El niño mono


-¡Que niño más mono tienes!
-No es mío, señora.
-¡Ay!, que guapo eres… te pareces a tu papá.
-¿Lo conoce?-le dije harto ya de los movimientos nerviosos del niño- Pues dígale que lo recoja.
-Que sieso eres. Deberías tener cuidado con lo que dices delante de tu hijo.
-¡NO ES MI HI-JO!- grité desesperado a las mujeres que iban conmigo en el dos que tantas carantoñas hacían al niño que llevaba de la mano.

El niño, que se había colado en el autobús correteando entre los pies de todos para quedarse parado justo delante de mí. Y, como entenderán, tío que soy de cinco sobrinos, no iba a dejar que el niño se cayera y se hiciera daño en el dos. Así que, ni corto ni perezoso, le cogí de la mano mientras le indicaba a su abuela que estaba conmigo, que no se preocupara, que cuando el bus estuviera más tranquilo, se lo acercaba. ¡En mala hora! El niño, que ya estaba nervioso, comenzó a gritar y chillar con ese grito agudo, casi chillido animal, que solo un niño enrabietado es capaz de producir.

-No es mío-dije excusándome.
-Quiero sentarme, ¡dejarle un sitio a mi abuelita que es mayor!
-Eso –la abuela, por fin daba señales de vida- ¿es que ya no hay educación ni se respetan las canas?
Y parece que si la hay, pues una señora de mediana edad se levantó para dejarle a la señora su sitio, que ocupó con su nieto sobre ella liberándome de la pesada carga cargada durante el viaje.

Lo peor, o mejor tal vez, es que ayer volví a encontrarme con la misma señora y el mismo niño, que repitió actitud, esta vez con otro infeliz papá mientras yo reía pensando en lo bien que estaba entrenado el crío para lograr asiento en el autobús. Que mono el niño, ¿aprenderá como los monos de los documentales?

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