararlo! Soy muchas cosas, es hora de levantar las cartas -dijo cansinamente- mi fortuna se sustenta en el tráfico de armas y de drogas. Y sé que la policía va tras de mí. No soy tonto, sé que Echevarri está en otro nivel y por eso se os han abierto puertas en la República Checa. Dile que acepto el trato: si detiene a mi hijo, seré suyo.

Colgó antes de que Jarque pudiera responder. ¿porqué ahora Vargas aceptaba todo? ¿tendría miedo a que Errante lo encontrase? ¿estaría realmente Errante detrás de todo? Necesitaba saber más. Saber quién era su compañero aquel fatídico día para cerrar definitivamente la sospecha que Echeva había abierto en él. Era imposible que el inicio de todo fuese él. ¿Cómo podía saber Errante que sería él y no otro quién entrase en la casa? Que dispararía y mataría a su compañero. No, era imposible. Nadie podía haber previsto aquello. A no ser que todo, desde el principio, estuviera preparado ¿Y si no fue él quién mató a su compañero? ¿Y si el asesino fue el autor del disparo?

Necesitaba de Echevarri. La fama del viejo era conocida por todo. El mejor forense de la Nacional, se decía que era. Tal vez ahora pudiera demostráselo a él. Le llamó varias veces, pero no cogía el teléfono. Se vistió y acudió a su casa. La puerta estaba abierta y todo el piso revuelto. En el espejo del baño, escrito con pinta labios morado había escrita una frase:

“LA MUERTE ES TAN PLACENTERA QUE UNA VEZ QUE LA PROVOQUES NO PODRÁS PARAR”

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