Ir al contenido principal

El Palacio de Purullena

Se escuchan lamentos, dicen, en el interior del Palacio de Purullena. Lamentos mujer, De una mujer: Juana Ortuño Ramírez. Debe ser así. Su espíritu indomable, vehemente y amante pasea entre las viejas piedras del hoy restaurado Palacio. El mismo en el que su padre, Agustín Ortuño, Marqués de Villareal y de Purullena, la recluyó para siempre por amar a quién no debía. Juana era mujer noble, destinada a compartir su vida con algún poderoso señor que engrandeciese a la casa paterna. Pero el amor, caprichoso como él puede serlo, hizo que el camino de la dama se cruzase con un fornido hombre de mirada tranquila. Y negra piel. El esclavo, venido de las Indias Occidentales, correspondió en el amor a la mujer, sabiendo como sabían la imposibilidad de su unión que intentaron ocultar a los ojos del padre.

Pero el Marqués veía todo aquello que ocurría en su casa. Y, tras descubrir a los amantes, encerró a la joven pero no antes de que esta ayudase a su amado a huir por oscuros pasadizos que le condujeron al mar y a la libertad en las Américas. Libertad añorada por Juana, obligada por su padre a vivir emparedada en su habitación. Tal fue la ira del Marqués que ordenó que los cabellos de la joven quedasen a la vista de la tumba en vida de su hija, asegurándose así que la joven amante se mantenía emparedada en su propia casa, hasta el día en que la muerte tuvo a bien recogerla. Desde entonces, su alma vaga cansina por el palacio, esperando que aquel esclavo que la liberó de cadenas más pesadas que las terrenales vuelva a su lado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret, la ex…

La casa de los Espejos

En la Alameda, justo frente al monumento al Marqués de Comilla, hay una casa hoy restaurada y convertida en viviendas de lujo. Una casa señorial, con su torre mirador mirando al mar. Buscando en silenciosa soledad el regreso del antiguo dueño. Un capitán abnegado, obligado a partir continuamente para buscar el bien de su familia. De su mujer y su hija. Al pasear por la Alameda no puedo más que mirar a sus ventanas, hoy nuevas, buscando aquel visillo que hace años se movía con el viento que atravesaba el viejo caserón, mostrando el reflejo del sol sobre los viejos cristales que cubrían su pared. Alguna vez miré a la torre, esperando ver allí a la joven hija, oteando el horizonte, deseando que su padre regrese y, tal vez, le traiga un nuevo espejo.

Porque cuenta la leyenda que el capitán amaba a su hija y la mimaba creyendo, tal vez, que al cumplir sus deseos cubriría su ausencia. La hija le pedía a su padre un espejo, y él le traía uno de cada viaje, tantos que al final la casa se cubri…