El Palacio de Purullena

Se escuchan lamentos, dicen, en el interior del Palacio de Purullena. Lamentos mujer, De una mujer: Juana Ortuño Ramírez. Debe ser así. Su espíritu indomable, vehemente y amante pasea entre las viejas piedras del hoy restaurado Palacio. El mismo en el que su padre, Agustín Ortuño, Marqués de Villareal y de Purullena, la recluyó para siempre por amar a quién no debía. Juana era mujer noble, destinada a compartir su vida con algún poderoso señor que engrandeciese a la casa paterna. Pero el amor, caprichoso como él puede serlo, hizo que el camino de la dama se cruzase con un fornido hombre de mirada tranquila. Y negra piel. El esclavo, venido de las Indias Occidentales, correspondió en el amor a la mujer, sabiendo como sabían la imposibilidad de su unión que intentaron ocultar a los ojos del padre.

Pero el Marqués veía todo aquello que ocurría en su casa. Y, tras descubrir a los amantes, encerró a la joven pero no antes de que esta ayudase a su amado a huir por oscuros pasadizos que le condujeron al mar y a la libertad en las Américas. Libertad añorada por Juana, obligada por su padre a vivir emparedada en su habitación. Tal fue la ira del Marqués que ordenó que los cabellos de la joven quedasen a la vista de la tumba en vida de su hija, asegurándose así que la joven amante se mantenía emparedada en su propia casa, hasta el día en que la muerte tuvo a bien recogerla. Desde entonces, su alma vaga cansina por el palacio, esperando que aquel esclavo que la liberó de cadenas más pesadas que las terrenales vuelva a su lado.

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